miércoles, 9 de octubre de 2013

Lo imposible es el olvido

Dónde está, pregunta el  aire madrugador de la víspera de luz de la mañana. Pregunta la primera luz, luego; cuando al colarse por el alto rosetón desciende a sus plantas, curvilínea, sin hallarse. Sin hallarla. Donde está, pregunta el silencio espeso de la parroquia vacía cuando el diálogo del ánima es secuencia inacabable que no obtiene consuelo. Y lo preguntan la cal de las paredes y el crepitar de la cera. Algún vecino despistado que no fue a despedirla… La luna de otoño, cuyos rayos se hacen primavera sobre el terciopelo de su manto. Los recuerdos que renacen cuando no se esperan, un leviatán de melancolía que busca asidero de fe en el dulce itinerario de certeza, que sólo salva su presencia. Dónde está, dónde está se lo pregunta el incienso al aroma secreto de las acacias… El índigo y la sombra, al azul y la plata. Las llagas abiertas, nunca curadas, eternamente abiertas de su Hijo. Oraciones musitadas, pisadas marchitas, versos suspendidos, notas calladas. Los días que pasan, su gente entre sueños… el reloj, que hiere y marca…  Sin saber a quién preguntar… Y algún transeúnte que, al ver la puerta abierta pasa porque no puede dejar de entrar, porque no evita el destino de buscarla…  Como la buscan desesperados los desterrados rincones de su gloria… de Duque Cornejo a Lira, desde Morera a Juzgado, de Moravia a Santa Paula… Un rosario de preguntas, predicado de su gracia.

Y así preguntan, y preguntan… Y dicen que a veces, sólo a veces… -ciegos y olvidadizos- la llama de la metáfora tiembla, y el tiempo se hace distancia.

Pero hay respuesta. Hay respuesta. Y la saben los viejos. Porque está escrita en el alma de sus calles. En fotografías indelebles de vidas que nos precedieron. En las lloradas páginas celestes de unas historia de seiscientos años. Es una respuesta simple. Ella está. Aunque no se le vea.

Imaginamos lo que fue perderla y, rotos por el dolor, situarla en los confines de la nada… Y nada nos parecerá esto… Pero, volved a imaginarla e inmediatamente sabremos que, sin embargo, estaba. Vana conmiseración de un anhelo guarecido, como el que lleva a la marea a volver a subir por el amor de la luna, así renace la devoción verdadera de los restos de sus propias cenizas…

Y así también lo sabemos aquellos que, cuando el curso terrible de los días sin luz nos llevó inermes al miedo frío -que sólo blanden las despedidas que son para siempre- sentimos que Ella estaba allí con nosotros. No hubo necesidad de contemplarla con los ojos, porque la estábamos viendo con el corazón. Por ello, no invocamos su regazo al abrigo de algo que la recuerde, pues como dijo el poeta, eso sería admitir que podemos olvidarla. Baste con colocar una flor desnuda cada día en un vaso de agua y sentiremos el mismo aroma de retama que perfuma el taller de un restaurador en la calle Pureza.

       Ninguna respuesta a la pregunta “dónde está” puede ser distinta… En nosotros. Ya restalle el silencio o ciegue la negrura. A pesar del vacío, que parece flotar en este tiempo. Porque el secreto quedó bien anclado. Al amparo de las raíces del cariño inagotable. Intramuros del amor más auténtico. En la verdad más serena de una intimidad llamada Sevilla. Un secreto con un nombre de ocho letras, con la belleza pura del azul… y una mirada, la sublime cadencia de su mirada perdida. 


sumhis

jueves, 21 de marzo de 2013

Carta a niños nazarenos

Queridos Pablo, Miguel, José, Martina y Lucía; 


       Ahora que la inminencia de la gloria nos envuelve a los mayores en una inquietud que destila el horizonte entre la melancolía y la ilusión, sé que en vosotros sólo crece la impaciencia. Hay cosas que aún sois pequeños para entender, descubrir; mas llegará el momento en que el corazón, o quizá la edad, os las revele. Y, será entonces, cuando comprenderéis que, si en estas horas veis alguna gota caer de los ojos vidriosos de vuestros padres no será amarga, será estela intacta, germinación y vida, será rocío… Alegría de haber vivido y la presencia en nosotros de quién nos falta. Porque cuando el Domingo al mediodía, estemos poniéndonos nuestras túnicas, con los sonidos de fondo de una radio que nos anuncia que todo ha comenzado desde el Porvenir… cuando nos ciñamos el cíngulo o el esparto y colguemos del cuello nuestra medalla, estaremos cargando sobre nosotros otro equipaje invisible. Ese metal precioso que yace intacto en el cofre inabordable de las vivencias… Aunque ahora no lo sepáis, estaremos vistiéndonos de recuerdos, y los instantes plasmarán una vía lactea chispeante sobre el alma. Estrellas. Tal vez, lágrimas. Nos abrocharemos las sandalias, nos despediremos con un te quiero y saldremos a la calle, pero nos acompañarán aquellos que siempre nos acompañaron. Y lo sentiremos con la misma visibilidad de lo cierto.

      Entre esos recuerdos, Miguel, veremos a tu padre que con tan sólo seis años se vistió como tú ahora te vistes de nazareno; y tu abuela Alicia, Martina, le cosió la túnica como ahora hace a sus nietos para que de la mano del abuelo Antonio partiera para San Julián desde un humilde piso del barrio de Pino Montano. Y Pablo, aunque tú no lo sepas, tu abuelo Paco estará por las calles de su querido barrio Macareno (Relator, Feria, Correduría) porque allí vio pasar tantas veces a nuestra cofradía con su eterna sonrisa, tal y como nos la ofrecía siempre; y aún sin verle, puedes estas seguro que allí estará. Y tú, Lucía, debes conocer que allí donde esté ese Cristo y esa Virgen estará el corazón de Papá, que intentando que tú no le vieras lloró como un niño cuando la salud de los suyos o las circunstacias le impidieron acompañarlos. Y cuando lleguemos a la Alameda, Jose, nos estará esperando allí tu abuelo Pepe, porque es allí donde siempre le gustaba vernos pasar… Precisamente él, hace treinta años, llevó por primera vez de la mano a tu padre vestido de azul y blanco; porque siempre supo disfrutar de la ilusión de sus hijos más que ellos mismos. Y allí o desde la distancia estarán contigo tus abuelas, la que te regaló tú primera túnica con sólo un año y la que te la arregla cada cuaresma para que todo esté perfecto. Y, asímismo, irán con nosotros todos los que desde hace seis siglos nos precedieron proclamando la fe por las calles y depositando sobre nuestras manos el maravilloso legado de nuestra Hermandad. 

     Por ello, os pido, y es algo no menos importante, que no olvidéis en casa la felicidad; que avive la satisfacción y el gozo, más natural y humilde que el orgullo, de ser herederos de aquellos doce que dieron su propia vida por aquel Maestro al que siguieron. De ser un granito de arena de la Iglesia. Que no os perturbe sus contingencias, ni la fatalidad, ni la vergüenza de sus propios errores, que como cualquier historia humana existen. Que nadie os la robe. Tener presente, siempre, que si nos echamos a la calle es para recordar a ese hombre de un pueblo llamado Nazaret que vivió hace dos mil años y pregonar la vigencia de su mensaje, el más hermoso de todos. Que llevamos la cara tapada –aunque muchos lo ignoren- porque no somos nosotros los protagonistas, sino nuestro Cristo y nuestra Virgen a los que acompañamos y para los que nosotros no somos más, ni tampoco menos, que una llama que le alumbra su camino. Que es la fe nuestro mayor tesoro. Que con ella nunca estaréis perdidos del todo por muy mal que venga el destino. Y no estéis tristes, porque en la fe gravita la esperanza, porque nos fiamos de su palabra, de la palabra de nuestro Cristo dormido que lo dio todo por nosotros, que es el mismo que está vivo en el sagrario, que nos espera siempre como sustento del alma. No dudéis en alimentaros de Él, en imitarle, en seguirle.Y no olvidar nunca, sobre todas las ideas, que Dios es amor. 

      Cuidad y mimad la tradición, la esencia, saberos parte de esa familia que nació hace seiscientos años a la sombra de una retama y que renació siempre de sus cenizas, y de esta bella y vieja ciudad de occidente tan diferente a todas. Que no os acompleje ni las modas, ni los prejuicios, ni eso que llaman globalización, pero tampoco permitid que se apoderen de Sevilla aquellos que la malentienden y -sin querer- la ridiculizan, envaneciéndose y presumiendo de una ciudad falsa. 

     Cuando nosotros no estemos podréis hablarnos con sólo mirar a Ella. Y cuando suene Hiniesta de Peralto recordaréis esta carta en un instante, sin necesidad de leerla. “Sólo con el pasado se forma el porvenir”1 .

       Sois nuestro orgullo y nuestra vida. Enseñad a los vuestros lo que nos enseñaron a nosotros nuestros padres; y cometed vuestros propios errores, no aquellos que cometimos nosotros. Para que, vida a vida, perdure siempre inacabable el reguero caudaloso que brota del pozo de la fe, el eterno rosario azul y plata que no perecerá indeleble por los tortuosos siglos de la memoria ni en la borrosa visión del horizonte. 

 sumhis

1-  Anatole    France

miércoles, 23 de enero de 2013

La luz verdadera


Amaneció de escarcha el campo, las calles, el alma.  Despaciosa brisa perlada tapizando el silente clamor del Monte de los Olivos, aquel lugar donde Ella había sentido de brozas el corazón traspasado. Sudor de estrellas que palpitaba de brea  el amanecer de los siglos. Era el sereno escalofrío de saberse entonces rota, rota por la pasión presentida, rota por la traición de uno de los suyos. Rota en sus entrañas -amor de los amores- en lo más preciado de su vida. Pero, ahora, proa al alba del día nuevo, una tela le cubría y le abrigaba el corazón del color de la esperanza.

Cerca de allí, descansaban los que acompañaron al Maestro, aunque le abandonasen de miedo al final, cuando llegó la hora. Tan sólo Juan, el hermano de Santiago, estuvo con Ella… Pero ya todo se había consumado. Y cerca, también, las mujeres ya se habían despertado.  Se habían puesto en marcha cargadas de esencias, aceites y perfumes para el cadáver sagrado que descansaba sobre la roca, para Él… para el Señor de las manos abiertas. Aquellas mujeres no entendieron por qué su Madre no quiso acompañarlas. Desconocían que Ella se encontraba ya lejos de la vía dolorosa que desde hacía tres días recorría su mente una y mil veces. Había puesto fin al negro terror de la pesadilla del recuerdo, había despegado por fin los párpados con los ojos empapados. Y se preguntaba a sí misma porqué no entendió sus palabras. La oronda plenitud de lo cierto. Su perfil era surcado por el mismo rocío que le brotó de llanto en Getsemaní cuando vio a su hijo vendido por un beso. Pero, era emoción lo que albergaba de sentido aquella aurora…  Pues le habitaba por dentro la luz verdadera, aquella que no cesa al albur de las penas ni oscila al socaire de los gozos, aquella que viste de brillo el arca de la auténtica fidelidad, la que resiste el huracán para merecer alumbrar las noches que a sotavento esperan. Y alcanzó a recordar: el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”. (Mt 28, 5)

Sin claridad apenas, María Magdalena llegó la primera al sepulcro y no vio la roca que cerraba la entrada. Después vislumbró unas alas de ángel y halló la tela blanca impregnada de rubí sobre la piedra inerte. Buscó a las otras con su mirada y aterida oyó nítidamente: “No os asustéis. Estáis buscando a Jesús de Nazaret, el crucificado. Ha resucitado; no está aquí”. (Jn 8, 1) Después le vio.

Llorando fue en busca de los Apóstoles, la calle se irisó de pronto, desapareció en su mente el suelo de hoces de la calle de la Amargura y nacieron para siempre los lirios, los claveles… y los geranios de la calle Santiago. Pero ni Santiago, ni Pedro, ni Juan, que fueron los primeros en escucharla le creyeron.

La de Magdala prosiguió, sin pausa, con el tesoro a buen recaudo de la buena nueva. Habían perecido las esquirlas del camino. Buscó a María y la encontró con la luz. Su rostro había rejuvenecido, las lágrimas ahora eran sólo rocío del cielo que adornaban su rostro. Llena de gracia. Con la expectación intacta de la Anunciación, con el orgullo indeleble de haber sido hogar primero de aquel  pastorcillo, con la alegría inacabable de ser pedestal y Madre de la Redención. Con la misma marca en el semblante de haber sido testigo no guarecido de la pasión y el júbilo en el hondo desgarro de su espíritu de madre. Belleza pura, Rosa de nácar…
 Contemplando sus ojos la entendió perfectamente…. Ella lo sabía. Los regueros que atravesaban sus mejillas nacían de la esperanza. Y rememoró la palpitante templanza de su rostro cuando poco antes declinó acompañarla al lugar donde fue sepultado el cuerpo de su Hijo. Lo entendió  todo: Ella sabía que allí no estaba… Porque Ella ya le había visto.

Un pulso telúrico abrazó el instante… Y una flauta de leyenda sonó en la Marisma. Hacía frío y se abrigó. Se arropó con un manto verde, un manto verde que años después, siglos después será bordado en oro por el amor de sus hijos.

Y así fue, resplandor de lucero vivo, que Lope de Vega parafraseara: “En la Virgen con tal arte usó Dios de su primor, que lo más en lo menor y el todo encerró en la parte”. Y  por ello, el incansable peregrino de la paz, Juan Pablo II,  reseñara que, aunque no lo mencionasen los evangelios, Jesús se le apareció también a María antes que a nadie.

Días más tarde, presenció la venida del Espíritu Santo con la misma  gloria de la Pascua… con la misma belleza del Lunes santo. Hacia la luz…

Al alba que de gloria tornó espanto
Idéntica emoción y tan distante
De lágrimas inermes delirantes
Como un Pentecostés de verde manto
Media luna a sus pies, romero, acanto
Fue fruto del amor de la semilla
Rocío Doloroso de Sevilla

            Misterio singular de Lunes Santo.



sumhis

sábado, 8 de septiembre de 2012

Setenta y cinco


“Mi Virgen”


Para ti al arrullo de la gracia la belleza,
adonde la nostalgia gravita en tu mirada
perdida entre varales, cinco surcos de plata
irisan tu carita, florecen alamedas.

Para ti el azul, bordado de luna, el azul,
eterna primavera, que nace de la ojiva,
el dolor y la gloria que a la vejez esquivan…
la rosa de cráter, de la memoria, eres Tú.

Para ti el laberinto que acaba en tu dintel,
al trío de violines, la cal de Calle Lira,
entero mi pasado del todo como fue,

nazarenito niño, la devoción, la vida,
ladera  la gracia diletante ante tus pies,
presagio de la estela… retama florecida.


sumhis

viernes, 23 de marzo de 2012

Tú lo sabes

Tú sabes la oda que acerca el aire en el tramo final de la espera. Presientes las trenzas de agua que engreídas espejean hacia tu orilla derecha. Entiendes de albores y vísperas, de recuerdos y anhelos.  El silente himno de la primavera y de la esperanza. Tú sabes que poco falta… Conoces cuanto darían los días lejanos por cambiarse por estos. Y como verdea la blanca clámide de los suspiros, cuando las alondras disfrazadas –mentirosas- sobrevuelan la torre cobalto de Santa Ana.  Comprendes cuánto cuesta levar anclas. Y brillan las pupilas ahora que descansan sobre la cubierta… Porque te es imposible olvidar… Porque llega el momento… sabes de una Virgen vestida  de hebrea con manto verde y sin estrellas, de duendes de barro que le cantan, de dragones sobre terciopelo, de la expresión de sus ojos y de su cara morena.

Sé lo que sientes. Lo dice el celo con que custodias la exactitud de las horas, el trasiego imperturbable de los días de marzo. Lo dice el trío de la marcha de Albero o el inicio de “Soléa dame la mano”, lo dice el azahar que floreció en los naranjos amargos de la calle Betis, y lo dicen los versos de Carlos Herrera, los terciopelos planchados y las capas blancas, el puesto de calentitos junto al puente y la Capillita del Carmen. Pero sobre todo, y por encima de todo, lo dice el aire.

El tiempo, tan despreciado y tan enaltecido,  es algo que no vale más que el amor a sus detalles. Se fuga, nos atormenta, nos hace soñar, vuelve, nos acoge, nos engaña… escapa. Dulces redes de pesca, inocentemente inútiles, si no anida la claridad en el espíritu del pescador. Cómo pensar en la eternidad sobre la brisa de la nueva primavera de Triana, sobre sus tejados y su aroma… Sobre la fugacidad.

La esperas, pues, con la ternura arrastrada de la marea, y sin dudar que llegará; con nombre de mujer, con la acogida de una madre, con la infinita gracia de saberte hijo de Ella. Porque tú sabes que a sus plantas se arrodilla un barrio y porque sin Ella el resto de las horas sólo sirven para contar lo que falta en volver a verla sobre el puente. De madrugada. Presumes que la ansiedad es el precio. No desveles nada a nadie. Tú lo sabes. Conoces  la carita de bonanza con la que el amanecer  -de ayer, de hoy y de siempre- espera risueño a la Esperanza de Triana.

sumhis

jueves, 1 de marzo de 2012

La entrega verdadera

Al final de la calle Santiago… Allí. Junto al gozne de la aldaba sobre madera vieja, junto a la cal y el geranio cautivo, junto a los brazos de forja reflejados en las estrechas aceras, junto a ecos de capas y herraduras, de espíritus atrapados y que ahondan lances de la historia, quimeras y olvidos, retales de otro tiempo. A pasos -tan solo- de la vieja Judería. No muy lejos de Santa María La Blanca, donde tuvo origen.

Nos acostumbramos a ver la cofradía salir desde allí, después del mediodía. Se hacía plena Semana Santa cuando sus pasos volvían a acercarse cada año a las calles del centro. Desaparecía, así, la sensación flotante de que todo había sido un sueño, de que lo ocurrido el día anterior sólo fue obra de nuestra fantasía onírica… Pero no; la realidad poco a poco hacía ralla inesperadamente  -como pocas ocasiones- cuando la Cruz de guía de madera oscura y pan de oro llegaba a la Calle Imagen. Y uno atina al pensar que ojalá la cruz irrumpiera plena más veces, sobre la grisura de lo cotidiano… para demostrar la certeza de los sueños. Lo fugaz no por fugaz pierde certeza; tal vez al contrario, más real es cuanto más efímero.

Nuestra generación –la de aquellos que nos acercamos a los cuarenta- la reconocíamos clásica, tradicional página de oro que abría el entrañable libro del Lunes Santo, pero era ciertamente una cofradía joven. No en la edad -que también-, en la frescura de su estilo… Hoy, sin serlo ya, sigue pareciéndonoslo. Y en ello está su victoria. Joven desde el corazón de nuestra historia contemporánea  y desde las entrañas de los secretos íntimos de Sevilla.

Redención y Roció. Dos nombres que definieron la trayectoria de la misma realidad nazarena. Y dos diferentes emociones a las que evocar. Si la segunda nos  transmite la pureza de un afligido escalofrío, brizna de marisma y romero en la esencia de la beldad de María; la primera es salvación y mansedumbre,  inabordable ternura, puerta de la gloria. Porque si algo rotundo estremece de ese cadencioso discurrir en la calle, es ver venir sobre su paso al Señor de las manos abiertas…
Lejos de la impostura, sólo al contemplarlo adivinamos el insondable misterio de la templanza, sólo con su mirada recordamos las palabras que poco antes pronunciase en el mismo Huerto de los Olivos: “Hágase tu voluntad y no la mía”. Descubrimos en Él la serena victoria de la paz sobre la ira.… Que no es la apesadumbrada resignación del estoicismo, sino  la entrega verdadera y auténtica del amor

Por ello, al pensar en ti, se me agolpan en el alma un sinfín de  vivencias y en todas hallo mensaje, como esos momentos únicos que sólo compartimos con alguien que se nos fue y vuelven a nosotros fieles a su eterna compañía. Te recuerdo, muy de pequeño, por Santa Catalina, a la tarde transparente, vestido de blanco… y atronaban compases del Arahal sobre la brisa. Y al ocaso por la Alfalfa, pellizco interminable, saeta a dos voces, conmoviéndose Venus asomado al balcón de mi primavera. Y luego, más adolescente, acudiendo vehemente a verte salir desde tu puerta, desde tu misma puerta… esperando de puntillas la proa soleada del barco de caoba sobre la nívea ilusión de la Plaza empedrada… De vuelta, por Cardenal Cervantes, en la intimidad de la recogía, compartiendo emociones con amigos del alma en el relevo de costaleros, testigo del sincero compromiso que  fluye de verdad de los  sentimientos;  poco después del infinito alarde de su cuadrilla por la Pila del Pato. Y, cómo no, cada año, con el  sol en la esquina de los sindicatos, abarcando con tus manos, el pasado y el futuro, el dolor y el gozo, la rebeldía y la compasión… Redención por Sevilla. Así lo define su agrupación musical; con notas de primor suspendidas en la secuencia del aire.

Y entre todas las lecciones… siempre me conmovió la sinceridad sin límites de tu mirar profundo en la cercana intimidad de tu Besamanos… Cuando falta una semana para la gloria, cuando -como dijo el pregonero- “parece que es la hora y no es la hora…”

Porque, junto a ese sendero de esplendor, siempre me conmocionó en ti el terrible desengaño de la traición. Entre toda la madeja sentimental, vuelve a mí, cada vez que te miro, la huella sesgada de la ingratitud. Sí, siempre me ha dado impresión de que el peso más difícil de soportar fue –y es- la traición de los tuyos. Primero Judas, luego la negación de Pedro, y después el abandono de los otros…

Tal vez será que, desde entonces, arrastramos ese pecado. Criticamos las ofensas ajenas a nuestra fe, olvidando que siempre son peores las nuestras al propio Cristo que defendemos y que decimos seguir. Me pregunto ardientemente si antes de señalar con el dedo leemos los Evangelios. Si entendimos aquello de “no juzguéis y no seréis juzgados”, si nos creemos libres de pecado para osar tirar piedras. Nos rebelamos contra políticas y gobiernos de turno sin reflexionar en que cuanto más lejos estemos del poder más pura será nuestra fe, menos desnaturalizada nuestra Iglesia. Que el mayor tesoro de nuestro credo reside, precisamente, en que no se impone por otra vía distinta a la seducción. Vivimos esclavos de lo accesorio y haciendo caso omiso a lo fundamental, obsesionados con la riqueza material y lejos de la sencilla humildad de tu espíritu. Denunciamos lacras sociales, con razón; pero hacemos poco hincapié en otras, tan presentes hoy, y que separan al prójimo en base a no sé qué status, origen o procedencia, y que son radicalmente opuestas a la palabra de Dios. Recelamos del amor. Nos aferramos a la justicia mundana, exigiendo condenas, y obviando la sabia expresión de tu imagen, el supremo significado del perdón… de poner la otra mejilla.

Y al final, siempre nos escudamos en la dificultad de seguirte, de llevar tu mensaje a la práctica, tu misericordia al mundo. Pero, si no lo intentamos nosotros, qué le vamos a exigir a los que no albergan en sí el bienaventurado tesoro de nuestra fe.

Por ello, Señor de la Redención, tan sólo te pediré ayuda para huir de metas donde el amor no habite… Te buscamos entre la niebla y nos basta imaginar tu rostro para pedir perdón. Ante la hermosa enseñanza de tus labios, ante la serena luz de tu sabiduría, ante la infinita inmensidad de tus manos abiertas…

 Perdónanos a nosotros. Redímenos, Señor, de nosotros mismos.


sumhis

domingo, 13 de noviembre de 2011

Bajo tu paso

"a la memoria de mi padre"

     Al dictado del oboe dibuja el incienso
notas a la penumbra, invocación a la luz,
cita atardecida la ternura malva y Tú,
saliendo hacia el ocaso en el silencio denso.

      Pronto Venus al fagot imantará la noche,
y debajo siente la cerviz que Cristo ha muerto,
desabrido chispear de hachones adentro,
sudor y caoba, secuencia y alma, sin reproches.

     Para volver -siempre- se va estrechando el sendero,
quisiera desandar las horas, y el recorrido
cuando la luna se hace mística por Boteros,

     y derrotada la ira, auténtico enemigo,
al sonar las verdaderas llaves de San Pedro
no te olvides -nunca- mi Señor de estar conmigo.


sumhis

domingo, 16 de octubre de 2011

Memoria de una madrugada de diciembre

“El Señor siempre contigo… ”

            Buscando  almas. Buscando el aire frío que en diciembre enaltecía la aurora por nacer, distinto de amaneceres de bronce que tanto vieron al Señor arribar, hálito último, por San Lorenzo. Salió en andas, de una puerta a otra. De la Basílica a la Parroquia. Algunas zancadas tan solo. Era aún de noche e íbamos a su casa a ver como la dejaría ausente por unas horas para volver a aquella en la que habitó por siglos. Se cumplían trescientos años de su bendita presencia en esa plaza, en ese barrio. Y nos acercábamos para ver con que velo de asombro le recibiría inquieto el relente de adviento.

Allí, apenas los vencejos cantaban aún, silencio, ansiedad contenida, fervor, espera… Cordones morados bajo los abrigos, la luna apurando el gélido acento de la hora, y la historia vino con guantes violetas para ponerse delante, para participar del secreto insomnio de la fugacidad, del instante.

Se abrieron las puertas antes, incluso, del celo benigno del lubricán; se abrieron las puertas y, pronto, todas las miradas confluyeron en su cara, allá donde la fe gravita; se abrieron las puertas y ya todo fue un suspiro.

Su pierna izquierda adelantada, su faz ennegrecida con la que nuestra generación se identificara, antes pues,  de que curaran su piel para que volviese a ser el Dios de nuestros abuelos. Su tez cetrina sesgaba  más indescifrablemente el aire en la tiniebla del invierno. Corona de espinas bordada, tronco reseco, carga de siglos. Todo el dolor del mundo sobre el hombro de este humilde vecino del barrio de San Lorenzo. Y su respiración dejaba vaho, lo juro, sobre el oscuro soporte de la  brisa.

Pero no hubo voz que saliese de su boca que no fuera paz. No hubo palabra carente de ternura. No hubo idea que no encerrara lección. No hubo esquirla en su corazón, ni sombra en su alma. No hubo otro mensaje que el del amor.

            Su padre adoptivo carpintero, su padre natural alfarero, que saldría de sus manos, esas que acarician la cruz…

Atravesó el pórtico de la Parroquia y se recogió en la habitación más interior de nuestro ser, en aquella donde descansa el tesoro secreto de las más hondas verdades. Y la halló como inició la eterna singladura de su vida: buscando almas.  Así lo grabó la memoria… la espina traspasada para siempre de cierta aurora fría de  un viernes de diciembre.


“Ali, hermana, para ti, con quien lo compartí”




sumhis 





NOTA: El diecinueve de diciembre de 2003 se trasladó el Señor del Gran Poder a la Parroquia de San Lorenzo a primerísima hora de la mañana para un Besamanos extraordinario como conmemoración del tercer centenario de la llegada de la Hermandad al barrio y a la parroquia de San Lorenzo Mártir, regresando a su Basílica la noche del mismo día.

viernes, 19 de agosto de 2011

Cuando sólo los pájaros hablan

Olvídate del ruido, olvídate de la pretendida dictadura del calendario, alma. Y busca.  Busca a Dios en el silencio, entre la madeja de la ansiedad y  la ignominia, ese que se nos revela en lo más profundo de la ausencia, siempre dispuesto, buscando el corazón. Búscate a ti y a tu memoria. Silencio. Ahora más que nunca es Semana Santa porque ahora es sólo sueño, ahora más que nunca. En las antípodas. Varada en el calmo vaivén del estío. Y recuerda, y camina. Ven, vente a razones. Entre las referencias silentes de la ciudad monumental, y las imitaciones kitsch,  entre la  dejadez y los grafitis, entre el cálido aroma de los Jardines de Murillo a la hora de la siesta o el denso perfume a suelo regado bajo la luna que interpreta el papel protagonista de la noche andaluza de Granados. Y entre los restos visibles de quienes la odian, la violan y la menosprecian. Porque hay un lugar en el ánimo cuyo reflejo especular es materia, unas calles de embrujo,  un barrio de misterios, un lugar para el sigilo.

Calle Pimienta, Rodrigo Caro, Santa Teresa, Vida, Plaza de los Venerables, de Alfaro, de Doña Elvira, Pasaje de Vila; esas que te enseñó tu padre. Las que recorriste con él, aprendiendo a no perderte, tardes de calor, noches que refrescan -siempre en verano- y cómo no, la que da nombre al barrio bajo la sombra de la vieja cruz de cerrajería; y, cómo no, la de Refinadores bajo la de Don Juan; y, cómo no, a la sombra del viejo adarve...  el Callejón del Agua. Pero, también -y sobre todo- la de la Alianza. Esa plaza… ese nombre de resonancia bíblica, que recuerda la unión  de Dios y el hombre como si nos hallásemos en un Monte Sinaí en miniatura donde Moisés renovara la que el Altísimo prometió a  Noé, y de donde desciende cuesta abajo la súplica tallada del Cristo de las Misericordias. Esa plaza… esas rampas que recuerdan el declive que partiendo de la  Plaza de Quintana busca el Obradoiro.

Sí, una vez creí adivinar allí uno de esos lugares mágicos de la cristiandad, de piedra y alma –nihil plus-. De Martes Santo a Martes Santo, contemplando el cortejo que baja  hacia los grandes pórticos de la Magna Hispalensis al cobijo de la Giralda, viene a mi mente la Torre Berenguela y las antiguas escalinatas que descienden de la Quintana Dos Vivos a Quintana Dos Mortos en el viejo Santiago. Y me estremece pensar que el lugar posee el nombre exacto –también-, porque une esos dos mundos a la hora en que Cristo pasa mirando al cielo. Y al igual que, en ese rincón de Compostela,  las musas inspiraran a San Pedro de Mezonzo la creación de la Antífona del Salve Regina, aquí también debieron darse cita para que el Maestro Fulgencio Morón compusiera “Cristo en la Alcazaba”. Justo ahí, junto a la parte más alta de la vieja fortificación, defensa y custodia del alcázar sevillano.


Cómo no recordarlo todo, ahora en el estío, cómo no escuchar los pájaros… Ambos silencios de jade, ambos atardeceres malva… en primavera con la Plaza llena y silente… en verano semivacía y ausente.

Cierra los ojos y siéntelo corazón. Es fácil. Los astros te marcarán la manera. Siente desvanecerse el pulso y fundir con el trinar que unge el acento de las cosas. ¿Ves cuánto significa ese azulejo de Él mismo  y que Él no llega a ver por que busca el cielo, no sé… si su Giralda?  Sí, puedes verle llegar en su paso gótico junto al ocaso, ya la cruz de plata atisbó poniente. Notas la daga de la melancolía y suspiran, interrogan, las magnolias. Avanza la cofradía a hurtadillas y permanece la quietud invariable de la luz a la hora morada. Le ves, clama y le entendemos sin escucharle. Por el aura sostenida. Por el sendero corinto sobre su cuerpo, por su perfil cetrino que diluye la melaza de los geranios y la tarde... Se va yendo, se va yendo… -“le soir, le soir…” que decía Verlaine- por las rampas, con el aire, y vemos su silueta  desde el reposo contenido de la respiración que duda. Y percibimos que el mundo se ha suspendido, que nada vale más que su palabra. Que no fue en vano la fuerza del silencio.

Clamando la oración,  musita,
queriendo ser un grito, llora.
Plañe cortada y a media luz
la tarde que el dolor marchita,
que tanto la muerte se nombra,
que el cielo es rojo, no azul;
que esas llagas, que ahora brillan,
brotan de amor, nunca se borran,
son brújulas de norte y sur,
fuente rubí, que nos habita,
de la eterna misericordia
por las calles de Santa Cruz.

 “¿Dónde está tu costado, Señor? El costado de Dios son nuestros prójimos. Se oyen golondrinas irrumpiendo en la penumbra del oratorio…”  Así escribía Francisco Morales Padrón cuando hablaba de la también próxima Santa Escuela de Cristo. Aquella no pudo existir en ningún  otro lugar más que a su lado.

Y es que hay lugares donde Dios palpita, sitios a los que la historia los hizo leyenda. Allí la oración es callada. Por eso sentimos su poder en el silencio. Es más fácil escuchar sus latidos cuanto mayor es el recogimiento. Por ello, se dirige allí el alma, en este vacío del estío, para escuchar a Dios. Su señal en la piedra. Por ello, cuando en el atardecer del Martes Santo Él aparece por la plaza atestada de gente, sólo se escuchan respiraciones lentas y trinos de vencejos, y sólo pueden interrumpirse por el encantamiento de una música melancólica… o acaso, por el llanto contenido de la Virgen de la Antigua.

Aun sienten esas calles el dolor de tu ausencia la pasada Semana Santa, y vuelven a soñar con que florezca el calendario, con tu silueta nueva, que sólo pudieron hallar hecha sombra horizontal sobre su suelo en la noche del Via Crucis de cuaresma. Pero la lluvia que mojó su anatomía jamás podrá borrar tus huellas en su íntima esencia.



           Y esa esencia es la que vuelvo a recorrer hoy con la memoria de todo lo que aprendí de ti. Me llevo el recuerdo de mi padre como el mejor cicerone y me vienen los compases del Adagio de Albinoni, que quedaron anclados cierto verano por el Callejón del Agua. Sé, como dijo el maestro de Sevilla insólita, que la muerte es camino que todos hemos de recorrer. Pero te suplico piedad como Tú clamas al Padre. Miserere mei. Nada. Absolutamente nada es más fuerte que el amor.

sumhis