domingo, 20 de diciembre de 2009

La luz del agua (y II)

“a Mariló. Nuestras vidas,
nuestros nombres, nuestra navidad…”

Bajó del altar para acercarse a su pueblo, trocar ilusión por el mimo con la que la besamos. Y le canta el frío de más allá del arco, el calor del interior al abrigo, el hálito del hogar de piedra, del de espíritu, las luces de colores de las calles, neblina de las mañanas, el papel de sueño de las cartas de los niños, campanilleros, el adviento mismo, la navidad entera. Cuando a la Virgen le cantan villancicos, mira a su izquierda y llora de emoción al ver el niño que en su regazo acoge la Virgen del Rosario, mira a su derecha y llora de dolor al ver la corona de espinas que deja regueros de sangre sobre la frente del Señor de la Sentencia. Por eso parece llorar de dos maneras distintas.

Tiene la corona de Joyería Reyes sobre sus sienes, y viste nueva saya blanca de pureza y viejo manto verde de esperanza, el tisú “descolorío” que bordara con primor Juan Manuel. Sobre la saya la pluma de Muñoz y Pavón. La escalera desde su trono al suelo alfombrada de rojo. Y aquél vacío. Sobre él una inmensa corona de realeza. Las flores, pequeñas calas con helechos de cuero. En su mano izquierda rosario verde. Sobre su cuello medalla de oro de Isabel la Católica. Y en su pecho las verdes esmeraldas de Joselito y un broche de piedras preciosas de Juana Reina. Sólo le falta el pañuelo para secar nuestras lágrimas. Porque lo tienen los ángeles que la bajaron.





Como en la caverna de Platón todo es reflejo de otro mundo -aún más bello-, el de las ideas. La vida secreta de los sentimientos. Y así, la corona es un sol que desde lejos ilumina a quien desde tiniebla se acerca, el blanco de la saya paz que calma el corazón inquieto y atormentado, el manto nostalgia, melancolía que nos trae recuerdos que tiñen en sepia, la pluma instrumento que nos llama al intento –imposible no hay nada- de expresar lo que sentimos, y la escalera nos incita a subir otro peldaño, a superar miedos, penas, desengaños. Arriba, la gran corona, la protección de quien nos espera algún día allá en las alturas. Las flores, bálsamo que suavizan la amargura, el rosario cuentas de lo mucho que aún nos queda por vivir y las esmeraldas lágrimas de esperanza sobre nuestra desesperación. El broche un cerrojazo al desaliento y la tristeza. Su cara el cielo.



Eso lo sabe bien quien va a verla con el corazón roto. Porque no quiero caer en el tópico del faro para quien está perdido, pues basta con decirle su nombre exacto que así de exacto es lo que transmite, y a Ella la denomina. Esperanza. Luz del agua. Si agua necesitamos para vivir, si en el agua nació la vida, si vivimos nueve meses oscuros en el vientre de nuestra madre sumergidos en agua, ¿qué haríamos sin luz, de qué nos sirve una vida sin ilusión?

Y por encima de todo, Madre, por eso representa tan bien el calor de quien nunca nos falla y, por eso, al acercarnos recordamos aquella que nos dio a luz –otra vez las mismas cosas-. Por eso, antes de besarla, en silencio, la nombramos también con sus otros nombres que, nos son familiares y que, hablan de Ella misma en otros episodios de su vida, y de nosotros. Y así, la llamamos de la O, de las Aguas, de las Flores, Inmaculada, Victoria, Rocío, Granada, Valle, Salud, Piedad, Amargura, Penas, Dolores, Madre del Mayor Dolor, de la Palma, Soledad, Hiniesta, antes del nombre justo… Esperanza.



Frente a Ella, un coro de campanilleros le canta villancicos. Y desde el cielo suena otro, la realidad secreta de estas fechas, aquel que decía… “San José era carpintero y el niño carpinteaba, los angelitos del cielo con la viruta jugaban” …Con su pañuelo jugaban.

sumhis

jueves, 17 de diciembre de 2009

Las huellas vivas

“a la memoria eterna del Padre José María Javierre”



Siempre caminando, siempre. Cuentan que Miguel Ángel golpeó con el cincel la Piedad una vez estuvo terminada y le pidió que hablase, pues era lo único que le faltaba. Juan de Mesa cuando concluyó la obra del Señor del Gran Poder, debió decirle: “camina”… y el Señor caminó. Rayando madrugadas cargando su cruz, con su túnica morada oscilando a impulsos de una valiente zancada. José María siguió su modelo. Hizo su propio camino, siguiendo a Él, y siempre superando obstáculos. Será enterrado un Viernes del Señor, como lo fue mi padre. En este mismo año que ya muere. Un dieciocho de diciembre, día de la Esperanza. La que transmitió toda su vida. Pero, no podemos evitar quedarnos vacíos, fríos, desalentados. Se van con él tantas cosas… y tan difíciles de rescatar. El verdadero progresismo que lucha sin prejuicios por una verdad y una justicia que no la halló más clara que en los evangelios, el verdadero cristianismo lejos de retrógradas jerarquías que tanto hieren y traicionan esos mismos evangelios. La invocación permanente a las bienaventuranzas. La enseñanza del amor al crucifijo con las obras, con el ejemplo; invitando, seduciendo, nunca imponiendo. El pregón de la gracia, el ingenio, la ironía, la libertad no alineada más que con la conciencia. Una sevillanía de leyenda, de pureza, de sentimientos honestos tal si hubiese nacido a la sombra de la Venera, en vez de un pueblo apartado de la provincia de Huesca. El valor y la energía inagotable, difundiendo el humanismo de puerta abierta. Siempre en camino con la persona, hacia un proyecto unido de creación de riqueza y de equidad... de su justa distribución. Y siempre concordia, sobre todas las cosas. Rechazando el juicio al prójimo –que nunca ha de confundirse con sus acciones-, intentando entender lo incomprensible y siguiendo fielmente el mensaje de Lucas 6, 37.

Y se va… La ilusión en el trabajo, la ganas de vivir para vivir de verdad: Por los demás. Ojalá esta ciudad camine, siga caminando como él y no le olvide como acostumbra. Mas será más probable que continuemos nuestro recorrido de amnesia, y dividiéndonos en maniqueos bandos para pelear, para mirarnos a nosotros mismos sin ver nada más o mirar a todos lados para no vernos ni nosotros mismos. Tanto nos enseñaste y que poco aprendemos…

No habrá elocuencia más certera, fiel,
salvaguardia de los principios eternos
de la justicia social, del progreso
libre, humilde, tozuda sencillez.

No habrá camino, empresa sin desmayo,
amor sin traición, impostura aquieta,
ternura con vigor, serena fuerza,
Sed de verdad, Cristo crucificado.

No habrá, Sevilla, quien venga y te entienda
mejor que un hijo de tu mismo sangre,
solo por dentro, acompañado afuera.

Oh no, Tú, Soledad, tu mano, dale
esperándole allí junto a tu puerta
que le recibe el del Poder más Grande.
sumhis

lunes, 16 de noviembre de 2009

Cuando pasa la Virgen de la Victoria

Pasado el mediodía, el sol vespertino del Señor va llamando por lo profundo a los oficios: Una Virgen va repartiendo majestad. Ya ha salido a la calle. Un lance a la verónica con las muñecas del viento, un destello de empaque y pureza sobre la memoria fiel. Despacio. Con el temple de la derrota sobre los relojes, la entrega de Cronos ante un bello nombre de mujer. Avanza. Renace el encanto, reverdece la gracia. Y la tarde temprana, parece mentira, nos transporta a otra época, y todo es real. Llega un perfume a tabaco y jazmín y rielan resplandores juanmanuelinos sobre la superficie brillante cuando viene cruzando el río. Abriendo el corazón de la ciudad. Y no sabemos si es producto de una ensoñación del alma. Pero es real. Se abren los espacios de la ciudad como las aguas del Mar Rojo en el Éxodo, para que el ápice de la elegancia –hecho paso de palio- rompa con suavidad las llagas del olvido. Y tenemos la sensación de que con nosotros están todos los personajes que faltan para hacer única a la Ciudad sin tiempo[1]. Una Sevilla de ópera, que la ganó la Virgen. Dulcemente inclinada su cabeza, pasea… su serena dignidad. Es su grandeza prodigio, que siendo canon de clasicismo, todo cerca de Ella parece más hermoso de lo que sería coherente pensar. Es un contraste dulce, que integra, que no separa, todo lo hace más bello con su sola visita. Suerte de paradoja que nunca desprecia, siempre bendice. Un hoy quimérico, un ayer y un mañana. La sencillez de la autenticidad. Por eso Ella nunca podría salir a la calle otro día que no fuese Jueves Santo. Y así es como su presencia hace a la tarde conjugar todas las personas, todos los tiempos, del verbo suspirar. Y suspira San Telmo queriendo abrazar de cerca la feminidad del dolor. Y suspiran los pináculos de la alta Caridad. La Torre del Oro mira y se mira, se sueña y sueña…




Cómo no acordarme de ti, amigo Antonio, cuando pasa Ella. Tú me enseñaste el acogimiento sincero del regazo de tu Virgen, tú me enseñaste a amarla desde tan pequeño… Tú me enseñaste el delicado misterio que esconde la pronta tarde del Jueves Santo. Y me enseñaste a querer con pasión, de unas raíces que nada ni nadie arranca, el gran secreto de amor que es la Semana Santa de Sevilla. El amor de un pueblo. Tú me enseñaste los detalles invisibles, las horas que buscan otras horas, los tesoros que guardan las vísperas, y la profundidad de los significados interiores que adentran la tradición que luego desborda… Tú me enseñaste a tu Virgen en la penumbra íntima de la iglesia, tú y yo solos con Ella ¿te acuerdas? Me regalaste tantas cosas… aquella vieja foto suya en blanco y negro con la rosa de plata de tu victoria [2]. La misma flor que después llegó dos veces a la Catedral aquella Semana Santa. Y tú me enseñaste a decir adiós a la vida, aquel Jueves Santo que tuviste que abandonar la manigueta izquierda trasera de su paso para marchar despacio al cielo.


Y aun pareciendo mentira nada lo es cuando pasa Ella. Todo es real. Como la oración secreta de quien nunca llegó a vestir el raso morado de tu túnica. Caprichos del destino. Por eso evoca el aire tu realeza cada año al ver venir tu paso de palio. Oda escarlata del dolor lleno de gracia. Con la naturalidad de tu luz que vence vaivenes preñados de recuerdos, sin peligro alguno de envanecernos. Madre mía, Virgen de la Victoria.


No hay tiempo sin tiempo, ni ayer, ni hoy, ni mañana cuando Tú pasas.
sumhis


[1] Sevilla, Ciudad sin tiempo, así la llamó el gran director de orquesta italiano Alberto Zedda, al referirse a ella en la obra Sevilla, un nombre en la ópera tras conocerla para situarse en el escenario de Carmen de Bizet, Don Giovanni y las Bodas de Fígaro, de Mozart, etc.
[2] Rosa de plata que ganó el grupo joven de la Hermandad de la Cigarreras en el concurso Cruz de Guía de Radio Sevilla en la cuaresma de 1976; y que ese mismo año procesionó también con la Virgen de los Dolores y Misericordia de la Hermandad de Jesús Despojado –finalistas de aquel programa radiofónico-, por cortesía de estos jóvenes. Uno de los tres integrantes de aquel grupo era Antonio Flores Gil, in memoriam.

domingo, 25 de octubre de 2009

Tuvo que ser Ella

«¿Dónde está la palabra, corazón, que embellezca de amor al mundo feo; que le dé para siempre —y sólo ya— fortaleza de niño y defensa de rosa?». Belleza, ese es el título del libro en donde Juan Ramón incluyó este brevísimo y gran poema[1]. Alma y madera, corazón y alas de la esencia andaluza. Dónde está la música de esa belleza dormida, melancólicamente dormida en la profundidad de nuestro karma, de nuestra custodia vital, cabría preguntarse.


Hay un trasfondo triste y romántico que acompaña nuestro ser durante toda la vida. Aflora en momentos de cima y también en la meseta de la rutina pesarosa de nuestro viaje, y se aparece como melodía. Unos compases de nostalgia que aleatoria o espontáneamente sorprenden, y periódicamente… allá por primavera, cada semana santa.


Entre el clamor y el silencio… Como aviso de que se va, de que se ha ido, de lo efímero que es todo… pasa la semana santa y vuelve, pero nosotros vamos pasando y no volvemos. Y ello nos deja un caprichoso encantamiento, que es duro de superar en cada Pascua de Resurrección, como definía con acierto Joseph Peyré[2]. Se trata de una melodía de aire, difícil de atrapar, de nombrar, de llevar al papel, y menos aún de encerrarla entre las cinco líneas y los cuatro espacios del pentagrama. Innata a las raíces profundas de Andalucía… de su historia…

No a la profunda Andalucía, que de forma peyorativa enuncian quienes nos desconocen… sino la que anida entre los versos del libro de los gorriones
[3], en la pena de mercurio de los poetas andalusíes desterrados, entre la pureza de la poesía desnuda[4], la que deja jirones de arte y sangre sobre la arena.


Seguramente sea banda sonora del último transbordo. Debió escucharla, debió sentirla todo andaluz que se va… Así, debió oírla Alberto Barraú cuando moría ahogado como otros en las aguas del Guadalquivir aquella madrugada del 8 de noviembre de 1896. Viajaba en un vaporcito, llamado Aznalfarache, hacia el corazón de Doñana, para ir de excursión con amigos por las inmediaciones de Sanlúcar, cuando por un error de maniobra aquel barco fue abordado por la proa del gran mercante Torre del Oro que se dirigía a Sevilla. Así pereció, desvelado en pleno sueño por las frías aguas del río, poco antes del amanecer.


Pensando en él, y en su muerte, su íntimo amigo Vicente Gómez Zarzuela lloró amargamente. Tanto, que resonó con tal fuerza en su mente aquella emocionante cadencia, que logró descifrar su fórmula, descubrir su auténtica naturaleza, y llevarla a una partitura para convertirla en marcha procesional. Como un ancla bien agarrado al lecho de la tragedia y la belleza. Un surrealista ansia de perennidad, permanentemente insatisfecho, de materia y espíritu, de sensaciones, de primavera perpetua, de congelar vivencias, de eternizarlas. Un loco anhelo sabiendo de lo imposible, asumiendo el contrasentido de que si se lograse el sueño ya no sería primavera, que en la fugacidad está su esencia.


No fue la inspiración la que la creara, fue su instinto descubridor el que en aquel dramático momento le convirtió en autor de la bellísima marcha. Es decir, no la creó de la nada, pues ya existía y él solamente la exploró en su intensidad completa, y dibujó su mapa. Entre los confines del dolor, gracias a su talento y a ese valle existencial que atravesaba, como suelen nacer, brotar las grandes obras, la belleza verdadera.


Y tenía que ser nombrada. Y la llamó Virgen del Valle. Tuvo que ser Ella. Dicen que, por todo lo contado, los compases finales parecen simular el sonido de un barco al alejarse... Ella posee el nombre exacto, la expresión exacta, los ojos exactos, sale a la hora exacta, en el vértice exacto de la gravedad del instante. Su mirada es tesoro de la tradición más solemne, un cofre secreto esconden la hondura de sus ojos, de la excelsa profundidad de su misterio. La Virgen que llora… la esencia del llanto[5]. Bajo estrechas bambalinas, cuando Sevilla está en su centro… como pesa el alma, el alma para algunos desapercibida… Tuvo que ser Ella la que pusiese nombre a la poesía hecha música, al dolor del pentagrama. Himno de la semana santa oculta.

Entre el devenir de las singladuras, a todos nos llega la hora del transbordo final… Mucho tiempo después, al propio compositor le llegó la suya. No pudo ser en mejor sitio. En Arcos de la Frontera, adonde se trasladó en 1940 –hijo predilecto-. En la peña taciturna desde donde se divisa el agua. En la villa que el nieto de Noé fundara en el corazón herido de Andalucía. Cuna de poetas, y de la ironía triste de Antonio Hernández
[6]. Fortaleza sentimental en las alturas de un infinito horizonte. ¡Cómo debió oír aquella música entre suspiros del viento que hacen temblar el paisaje enfilándose al reflejo propio sobre el mismísimo Guadalete o el pantano de Bornos!, ¡cómo la presentiría entre las estrechas callejuelas que van de San Pedro a Santa María!, ¡cómo la habría de escuchar arrodillado en la intimidad cercana de la Virgen de las Nieves…! Y cómo hubo de vivirla, con el sigilo de la prímula por nacer, cuando llegó ese último momento, el once de diciembre de 1956. Cuando la Reina del dolor le estaba esperando para acogerle al otro lado de la luz, con el himno íntimo como telón de fondo. Como la música de Satie a un París lluvioso[7], le transportaría su marcha a una Sevilla florecida.


Cuenta el también poeta y arcense, Antonio Murciano, que, cuando esto ocurrió, una tuna sevillana que venía de ronda por calles adyacentes, fue llamada al orden para que respetaran el velatorio y, al conocer el alcance de quien en aquella casa yacía, interpretaron con cariñosa torpeza esa música que nombra tantos sentimientos sin nombre porque no podemos encontrar las palabras para expresarlos… Esos sentimientos que solo la dignidad del supremo dolor, Ella, la Virgen del Valle agrupa en su propio ser… y por eso, allí mismo, sobre el alféizar más cercano al lecho de muerte de Vicente Gómez Zarzuela presenciaba la escena una vieja fotografía de Jueves Santo de la preciosa dolorosa de los ojos verdes.
sumhis

[1] Belleza, libro de poemas del Premio Nóbel de Móguer, Juan Ramón Jiménez (1923)
[2] Joseph Peyré, escritor francés (1892-1967) autor entre muchas otras obras de La Pasión según Sevilla, obra de culto para los cofrades de los años sesenta.
[3] Primer título de las Rimas de Gustavo Adolfo Bécquer.
[4] Estilo poético creado por Juan Ramón Jiménez, que tiene como característica principal la musicalidad sin rima.
[5] Como la llamó Antonio Rodríguez Buzón, escritor y poeta, pregonero de la Semana Santa de Sevilla de 1956.
[6] Escritor y poeta nacido en 1947, Arcos de la Frontera.
[7] Erik Satie, excéntrico compositor y pianista francés (1866-1925). Genio del dadaísmo.

viernes, 16 de octubre de 2009

Luz de luz

Por su espalda se pasea
desde el alba hasta el ocaso
la luz que añora sus pasos
un Jueves cuando marcea
o cuando abril petalea
aromas que al aire fluyen,
pero esa luz se diluye
recogida en su aposento
antes que Él salga al encuentro
de un silencio que lo arrulle.
Por un barroco jardín
Sevilla ha puesto la luz
para que alumbre la cruz
de la Luz que en camarín
de plata, es principio y fin
de fe Divina y Humana,
y a través de una ventana
se posa en el aura hermosa
que con aroma de rosas
desde su perfil emana.
Cuando se oculta la luz
por aljarafeña loma
la Luz al patio se asoma
por la espalda de Jesús
envolviendo la quietud
de vergel y aura estancada.
Es Luz, en la madrugada,
que eclipsa a la luz del alba
que sólo sueña en su espalda
y de día quedar posada.
Diego Romero Pérez

jueves, 8 de octubre de 2009

Te sueñan

Te sueñan de madrugá,
y yo te sueño de día
sobre suaves mecías
de gitano caminar.
Y con el aire a compás
ir templando los quejíos
que llenan de escalofríos
la sombra de la arboleda
que por San Pedro se queda
prendida en tu poderío.



Te sueñan de negra noche,
y yo te sueño crisol
que cuando despunta el sol
le pone al alba su broche.
Y desbordando derroche
entre aromas de vainilla
coronas la Costanilla
con pasito fino y lento
mientras un cielo flamenco
se mira en tu canastilla.




Te sueñan de oscuridad,
y yo te sueño de luz
abrazándote a la Cruz
lleno de serenidad.
Y entre la fiel vecindad
que por Santa Catalina
se asoma por las esquinas
buscando a media mañana
el aroma que Tú emanas
de geranio y clavellina
Lacava

martes, 6 de octubre de 2009

Carros de sueño

Estabas con tus vecinas,
que en camilla sin brasero
y fotos en terciopelo
hablaban de medicinas
y el olor a naftalina
que traía el que se había ido…
Yo entré, y crucé contigo
una Salve entrecortada,
no sé, ni si terminada,
y me alimenté en tu trigo.


Estabas metida en fiesta,
y en el centro de tu alcoba
te bastabas por ti sola
para como el agua fresca
regar las flores que prestas
a tus plantas te adornaban…
Seguro que marchitaban
si a tu lado no estuviesen
empapándose en la suerte
de tu caída mirada.




En tu puerta se añoraban
Carros, y olía a taberna;
y dentro tu imagen tierna
la bienvenida le daba
a todo aquel que cruzaba
un dintel que es avalancha,
para encontrarte Sin Mancha
ni pecado Concebida…
Sabor llevé en mi partida;
por donde Feria se ensancha.
Lacava

viernes, 18 de septiembre de 2009

Tres meses

Te espero con el corazón. Espero… Que pasen estos tres meses que faltan. Hoy son tres exactos. Una estación. Con la marca del mar en mi rostro, cansado y buscando la luz, orlado de sombras y fondos de aguamarina. Hoy es dieciocho de septiembre. Sueño con tu presencia de adviento, con tu descenso de Reina, con tu brillo. Ardo en anhelos, y temo el invierno, pero hambre de ilusión alberga mi vacía despensa. Fue duro el año. Ha sido duro, necesitamos tu consuelo. Caerán las hojas de la pena con el otoño y los secos mustios pétalos abrasados del desasosiego tras el estío. Un año de pérdidas, de despedidas, de vacío…. Que pesadas las pisadas cansadas se hacen sobre una árida ausencia de quien se quiere, como una copla transparente. Y no hay quien lo cure, sólo Tú. Esperanza.


Espero y te invoco como dulce canción monótona del tic tac que alivia, que añora… Llegará el otoño y el frío, y una navidad sin quién se fue… Contigo. Pasarán Todos los Santos, Difuntos e Inmaculada. El deseo, la pena y la expectación. Y Tú nombrarás las cosas poniéndole un broche a los sentimientos desbocados. Por eso el alma no deja de mirar el calendario y sabe que hoy –separador silente- faltan tres meses. Un cuarto de este amargo año desterrado. Para que tú le pongas acento a la ilusión, gestación de primavera.


Para ir a verte con el espíritu desbordado en la mirada triste. Me acercaré dando saltos de inquietud por el interior maltrecho que se resiste a caer, a llorar más… Desde la muralla, junto al Arco, de luto, como nazareno negro que en la madrugá te pide permiso arrodillado a tus plantas. Y se encenderá una llama en la puerta de la Basílica cuando de lejos vea el brillo de tu corona. La cola, larga, será víspera. Antojo de seguir vivo; de reencontrarnos. Y, a media distancia, las esmeraldas de tu pecho pondrán el color de lo exacto, de lo que hoy nos urge. Te miraré a los ojos acordándome de quien te cantó una saeta con sólo seis años, a hombros de mi abuelo. Y besaré tus manos. Las besaré dejando en ellas el sabor de aquel beso que le di a mi padre sabiendo que era el último, que Tú le ibas a ver antes que yo, que Tú le esperabas, que ibas a recibirle… y devolveré con ese beso toda la fe, la voluntad, el sentimiento, que sólo pueden hallar destino fiel y seguro, en tus manos. Alivio dorado de verdes ausencias. En tu boca entreabierta. En tus ojos llorosos. En tu insinuada sonrisa. Y así pediré la venia de la esperanza a la Esperanza. Con el corazón. Hoy faltan tres meses.
sumhis

viernes, 4 de septiembre de 2009

El cuadro del entierro de Cristo

“A Pablo, Marta y Jose, hermanos en la Piedad”

No sabía si era real o no, pero una idea obsesiva quedó en la mente del ilustre caballero a partir de aquel extraño momento. Lo había vivido, no sabía la naturaleza de la experiencia, pero la sentía. Aquél sepelio… Su propio féretro… ¿Sería tal como lo vio o no? Y aquellas palabras de trémulo acero resonarían para siempre en la cámara oscura de su memoria:


“Mira que te mira Dios,
Mira que te está mirando,
Mira que has de morir,
Mira que no sabes cuándo”


Saeta que escuchó Miguel de Mañara al fúnebre paso de su propio entierro. Las malas lenguas dicen que a altas de la madrugada, a vueltas de farra, pero ¿quién puede saber la verdad? Cuentan que por una estrecha callejuela de Santa Cruz o la Judería, cerca de San Bartolomé, donde se casaron sus padres, donde él nació; pero tal vez sólo sea el escenario ideal para la leyenda. En todo caso, su alma cambió a partir de aquel viaje sideral a las entrañas de la consciencia. Para el pasado quedaría siempre el sambenito de su vida disoluta, su indeleble atributo donjuanesco, su abrumadora y atormentada fama.


Nunca supo a ciertas si aquello fue un sueño o un aviso del altísimo, pero el recuerdo se convirtió en obsesión, y ello le llevó a la reflexión. Despertaba de noche rememorando el cortejo que acompañaba su propio cadáver, y su piadosa y firme devoción le hizo meditar reiteradamente sobre el entierro de aquél que consideraba su modelo a seguir: Cristo. ¿Cómo sería aquél? Hasta Él, siendo Dios, murió pronto, murió joven ¿cómo no estar alerta? …Había de permanecer en vigilia hasta el momento imprevisto de rendir cuentas.


Cierto es que, desde que murió su esposa en 1661, sin hijos, se retiró del mundo desolado, y llegó a pensar en entrar interno en un monasterio de la Serranía de Ronda, donde residió varios meses antes de volver a Sevilla. Pero, sería aquella extraña vivencia la que le transformaría para siempre. Al poco tiempo, ingresó en la Hermandad de la Santa Caridad, que tenía como misión fundamental dar cristiana sepultura a los ahogados del río, a los ajusticiados y a los mendigos que morían en la calle. Al principio, fue diputado de entierros y limosnas y conoció las trágicas condiciones de vida de los pobres de aquella Sevilla del siglo de oro, capital del mundo de la riqueza, puerta de Indias. Contradictorio contraste de las miserias humanas, y eso le hizo tomar la iniciativa de ampliar las tareas de la hermandad ideando la creación de un hospital con su correspondiente iglesia. Unos meses después ya era nombrado hermano mayor.


El destino les hizo coincidir -insólitos caminos que quiere Dios se crucen-… Cuatro años más tarde que Mañara, siendo ya éste la máxima autoridad en la hermandad, ingresaría en ella Don Juan de Valdés Leal, el pintor más barroco de la ciudad más barroca. El del naturalismo acentuado y tenebrista, pincel dramático, fugaz hacia lo expresivo. No el pintor de lo macabro como dirían las malas lenguas. Aquellas que sólo apreciaban la corrección formal, la elegancia y la técnica depurada del artista de la belleza: Bartolomé Esteban Murillo.


…Enseguida, en 1670, el reciente y venerable Hermano Mayor le enredó en la decoración del templo que estaba construyendo en el hospital. Le encargó los jeroglíficos de las postrimerías, sus obras más famosas –In Ictu Oculi y Finis Gloriae Mundi- que ridiculizan la vanidad humana mediante el aviso de la más cruel realidad de ultratumba. La vasta verdad de los gusanos que devoran el esqueleto. Todo ello, siguiendo las consignas de Miguel de Mañara, a modo de alegoría sobre la brevedad de la vida en la tierra. Pero, lo que muy pocos saben es que, entre éstas, encargó otro cuadro. Ese cuadro no podía ser otro que ”El Entierro de Cristo”.


Ardua misión, reto decisivo a la profundidad de los tiempos. Ahora bien, esta obra –sepultus est post mortem- no la podemos ver allí… y la razón es una hermosísima y romántica historia: Valdés Leal acordó unas condiciones en el contrato, entre ellas que los cuadros no podrían ser vistos hasta que estuviesen concluidos y que se garantizaría la total libertad del artista. Salvaguardia del sentimiento no requerido, improvisado, sin impertinencias, sin mácula…


Reservando toda la fuerza emotiva, todo el bagaje del alma, Valdés dejó para el final el cuadro del entierro de Nuestro Señor, ese que tanto obsesionaba a Mañara. Entonces ocurrió…. Luna llena de noviembre. Era la noche antes de empezar con aquella obra cuando partió. Tuvo un viaje –parecido al que otrora tuviese el aristócrata fundador del hospital- eso sí, un verdadero viaje astral, abandonó su cuerpo, sólo que en vez de contemplar su entierro presenció aquél que por la lejana Palestina y por el atormentado túnel de los tiempos parecía ser el del verdadero Maestro…


Al día siguiente pidió soledad, se encerró, y febril comenzó a pintar sin desmayo… llevaba días… y no podía dejar de hacerlo… Don Miguel no pudo evitar la curiosidad y fue a espiarlo a su taller. Aquella fría y mágica noche de fines de otoño, inicio del invierno, le dejaría marcado para siempre: la pintura no olía a óleo, sino a incienso, se escuchaban lánguidos instrumentos de viento y entre la oscuridad, gracias a la escasa luz de unas velas, pudo ver que en su regazo la Madre llevaba al hijo muerto; intentando preparar la mortaja para su entierro le acompañaba un grupo de personas alrededor, que velaban el cadáver, por las llamas de los cirios que portaban pudo contar que eran dieciocho. En el centro, el cuerpo yacente del Hijo de Dios, humildemente desnudo. Era Él el faro que, aún muerto, calentaba la esencia vital de todos los demás que a Él rodeaban como una hoguera. Su cabeza descolgada y sus rodillas flexionadas por el rigor de la muerte. En brazos de su Madre, escoltada por los Santos Varones. San Juan arrodillado junta a María Magdalena y al otro lado las otras dos Marías. Y como fondo de la escena una desnuda Cruz de la salvación ataviada por blanco sudario. Era un sueño único. Irrepetible. Todo fue mágico hasta que los ojos del noble caballero se cruzaron con la mirada del genial artista; en ese momento Valdés dejó el pincel, se rompió cual fino cristal el misterio, y alegó que se había incumplido el contrato para renunciar desengañado a entregar la obra.


Miguel de Mañara vivió conmocionado el resto de sus días soñando con aquella escena que iba y venía de sus pensamientos, esa que tanto imaginó y que ahora conocía…


Murió el nueve de mayo de 1679, feliz porque sabía iba a ver a Dios. Y ello conmocionó a la ciudad… Fue ejemplo de perfección espiritual… Pues, fueron los desheredados de la tierra los verdaderos dueños de la casa que él había creado, promoviendo siempre la igualdad por encima de las diferencias… Cuentan que Valdés Leal había ido a visitarlo a su lecho de muerte; Mañara le pidió que aquel misterioso lienzo lo dejase en el hospital para que los sevillanos lo admirasen, entonces él le aseguró que la ciudad podría verlo pero “ni usía ni yo, hasta después de muerto”. Parece ser que dejó escrito como debía tomar vida aquel cuadro o bien pactó con el cielo las instrucciones para sus paisanos. Eso nunca se sabrá.


Enigma de la historia, capricho del destino… Quién sabe, pero la realidad es que, curiosamente… por aquella época el taller de Pedro Roldán ya había ejecutado imágenes para un paso que representaba la Sagrada Mortaja de Jesús Descendido de la Cruz. Tres años antes de la muerte de Don Miguel, la hermandad propietaria de aquel misterio recibió una imagen de María Santísima que adoptaría la advocación, como no, de la Piedad y un año más tarde Cristóbal Pérez realizaría la imagen del Señor.


No mucho tiempo después, en 1682, moriría Murillo al caer de un andamio. Por ello, Valdés Leal se quedaba sin parangón en el mundo de las Bellas Artes de la gran escuela sevillana. Y ese mismo año sufrió un ataque de apoplejía, pero aún así vivió ocho años de apogeo y esplendor. El nueve de octubre de 1690 Valdés redacta su testamento y muere a los pocos días.


Desgraciadamente nadie quedó para narrar que, aquello que prometiese a Don Miguel de Mañara en su lecho de muerte, tiene lugar cada noche de Viernes Santo en Sevilla, en la calle Doña María Coronel. Anual y efímera repetición de lo irrepetible. Moribundo plenilunio. Unos faroles de cristal morado que descansan en el suelo acompañan una campana -que precisamente llaman de la Caridad y que tiene origen en los ritos de aquella piadosa institución…- abriendo un cortejo fúnebre que representa mejor que ningún lienzo del mundo el entierro del nazareno. El autor de la perfecta composición dicen que es el pueblo de Sevilla y sus artistas, pero en realidad es un secreto muy bien guardado. Trémulo rumor de la noche. Túnicas de capa negra, música de capilla, nube de incienso, dieciocho ciriales, dieciocho, farolas apagadas, calle a oscuras, silencio, luto, un intenso y paradójico olor a azahar primaveral y una obra de arte hecha paso barroco de trágico misterio escoltados por elegantes candelabros dorados.


Y es allí donde, si atentamente fijamos nuestra vista buscando la realidad oculta, encontraremos intentando no ser vistos, asomados a una ventana en una casa sin luz -en la más pura e intima Sevilla Eterna- al mismísimo Valdés Leal orgulloso y a Miguel de Mañara alucinado…
sumhis