jueves, 1 de marzo de 2012

La entrega verdadera

Al final de la calle Santiago… Allí. Junto al gozne de la aldaba sobre madera vieja, junto a la cal y el geranio cautivo, junto a los brazos de forja reflejados en las estrechas aceras, junto a ecos de capas y herraduras, de espíritus atrapados y que ahondan lances de la historia, quimeras y olvidos, retales de otro tiempo. A pasos -tan solo- de la vieja Judería. No muy lejos de Santa María La Blanca, donde tuvo origen.

Nos acostumbramos a ver la cofradía salir desde allí, después del mediodía. Se hacía plena Semana Santa cuando sus pasos volvían a acercarse cada año a las calles del centro. Desaparecía, así, la sensación flotante de que todo había sido un sueño, de que lo ocurrido el día anterior sólo fue obra de nuestra fantasía onírica… Pero no; la realidad poco a poco hacía ralla inesperadamente  -como pocas ocasiones- cuando la Cruz de guía de madera oscura y pan de oro llegaba a la Calle Imagen. Y uno atina al pensar que ojalá la cruz irrumpiera plena más veces, sobre la grisura de lo cotidiano… para demostrar la certeza de los sueños. Lo fugaz no por fugaz pierde certeza; tal vez al contrario, más real es cuanto más efímero.

Nuestra generación –la de aquellos que nos acercamos a los cuarenta- la reconocíamos clásica, tradicional página de oro que abría el entrañable libro del Lunes Santo, pero era ciertamente una cofradía joven. No en la edad -que también-, en la frescura de su estilo… Hoy, sin serlo ya, sigue pareciéndonoslo. Y en ello está su victoria. Joven desde el corazón de nuestra historia contemporánea  y desde las entrañas de los secretos íntimos de Sevilla.

Redención y Roció. Dos nombres que definieron la trayectoria de la misma realidad nazarena. Y dos diferentes emociones a las que evocar. Si la segunda nos  transmite la pureza de un afligido escalofrío, brizna de marisma y romero en la esencia de la beldad de María; la primera es salvación y mansedumbre,  inabordable ternura, puerta de la gloria. Porque si algo rotundo estremece de ese cadencioso discurrir en la calle, es ver venir sobre su paso al Señor de las manos abiertas…
Lejos de la impostura, sólo al contemplarlo adivinamos el insondable misterio de la templanza, sólo con su mirada recordamos las palabras que poco antes pronunciase en el mismo Huerto de los Olivos: “Hágase tu voluntad y no la mía”. Descubrimos en Él la serena victoria de la paz sobre la ira.… Que no es la apesadumbrada resignación del estoicismo, sino  la entrega verdadera y auténtica del amor

Por ello, al pensar en ti, se me agolpan en el alma un sinfín de  vivencias y en todas hallo mensaje, como esos momentos únicos que sólo compartimos con alguien que se nos fue y vuelven a nosotros fieles a su eterna compañía. Te recuerdo, muy de pequeño, por Santa Catalina, a la tarde transparente, vestido de blanco… y atronaban compases del Arahal sobre la brisa. Y al ocaso por la Alfalfa, pellizco interminable, saeta a dos voces, conmoviéndose Venus asomado al balcón de mi primavera. Y luego, más adolescente, acudiendo vehemente a verte salir desde tu puerta, desde tu misma puerta… esperando de puntillas la proa soleada del barco de caoba sobre la nívea ilusión de la Plaza empedrada… De vuelta, por Cardenal Cervantes, en la intimidad de la recogía, compartiendo emociones con amigos del alma en el relevo de costaleros, testigo del sincero compromiso que  fluye de verdad de los  sentimientos;  poco después del infinito alarde de su cuadrilla por la Pila del Pato. Y, cómo no, cada año, con el  sol en la esquina de los sindicatos, abarcando con tus manos, el pasado y el futuro, el dolor y el gozo, la rebeldía y la compasión… Redención por Sevilla. Así lo define su agrupación musical; con notas de primor suspendidas en la secuencia del aire.

Y entre todas las lecciones… siempre me conmovió la sinceridad sin límites de tu mirar profundo en la cercana intimidad de tu Besamanos… Cuando falta una semana para la gloria, cuando -como dijo el pregonero- “parece que es la hora y no es la hora…”

Porque, junto a ese sendero de esplendor, siempre me conmocionó en ti el terrible desengaño de la traición. Entre toda la madeja sentimental, vuelve a mí, cada vez que te miro, la huella sesgada de la ingratitud. Sí, siempre me ha dado impresión de que el peso más difícil de soportar fue –y es- la traición de los tuyos. Primero Judas, luego la negación de Pedro, y después el abandono de los otros…

Tal vez será que, desde entonces, arrastramos ese pecado. Criticamos las ofensas ajenas a nuestra fe, olvidando que siempre son peores las nuestras al propio Cristo que defendemos y que decimos seguir. Me pregunto ardientemente si antes de señalar con el dedo leemos los Evangelios. Si entendimos aquello de “no juzguéis y no seréis juzgados”, si nos creemos libres de pecado para osar tirar piedras. Nos rebelamos contra políticas y gobiernos de turno sin reflexionar en que cuanto más lejos estemos del poder más pura será nuestra fe, menos desnaturalizada nuestra Iglesia. Que el mayor tesoro de nuestro credo reside, precisamente, en que no se impone por otra vía distinta a la seducción. Vivimos esclavos de lo accesorio y haciendo caso omiso a lo fundamental, obsesionados con la riqueza material y lejos de la sencilla humildad de tu espíritu. Denunciamos lacras sociales, con razón; pero hacemos poco hincapié en otras, tan presentes hoy, y que separan al prójimo en base a no sé qué status, origen o procedencia, y que son radicalmente opuestas a la palabra de Dios. Recelamos del amor. Nos aferramos a la justicia mundana, exigiendo condenas, y obviando la sabia expresión de tu imagen, el supremo significado del perdón… de poner la otra mejilla.

Y al final, siempre nos escudamos en la dificultad de seguirte, de llevar tu mensaje a la práctica, tu misericordia al mundo. Pero, si no lo intentamos nosotros, qué le vamos a exigir a los que no albergan en sí el bienaventurado tesoro de nuestra fe.

Por ello, Señor de la Redención, tan sólo te pediré ayuda para huir de metas donde el amor no habite… Te buscamos entre la niebla y nos basta imaginar tu rostro para pedir perdón. Ante la hermosa enseñanza de tus labios, ante la serena luz de tu sabiduría, ante la infinita inmensidad de tus manos abiertas…

 Perdónanos a nosotros. Redímenos, Señor, de nosotros mismos.


sumhis

domingo, 13 de noviembre de 2011

Bajo tu paso

"a la memoria de mi padre"

     Al dictado del oboe dibuja el incienso
notas a la penumbra, invocación a la luz,
cita atardecida la ternura malva y Tú,
saliendo hacia el ocaso en el silencio denso.

      Pronto Venus al fagot imantará la noche,
y debajo siente la cerviz que Cristo ha muerto,
desabrido chispear de hachones adentro,
sudor y caoba, secuencia y alma, sin reproches.

     Para volver -siempre- se va estrechando el sendero,
quisiera desandar las horas, y el recorrido
cuando la luna se hace mística por Boteros,

     y derrotada la ira, auténtico enemigo,
al sonar las verdaderas llaves de San Pedro
no te olvides -nunca- mi Señor de estar conmigo.


sumhis

domingo, 16 de octubre de 2011

Memoria de una madrugada de diciembre

“El Señor siempre contigo… ”

            Buscando  almas. Buscando el aire frío que en diciembre enaltecía la aurora por nacer, distinto de amaneceres de bronce que tanto vieron al Señor arribar, hálito último, por San Lorenzo. Salió en andas, de una puerta a otra. De la Basílica a la Parroquia. Algunas zancadas tan solo. Era aún de noche e íbamos a su casa a ver como la dejaría ausente por unas horas para volver a aquella en la que habitó por siglos. Se cumplían trescientos años de su bendita presencia en esa plaza, en ese barrio. Y nos acercábamos para ver con que velo de asombro le recibiría inquieto el relente de adviento.

Allí, apenas los vencejos cantaban aún, silencio, ansiedad contenida, fervor, espera… Cordones morados bajo los abrigos, la luna apurando el gélido acento de la hora, y la historia vino con guantes violetas para ponerse delante, para participar del secreto insomnio de la fugacidad, del instante.

Se abrieron las puertas antes, incluso, del celo benigno del lubricán; se abrieron las puertas y, pronto, todas las miradas confluyeron en su cara, allá donde la fe gravita; se abrieron las puertas y ya todo fue un suspiro.

Su pierna izquierda adelantada, su faz ennegrecida con la que nuestra generación se identificara, antes pues,  de que curaran su piel para que volviese a ser el Dios de nuestros abuelos. Su tez cetrina sesgaba  más indescifrablemente el aire en la tiniebla del invierno. Corona de espinas bordada, tronco reseco, carga de siglos. Todo el dolor del mundo sobre el hombro de este humilde vecino del barrio de San Lorenzo. Y su respiración dejaba vaho, lo juro, sobre el oscuro soporte de la  brisa.

Pero no hubo voz que saliese de su boca que no fuera paz. No hubo palabra carente de ternura. No hubo idea que no encerrara lección. No hubo esquirla en su corazón, ni sombra en su alma. No hubo otro mensaje que el del amor.

            Su padre adoptivo carpintero, su padre natural alfarero, que saldría de sus manos, esas que acarician la cruz…

Atravesó el pórtico de la Parroquia y se recogió en la habitación más interior de nuestro ser, en aquella donde descansa el tesoro secreto de las más hondas verdades. Y la halló como inició la eterna singladura de su vida: buscando almas.  Así lo grabó la memoria… la espina traspasada para siempre de cierta aurora fría de  un viernes de diciembre.


“Ali, hermana, para ti, con quien lo compartí”




sumhis 





NOTA: El diecinueve de diciembre de 2003 se trasladó el Señor del Gran Poder a la Parroquia de San Lorenzo a primerísima hora de la mañana para un Besamanos extraordinario como conmemoración del tercer centenario de la llegada de la Hermandad al barrio y a la parroquia de San Lorenzo Mártir, regresando a su Basílica la noche del mismo día.

viernes, 19 de agosto de 2011

Cuando sólo los pájaros hablan

Olvídate del ruido, olvídate de la pretendida dictadura del calendario, alma. Y busca.  Busca a Dios en el silencio, entre la madeja de la ansiedad y  la ignominia, ese que se nos revela en lo más profundo de la ausencia, siempre dispuesto, buscando el corazón. Búscate a ti y a tu memoria. Silencio. Ahora más que nunca es Semana Santa porque ahora es sólo sueño, ahora más que nunca. En las antípodas. Varada en el calmo vaivén del estío. Y recuerda, y camina. Ven, vente a razones. Entre las referencias silentes de la ciudad monumental, y las imitaciones kitsch,  entre la  dejadez y los grafitis, entre el cálido aroma de los Jardines de Murillo a la hora de la siesta o el denso perfume a suelo regado bajo la luna que interpreta el papel protagonista de la noche andaluza de Granados. Y entre los restos visibles de quienes la odian, la violan y la menosprecian. Porque hay un lugar en el ánimo cuyo reflejo especular es materia, unas calles de embrujo,  un barrio de misterios, un lugar para el sigilo.

Calle Pimienta, Rodrigo Caro, Santa Teresa, Vida, Plaza de los Venerables, de Alfaro, de Doña Elvira, Pasaje de Vila; esas que te enseñó tu padre. Las que recorriste con él, aprendiendo a no perderte, tardes de calor, noches que refrescan -siempre en verano- y cómo no, la que da nombre al barrio bajo la sombra de la vieja cruz de cerrajería; y, cómo no, la de Refinadores bajo la de Don Juan; y, cómo no, a la sombra del viejo adarve...  el Callejón del Agua. Pero, también -y sobre todo- la de la Alianza. Esa plaza… ese nombre de resonancia bíblica, que recuerda la unión  de Dios y el hombre como si nos hallásemos en un Monte Sinaí en miniatura donde Moisés renovara la que el Altísimo prometió a  Noé, y de donde desciende cuesta abajo la súplica tallada del Cristo de las Misericordias. Esa plaza… esas rampas que recuerdan el declive que partiendo de la  Plaza de Quintana busca el Obradoiro.

Sí, una vez creí adivinar allí uno de esos lugares mágicos de la cristiandad, de piedra y alma –nihil plus-. De Martes Santo a Martes Santo, contemplando el cortejo que baja  hacia los grandes pórticos de la Magna Hispalensis al cobijo de la Giralda, viene a mi mente la Torre Berenguela y las antiguas escalinatas que descienden de la Quintana Dos Vivos a Quintana Dos Mortos en el viejo Santiago. Y me estremece pensar que el lugar posee el nombre exacto –también-, porque une esos dos mundos a la hora en que Cristo pasa mirando al cielo. Y al igual que, en ese rincón de Compostela,  las musas inspiraran a San Pedro de Mezonzo la creación de la Antífona del Salve Regina, aquí también debieron darse cita para que el Maestro Fulgencio Morón compusiera “Cristo en la Alcazaba”. Justo ahí, junto a la parte más alta de la vieja fortificación, defensa y custodia del alcázar sevillano.


Cómo no recordarlo todo, ahora en el estío, cómo no escuchar los pájaros… Ambos silencios de jade, ambos atardeceres malva… en primavera con la Plaza llena y silente… en verano semivacía y ausente.

Cierra los ojos y siéntelo corazón. Es fácil. Los astros te marcarán la manera. Siente desvanecerse el pulso y fundir con el trinar que unge el acento de las cosas. ¿Ves cuánto significa ese azulejo de Él mismo  y que Él no llega a ver por que busca el cielo, no sé… si su Giralda?  Sí, puedes verle llegar en su paso gótico junto al ocaso, ya la cruz de plata atisbó poniente. Notas la daga de la melancolía y suspiran, interrogan, las magnolias. Avanza la cofradía a hurtadillas y permanece la quietud invariable de la luz a la hora morada. Le ves, clama y le entendemos sin escucharle. Por el aura sostenida. Por el sendero corinto sobre su cuerpo, por su perfil cetrino que diluye la melaza de los geranios y la tarde... Se va yendo, se va yendo… -“le soir, le soir…” que decía Verlaine- por las rampas, con el aire, y vemos su silueta  desde el reposo contenido de la respiración que duda. Y percibimos que el mundo se ha suspendido, que nada vale más que su palabra. Que no fue en vano la fuerza del silencio.

Clamando la oración,  musita,
queriendo ser un grito, llora.
Plañe cortada y a media luz
la tarde que el dolor marchita,
que tanto la muerte se nombra,
que el cielo es rojo, no azul;
que esas llagas, que ahora brillan,
brotan de amor, nunca se borran,
son brújulas de norte y sur,
fuente rubí, que nos habita,
de la eterna misericordia
por las calles de Santa Cruz.

 “¿Dónde está tu costado, Señor? El costado de Dios son nuestros prójimos. Se oyen golondrinas irrumpiendo en la penumbra del oratorio…”  Así escribía Francisco Morales Padrón cuando hablaba de la también próxima Santa Escuela de Cristo. Aquella no pudo existir en ningún  otro lugar más que a su lado.

Y es que hay lugares donde Dios palpita, sitios a los que la historia los hizo leyenda. Allí la oración es callada. Por eso sentimos su poder en el silencio. Es más fácil escuchar sus latidos cuanto mayor es el recogimiento. Por ello, se dirige allí el alma, en este vacío del estío, para escuchar a Dios. Su señal en la piedra. Por ello, cuando en el atardecer del Martes Santo Él aparece por la plaza atestada de gente, sólo se escuchan respiraciones lentas y trinos de vencejos, y sólo pueden interrumpirse por el encantamiento de una música melancólica… o acaso, por el llanto contenido de la Virgen de la Antigua.

Aun sienten esas calles el dolor de tu ausencia la pasada Semana Santa, y vuelven a soñar con que florezca el calendario, con tu silueta nueva, que sólo pudieron hallar hecha sombra horizontal sobre su suelo en la noche del Via Crucis de cuaresma. Pero la lluvia que mojó su anatomía jamás podrá borrar tus huellas en su íntima esencia.



           Y esa esencia es la que vuelvo a recorrer hoy con la memoria de todo lo que aprendí de ti. Me llevo el recuerdo de mi padre como el mejor cicerone y me vienen los compases del Adagio de Albinoni, que quedaron anclados cierto verano por el Callejón del Agua. Sé, como dijo el maestro de Sevilla insólita, que la muerte es camino que todos hemos de recorrer. Pero te suplico piedad como Tú clamas al Padre. Miserere mei. Nada. Absolutamente nada es más fuerte que el amor.

sumhis

jueves, 10 de marzo de 2011

Con los rayos de la luna

Del color del cielo atardecido se hizo su palio, su manto; de ese azul ausente ya de frío, que atisba marzo por los tibios espacios que, tras el confín de las estrechas calles, nos abre la Puerta de Córdoba. Con la leyenda, los versos y con los versos la cal de las paredes de su barrio que inspiraron el blanco de las flores que perfuman su paso cada Domingo de Ramos. Otro azul más resplandeciente, que diríase caliente, brillante, es el que tomó Seco Velasco del refulgir de los tejados con el cielo dorado de amaneceres de abril sobre las alturas de San Julián, para ornar de lapislázuli el oro de su corona. Y Cayetano González robó el azul añil de la melancolía para dibujar la orla de convocatorias de cultos, que anuncia emociones, al dejar su nombre impreso por las puertas de las iglesias. Pero, antes, ya Juan Manuel había capturado los rayos de la primera luna de primavera para bordar la primavera misma sobre raso, que luego sería terciopelo. Selene triunfante, que ahoga la pena insomne destellando hebras de plata.


Por ello, cuando los presagios van haciéndose realidad, al alcanzar las yemas de los dedos horas que ya no pertenecen al frío, cuando la alegoría de Botticelli ya es un boceto bien definido, con toda esa eclosión de señales, descifrables mensajes, desterrar de los días que tan lejos la veía… Ella nos recibe. Acaba de florecer el azahar. Se nos ofrece limpio. Y Ella baja para encontrarnos. Para ofrecernos sus manos puras. ¿Cómo no confundirla con la misma primavera? 

Presenta la sencilla elegancia de la misma naturaleza, sevillana manera de ostentar la gracia, de llevar la retama, el pañuelo. La misma que flota en las músicas de Marvizón, Peralto o Farfán, sendas paralelas hacia un pleno y único destino; como los hermanos Delgado crearon los doce varales de su paso de palio, tan diferentes y parecen los mismos… diversas formas de entender idéntico amor. Así, cuando junto a Ella levantamos la mirada para ver su cara se ignoran -desaparecen casi- los atributos, los adjetivos, y sólo hallamos la primavera en esencia, la primavera desnuda. Tanta belleza triste de la que olvidábamos el ingrediente más puro. El eterno llanto del dolor de nuestras vidas. Ay, efímera primavera plena, inacabable nostalgia…

Infinitas son las posibilidades mas solo a un reclamo el corazón acude. Vamos el primer domingo de cuaresma a verte desde el invierno. Selenitas ansiando luz, calor de tus rayos -qué la luz de la luna viene del sol…- y al acercarnos, a tu lado, tendrá lugar el equinoccio. Nunca se está más cerca de la primavera que en el momento de besar tus manos, contradictorio puñal de nuestra alma, porque en ese beso van con nosotros aquellos que se fueron, todos los que no están, todo lo que nos falta.



sumhis

domingo, 23 de enero de 2011

Ansia (arrimando el horizonte)

Con la pureza única de la verdad en el deseo infantil de las pequeñas –grandes- cosas. Con la transparencia impar de lo auténtico en el gesto, en la belleza de sus grandes ojos. Desde el suave vértigo de los cuatro añitos que va a cumplir. La inocencia virgen de la mirada, asentada de oro, bajo el dulce cobijo de sus largas pestañas. Con los ojos abiertos. Espera. Lo que ya en su corta vida le llena el alma, lo que –misterio que renace- ya es su gran pasión. Y parece mentira quiera el destino que se repitan con frecuencia sentimientos aún más intensos, precoces y hermosos que en la infancia de previas generaciones. Como sacó de la realidad para llevar a la ficción, o viceversa, Gabriel García Márquez en Cien años de soledad. Cómo la niñez, cada vez más lejana, de su padre queda superada por la avalancha de presentes que le asemejan, gloria, victoria, del tiempo que pasa demasiado rápido, retoño de las emociones. 

Y ahora que el aire es frío y translúcido, y que todo está por nacer, su ansia desborda el vaso de la paciencia hasta convertirse en rosario de preguntas y porqués y más preguntas… “¿Papá, cuántos días faltan para la Semana Santa?”, “¿queda mucho para que salga la Hiniesta, Mamá?” “¿me vais a regalar un pasito cuando sea mi cumple?”, “¿cómo se llama esa Virgen, ese Cristo, esa cofradía?”. Y, en cambio; nosotros, conociendo ya como se las gasta el reloj, deseamos frenar las manillas a sabiendas de que el instante que pasa habrá de esperar un año entero para volverlo a vivir. Así, cuando nos acercamos a las noches del Quinario en San Julián inaugurando el itinerario de los preludios y coronando la cuesta de enero ya sabemos que vamos recortando sin querer el dulce calendario de las vísperas, y nos duele. Cuando la noche del Vía Crucis dejemos de nuevo al Cristo de la Buena Muerte en la parroquia para su Besapiés miramos de reojos los trescientos sesenta y cinco días que faltan para repetir la ceremonia. Y todavía más dolerá el alma cuando los rituales sean aún más cercanos a la semana mayor, pues sabemos que la espada de la melancolía, la pesadilla del tempus fugit, nos acecha más cuanto más cerca estamos de la gloria. Así, recibiremos con ilusión y dolor la llegada del aire tibio y de los días largos, Besamanos, Septenario, montajes, pregones y puestas de flores… con la alegría de un niño, pero con el peso de la trascendencia y de la memoria.

Mientras él, aliviado de ese equipaje, sueña con limpia naturalidad la calle que no conoce ni sabe su nombre, pero en la que atisba candelabros de un paso de misterio desde su esquina; sueña el cielo preñado de no sabe qué perfumes, mas sorprendido en su silencio por un redoblar de tambores que se le acerca; con la noche de un desconocido día del calendario cuya oscuridad será iluminada por la candelería de un paso de palio; y con cruces de guías –siempre- que abren largas filas de nazarenos. Por eso, juega con una cruz y nos pide que le sigamos, llevando el paso del señor a cierta distancia, insinuando con el cándido gesto que remata en su preciosa barbilla. Con la ilusión que nace de sus pupilas de trigo como la luz propia de los astros incandescentes, y con la misma sencillez y ternura que exponen todas las pequeñas cosas. Ávida emoción que invade, recorre, el metro escaso de su pequeña estatura. Ese cuerpecito que por el pasillo desfila -poquito a poco- imitando la postura de algún Cristo. De la cocina al salón, del salón al dormitorio. Como nuestro corazón al suyo, siempre caminando hacia el suyo. El de esa personita que fue presentada a su Virgen el primer día que salió a la calle.

De tal modo espera el momento… ese que las constelaciones indicarán, ese que la tradición llamó Domingo de Ramos. Aquél en que renacerá de nostalgia la rosa de nuestra primavera, la que llamamos Hiniesta desde que un cazador la halló entre retamas de las montañas del norte, la que inclina su mirada perdida como queriendo sumirse en sí para sintetizar el cariño, la que adorna de cal y cielo, de azul y plata, el alma; la que acarician los álamos y cipreses en la misma esquina en que su abuelo cada año la esperaba. Es Ella a quien dirigimos también nosotros la súplica para que siempre le proteja. Que Dios modele el barro de su espíritu con la caricia y el mimo del alfarero. Que destaque la esperanza de las vivencias que alumbran. Y, en el espinoso curso del devenir, aprenda los sinceros caminos del amor como hemos de desaprender nosotros tantos senderos falsos, para –con su ayuda- abrir las puertas del alma como Jesús abrió la vista del ciego de Siloé…. 

Pues sé de una forma de mirar sencilla, pura, auténtica que es la forma en que un niño, sin saberlo, espera la llegada segura de la primavera. 

sumhis

sábado, 18 de diciembre de 2010

Lo inadvertido de la cruz y de los gestos


Hace años de aquella noche en que me lo contaron. Algo en mí trastornó y avivó, con equidistante celo, el denso paisaje de la memoria… nunca he creído en milagrerías, mas sí en que hay cosas que sólo ven personas muy especiales, personas distintas, y permanecen al margen… Inadvertidas para el resto de la gente, común, como yo mismo. Más tiempo aún hace de la vivencia que me narraron, allá por el principio de los setenta, el Cristo de la Salud dejó expresado en su rostro -un Martes Santo por los Jardines- la tragedia que en el mismo exacto momento ocurría en otro lugar de la misma ciudad. Quien me lo contó es una de esas personas especiales… Lo cierto es que en ese cuerpo pequeño se viene encima todo el mal, el pecado y las penas del mundo, y no sé si por ello, por su serena impostura, por su sencillo misterio, o por lo que fuere siempre me emocionó su imagen, verle venir, rezarle…. Sé que a su lado siempre pasarán cosas maravillosas, porque a su vera siempre siento idéntica emoción.


Qué grande la cruz parece en tu hombro, qué pesada
carga de la noche de los tiempos, se hace martes,    
de Alfalfa a los Jardines, dos mil años más tarde,
viacrucis que rompiera tu túnica tallada.
           
La luz  sostiene el cuerpo, victoria de milenios,
de dulces firmamentos, oscuridad y día,
la espalda rota, bronce, aire de recogía
por calle San José, vencido,  rodilla adentro.

Con la lección ofrecida de la cruz a cuesta
sin fuerzas vence el duelo del sino con tu pulso…
quien quiera ver que vea, tu mirar nos contesta,

las emociones sordas del sufrimiento injusto,
quien quiera oír que escuche en el ruido tu respuesta…
de cerca tu hondo gesto a solas habla al mundo.

sumhis

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Saber llorar

Este escrito, estas líneas que suceden van dedicadas al más perseverante… Al mejor de mis lectores. Para aquél que lloraba una tarde tempestuosa de Domingo de Ramos, perdido, apesadumbrado por  un rincón de la Parroquia de San Julián, con la congoja y la pureza propia de un niño chico vestido de nazareno. Él supo descifrar en el aire el empaque íntimo y majestuoso que envuelve á la Rosa del Desierto del Cerro del Águila, y la música que los pájaros  interpretan en la Plaza de la Alianza cuando pasa el Cristo de las Misericordias. Con él  compartí emoción y sonrisa entre la inmensa bulla que rodea el paso de la Virgen de las Aguas allá en la alta madrugada de la Plaza del Museo en nuestra adolescencia de los años ochenta. El mismo  que dejó de ver, con  todo el dolor del alma, la cofradía de Santa Genoveva hace más de dos años porque sus fuerzas no le alcanzan a superar el dolor. Ese dolor insecable después de demostrar hombría, fuerzas, esperanza, desde la penumbra de los mismos umbrales de la tragedia. Saber llorar. El que se emociona con la melodía lenta de Virgen de la Victoria. Con quien cabalgué en moto para fotografiar rincones de la ciudad cofrade a pleno calor del estío. Con quien regresaba del cole por la calle Enladrillada hablando de cofradías, de sueños, que hoy con el paso del tiempo se hicieron vivencias, recuerdos. Sillas de la Campana, Puerta ojival de San Julián…  Primeros lunes de cuaresmas, vía crucis, como aquél en que corríamos para ver el Señor levantando la lógica sospecha de mi padre, que pensó que faltábamos a clase. Y con quien iba de calle a calle y de cofradía a cofradía silbando marchas. Pasa la vida y tontos detalles del pasado adquieren luego un halo de hito grande en la  historia personal de cada uno, marcan el devenir vivencial y luego se contemplan desde lejos como ensoñaciones o quimeras hechas realidad. Yendo  a Jerez en autobús, siendo aún niños, en un viaje del  que con el tiempo nació un regalo de reyes hecho poema, hecho verso…  y los primeros conciertos de música “en una ciudad del sur no sé qué año, quizá en el noventa “, estremecer de frío en noches de Jardines de Murillo “en un florecer de inviernos,  lejos del mar abierto”. Al que comenta cada uno de mis textos… Aquél con quien una madrugada, no muy lejana, abandoné la vacía y oscura basílica tras el calor encendido y doliente de la Virgen del Mayor Dolor y Traspaso en un instante que sólo por ser vivido merece la pena la vida misma. Como aquella saeta arrimados al paso de su Hijo en la calle Virgen de los Buenos Libros. A ese que empapa sus ojos viendo venir la Macarena,  y con el que  pasé noches enteras acompañándola, no hace mucho por última vez;  abandonándola siempre feliz y triste por despedirnos de Ella…  como cuando cabizbajos despedíamos la semana tras la Virgen Trinitaria y buscábamos el Resucitado porque temíamos  irnos a casa abatidos por el peso insuperable del tempus fugit…  Y aquél que, el día más feliz de mi vida, trajo del Besamanos de nuestra Virgen la primera medalla de hermano de mi hijo, para que fuese colocada en la cuna del hospital esperando su nacimiento.

Hay cosas que no hacen falta decir. Se saben. Basta una mirada, un gesto o ni siquiera eso ¿pero para qué -si no- están las palabras? ¿Si no es para hacer versos con ellas, para decir te quiero, para vestirlas de gala, música, llenarlas de ilusión, esperanza, y si cabe recrearlas más sinceras, más auténticas?

La vida es así, pasa y nos olvidamos de contarla, de elogiar sus regalos, de narrarlos; y nunca sería suficiente hacerlo para hacer inmortal lo que se lleva el aire. Porque es empresa difícil pero triunfal, para que nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos compartan esa herencia invisible e indeleble que forjan los sentimientos. Saber llorar. Como anhelan los callejones hacerlo al compás de la gloria, cuando el regazo de la noche enmarca la vuelta a casa de la Virgen de la Hiniesta.

Se acercará el adviento, la navidad, la epifanía como un torrente de sentimientos que desde las cimas nos llega cargado después de la temporada de lluvia, de los momentos de la magia. Y una nueva primavera nos espera. Nos está esperando en la lejanía del horizonte que ya alcanzamos a distinguir. Nos llegará juntos. Porque juntos, al fin y al cabo, vivimos casi todo. Desde aquella cruz de mayo del piso de Pio XII, juntos juramos las reglas en San Julián y en San Lorenzo, compartimos estación de penitencia con los Servitas. Casi todo. Salvo el sudor costalero bajo las trabajaderas del Cristo de Burgos, porque entonces fue tu hermano…

Por eso, sabrás que cuando el Cristo de la Buena Muerte salga a la calle el próximo año, esté junto a Él o junto a su Madre Bendita, faro de nuestras vidas; esté donde esté, estaremos juntos. Porque nada podrá separarnos, ni la distancia ni el tiempo, la distancia porque no existe y el tiempo porque es eterno. Estaré no junto al mejor de mis lectores… no; estaré, como te gusta llamarme, como nos gusta llamarnos… Siempre, junto a ti: hermano.

sumhis 

viernes, 5 de noviembre de 2010

¿Te acuerdas?

    ¿Te acuerdas de aquellas horas que buscaban éstas de hoy? De compartir juntos la pasión de la ciudad, anhelo, la primavera en la calle. ¿Te acuerdas? Ver venir al fondo de la calle la cruz de guía acercándose. Todo se acercaba a nosotros. Como siempre, certera saeta, percatándonos, percibiéndolo más. Más azul, no más intenso. ¿Te acuerdas cuando no me conocías y venías a la ciudad a buscar a Dios por las calles? Incluso cuando no tenías con quién. Sola desde la Puebla del Río preguntando por aquella calle para ver aquel paso… ¿Te acuerdas de la sonrisa al tocar con las manos el primer programa de bolsillo que conseguías en algún comercio para la próxima Semana Santa? ¿Te acuerdas de la primera vez que viste la cofradía azul y plata por las estrecheces del barrio de San Julián, de aquellos costaleritos que se metían bajo el manto de la Esperanza de Triana, de aquella niña enferma que le pedía salud a la Virgen de San Gonzalo, de aquella íntima oscuridad -cofre de solemnidad- en el Besapiés del Cristo de Santa Marta o -de ternura- del de los Estudiantes; del sonido de la campana del muñidor desde dentro del patio del Convento de la Paz esperando la entrada de la Sagrada Mortaja?

    Nada desaparece, nada. Aunque lo parezca demasiadas veces. Lo que se evapora va al aire, y el aire al cielo. Como brotan adelfas en aceras mil veces pisadas. “Todo pasa y todo queda” dijo el poeta.

    ¿Y te acuerdas de aquel Viernes Santo? Sí, habíamos dejado a Jesús Nazareno en la Puerta de Jerez buscando el puente, jorobadito que a duras penas podía con el peso de esa cruz, y se alejaba agotado en la noche más triste. Desde la pendiente de San Gregorio una última mirada atrás para verlo perderse haciéndose sustancia la melancolía. Nos volvimos, caminando hacia arriba de la calle buscando la Esperanza del nombre más breve. Bordeando la ribera de un río morado y alumbrado de cera, de nostalgia. Te iba contando la leyenda de aquella cruz de carey, de náufragos de otra época, de la Sevilla Puerta de Indias, de la vieja Triana. Disfrutabas el momento con la misma ternura que nace de Aquella Virgen que años después sería coronada en el Altozano, con la misma elegancia de esa cofradía que tanto quieres, esa que cruzó por primera vez el río, para arrimarnos belleza por un puente de barcas.

    Entonces, de lejos… vimos una pena encendida. Una cara, un entrecejo que como imán nos atraía a la delantera del paso. La acompañamos hasta el fin de aquella chicotá. Luego nos acercamos todo lo que pudimos. Dulce, redonda y distinta, era la letra que salía de su boca entreabierta. Instantes de dolor y gloria, como su propia advocación concentra. Cómo expresar en un rostro la triste y bella serenidad que nos invade cada noche de Viernes Santo. Sin palabras. ¿Te acuerdas? Pasó un siglo en segundos y luego, al tomarme del brazo, te escuché decir “es como la Hiniesta, pero más niña”. Expectación. Una voz serena y firme llamó a los costaleros y seguidamente sonó el llamador. La Virgen de La O volvió a caminar. Aparté la mirada y busqué tus ojos verdes, verdes de esperanza. Los encontré empapados de lágrimas.…

    Casualmente aquel mismo capataz llevaría también más tarde esa otra devoción de dolor y gloria. Esa que sólo se diferencian en la edad de la misma mujer que representan. Aquella Virgen que también hubo de renacer de sus propias cenizas, y habita al otro lado del mismo río. Él se llamaba Rafael Ariza. Maestro del martillo. Ahora está en la Sevilla del cielo como los grandes sevillanos cuyas inmortales almas nos acompañarán siempre, más reales, más auténticas, más visibles incluso, que toda la sensitiva imitación con la que nosotros adornamos el mundo...

sumhis