domingo, 24 de mayo de 2009

Sobre mis pasos

“Volveré a abrir el cajón de la memoria
Donde se guardan ordenadas las limpias reservas,
Volveré sobre tus días, confusa y amada historia.”
Manolo García. Sobre tus pasos




Cuando salió de casa era una sombra. Un contorno desnudo, y sus pasos andaban solos. Sabía poco, declives, tinieblas, pero sabía adónde iba, buscaba paz, tal vez luz, buscaba a Dios, pero sobre todo buscaba a su padre. Le acompañaba la soledad, huía de ella, pero no tuvo más remedio que conformarse, habían pasado ocho días y las obligaciones se lo impedían, así que ya no quería dejar pasar más tiempo. Cerró la puerta, apretó con su mano el sobre que contenía una foto de su hijo en cuyo reverso había escrito una carta para él y sus pasos, sabía, le conducirían al sitio donde descansaba su padre. No podía pensar, iba perdido, ensimismado, de sus asuntos a su pena, de su pena a sí mismo, y de allí al abismo. Silente y autómata, aturdido. Tarareaba sin darse cuenta un soniquete por hacer algo, por asesinar el vacío. Una canción de arena, una melodía de vapor. Meditaba sin lógica y escapaba del dolor haciéndose aún más daño. Su cuello no podía poner derecho y el reloj de la muñeca se le paró. Se habría quedado sin pilas.




Tomó el volante y, tarareando; la sombra llegó al destino. Bajó del automóvil y sus pasos le llevaron al puesto de flores que había en la puerta del cementerio. Allí pidió una docena de claveles blancos y esperó que la colocaran en un ramo. Continuó. Pasó delante de los azulejos de la Soledad de San Lorenzo, le pidió que le diese fuerza y le acompañase, olvidando que la soledad había salido de casa junto a él. Y se adentró en el desierto de mármol y flores. El sol a plomo reinaba el mediodía de mayo. Miró al suelo y no veía su propia sombra, no sabía si era porque el sol estaba demasiado alto o porque él mismo era sombra, e ignoraba si las sombras daban sombra. Al pasar por el mausoleo de Joselito el Gallo, que esculpiese Mariano Benlliure, algo le hizo girar la cabeza, lo miró admirado pero sus pasos no pararon, y tomaron el pasillo central, allí a lo lejos con los brazos abiertos se divisaba el Cristo de las Mieles. No se escuchaba más que el movimiento de las hojas de los cipreses y el aleteo de los pájaros. Silencio de Dios. Nadie, nadie, al menos nadie que tuviese cuerpo se podía alcanzar con la mirada. La calidez del aire ataba el cromatismo primaveral de aquel contraste de belleza dormida preñada de advertencias. Amarillo calmo, amarillo virgen sobre un mar de ilusiones fosilizadas.


Recordó, de pronto, que no sabía ir por allí hacia su destino, o más bien, sus pasos giraron solos intentando seguir las señas que su hermano le había indicado la noche antes para no perderse. Girar a la izquierda, buscar el extremo del recinto, junto a los nichos, y mirar los azulejos del suelo que nombraban las calles hasta llegar a aquella que pusiese Santa Rosa. La sombra fue dibujando un surco cabizbajo hacia la izquierda, entre lápidas, entre soledades. Y llegó al extremo, buscó un azulejo que le indicase el nombre de aquella vía de paz desalentada, y lo encontró. La emoción le recorrió toda su esencia de sombra, casi como si tuviese sangre. Leyó y releyó aquella aguja en el pajar de la nomenclatura, aquel nombre sobre el suelo del camposanto sin creer lo que sus ojos de vacío veían. Sin esperarlo. Virgen de la Hiniesta. Así se llamaba. Alzó la mirada emocionada y tomó fuerzas para seguir. Pasos, más pasos.


En la calle Santa Susana, se acordó de sus abuelos, buscó su lápida y la encontró. Rezó. Dejó un clavel y con los once restantes siguió el camino, ese andar que no iba dejando sombra sobre las piedras.


Santa Rosa. Allí era. El desaliento se agitó y los pasos volvieron a girar nerviosos. Nadie. Ruidos muy lejanos, sol, y la sombra llegó a su destino. Supo que había llegado cuando a lo lejos vio trece rosas sobre un mármol gris. Seis blancas y siete del color de la antigua copla de los ojos verdes, del trigo verde, del limón. Se acercó y los pasos se pararon. Fue duro. Creyó que todo había sido un sueño. No podía recordar ocho días atrás. Rezó. Volvió a apretar la foto de su hijo, había atinado a escribirle a su padre en el reverso que no había hecho falta que faltase para darse cuenta de lo mucho que él le había amado, que gracias a él se había sentido querido desde el primer día de su vida, de forma desbordada, sin medida, con todo el alma, y tanto que más, era imposible; y quería agradecérselo otra vez por si no se lo había dicho suficientemente. Que le quería tanto como él. Y que permanecía vivo en la parte más preciada de su alma. Por eso se lo dejaba escrito sobre el mejor regalo que le podía haber dado: un nieto maravilloso. Lloró. Dejó el ramo de flores y metió la fotografía dentro. Se arrodilló y besó el mármol como si fuese carne. Luego, estuvo un rato largo con la mente en blanco. Silencio. No sentía. No pensaba. Era soledad y era sombra. Y el tiempo pasó. De pronto, sus pies volvieron a andar y volvió sobre sus pasos.


Sus pasos volvieron sobre sí mismo. Y la primavera fue alterando el sentido de las cosas. Buscando el nombre exacto del dolor, recordó los versos de Juan Ramón al comienzo de Eternidades. Anduvo más suelto, se fue entreteniendo en los olores, en los sonidos, en la canción que le venía de dentro, y en el mar. El mar amarillo de la melancolía. El mar profundo y azul de la pena y de la belleza rota. Recordó el Poema de mi soledad de Rafael de León y una voz flamenca le cantaba al oído hasta que el alma se fue recreando. Así, despacio y taciturno fue avanzando buscando sotavento. Así fue llegando al final. Como un inocente niño pequeño en vez de una sombra. La sombra que realmente era.


Entonces se fijó al pasar en un capote serenamente apoyado en un mausoleo azabache, en un ángel con un estoque y leyó el nombre de Manolo González, maestro y amigo de su padre; parecía todo recordarle a él. Estaba tan presente. Luego tropezó con aquel monumento que a la entrada le había hecho girar la cabeza. El torero de Gelves estaba plácidamente dormido sobre un féretro llevado a hombros por personas de todas las edades. Fue entonces cuando quedó impresionado por la belleza del conjunto escultórico del que tanto le había hablado él. Se paró y comenzó a observarlo con detenimiento. Era el rey de los toreros el que arriba yacía, nada menos que Joselito el Gallo, pero no se desprendía soberbia alguna en su rostro, humildad y ternura, él que había muerto en Talavera tres años antes que naciera su padre, y lo llevaba su gente, su raza y el pueblo. Irradiaban tristeza, pero sobre todo amor, buscó a Ignacio Sánchez Mejías –sepultado también bajo el conjunto- ya que su padre le había contado estaba entre los improvisados costaleros, y que paradójicamente murió también más tarde por la cornada de un toro, pues el genial escultor valenciano tuvo la idea de esculpir su rostro en el monumento, pero no pudo identificarlo. Fue dando la vuelta lentamente a la obra de arte tirando del hilo de la memoria, y llegó al frontal descubriendo una imagen de la Macarena que sobre sus manos llevaba una muchacha. La que tanto quiso el maestro, y la que por su muerte vistió de luto. Su piel se erizó de pronto cuando al mirar a la cara de quien la portaba descubrió un rostro que le era familiar, fue una extraña sensación de escalofrío, pero que le llenaba de íntima confianza. La contempló de todas las maneras y pensó, trató de recordar, quiso encender la memoria y saber quién era, familiar, amiga, conocida, mas no era capaz de despejar la misteriosa incógnita. El aire se volvió acogedor. Se dio un tiempo, pero no sirvió para nada. Miró alrededor y se distrajo con otros homenajes vecinos. Se acercó a la estatua de Paquirri, de pie sobre sus propios restos hacía un desplante fiero y arrogante a la muerte. Luego la esbelta escultura de la gran Juanita Reina, con bata de cola y sevillana elegancia. Se estuvo fijando en todo, detalles, fotografías del alma, historia in situ de la Sevilla perdida, y poco a poco fue pensando en retirarse.


Cuando se iba, sucedió algo sin importancia, se le cayó de las manos el sobre donde había guardado a modo de carta la fotografía de su hijo que había dejado a su padre. Se agachó para cogerlo, se agachó y alzó la vista. En ese instante sucedió lo que tenía que suceder, se tropezó de frente con la mirada de aquella muchacha que llevaba en sus manos nada menos que la esperanza …por algo sería. Fue, entonces, cuando un acero de emoción le partió en dos el alma. No lo podía creer. Volvió a mirarla y descubrió que era Ella. La misma finura en su cara, su misma nariz afilada, su barbilla, sus labios, la mirada caída… sólo faltaban las lágrimas y vestirla de reina con el pelo recogido en vez de suelto. No había duda, era Ella. Aquella cuya foto quedó sobre la cabecera de su padre en la habitación del hospital después de que muriese. La que reinaba en su corazón y en cada rincón de su casa, la que acompañó siempre vestido de nazareno desde que su padre le llevó de la mano un domingo de ramos de su infancia. La que estuvo con él en todos los momentos de su vida, la que tantas veces visitaba en la iglesia vacía para contarle sus cosas, la que presidió sobre la mesa de estudio lágrimas de esfuerzo de toda una carrera de sin sabores que acabó felizmente gracias a Ella. Aquella a la que su mujer regaló el ramo de novia después de que contemplara su unión desde el altar mayor de San Julián una noche de septenario, a quien fue presentado su hijo la primera tarde que salió de casa. Ella que relucía las noches de sábado de pasión en la puesta de flores y que regresaba a casa cansada e igual de hermosa veinticuatro horas más tarde, la que le estremecía el alma con solo escuchar su nombre. Aquella para quien había ardido la vela llena de mocos que él había llevado a su madre al tanatorio para velar el cuerpo inerte que acababa de visitar. La que ardió de pureza en la leyenda viva de Romero Murube, la devoción de su vida, la Flor de las flores.


Aquella joven había sido tallada quince años antes que Dios inspirase a Castillo Lastrucci para que tallara la Virgen de la Hiniesta, meses antes que naciera su padre, y su expresión era presagio, y quizás por ello parecía ser tan joven. Entonces, sólo entonces, entendió, que todo encajaba. Los cimientos del suelo que pisaba comenzaron a temblar en silencio. Las raíces de la memoria eterna le gritaban desde dentro, y supo que allí estaba en su centro. A sus pies el maestro Sánchez Mejías, que fue presidente grande del sentimiento hecho pasión que marcó la vida de su padre, y al que García Lorca compuso el inmortal llanto hecho poema que aquél amaba y aprendió de memoria. Sobre su cabeza el genio muerto que tanto admiró su abuelo, y del que tanto le habló su padre, de frente la Virgen que tanto quiso José y a la que su propio padre le cantó su primera saeta con sólo seis años a hombros de su abuelo, en sus manos el sobre donde se había quedado marcada la foto de su hijo, y él mismo sólo, mirando la esperanza –lo que allí había ido a buscar- en el centro. Esa esperanza que, encima, era llevada en sus manos por una muchacha con esa misma cara que la de Aquella a quien entregaba su fe desde niño.


Volvió los ojos a ella y supo porqué se le había caído el sobre en ese sitio, supo porqué giró la cabeza a la entrada cuando pasó cerca, porqué fue a parar a aquella calle con ese nombre cuando caminaba perdido por el cementerio. Supo que Ella no le había querido dejar solo. Y en ese momento sus ojos se inundaron de lágrimas. La miró y ella le habló con los labios cerrados. Le habló. Su reloj ya estaba parado, pero ahora se paró el tiempo. La escuchó con el alma. La vida y la muerte se tocaron, se confundieron. Lo entendió. Bajó la mirada y se fue. Supo que su padre no estaba solo.


Con la cara empapada caminó. Pasó por el Jardín de los poetas, le hubiera gustado buscar una flor de retama allí para colocarla a los pies de aquella muchacha, pero el pudor de las lágrimas le hizo no entretenerse.


Ahora el llanto era útil, era desahogo, era paz y así llego al coche. Se sentó y se miró en el espejo. Se dio cuenta, entonces, de que tenía ojos, de que tenía rostro. Y sacando las fuerzas de los resortes mágicos que sin saber de dónde vienen aparecen en los momentos más duros de la vida decidió seguir adelante: sería dolor, sí, pero no sería sombra, sería tristeza, pero sería fe; y nunca olvido, nunca olvido.


Y, entonces, más tranquilo fue cuando el soniquete que desde el principio le acompañó adquirió la letra, que nunca había perdido pero que había desatendido, que había olvidado, y que desde el profundo inconsciente le había estado queriendo decir a sí mismo mil cosas: Volveré sobre mis pasos, sobre tus pasos, padre. Volveré sobre mis pasos que serán tus pasos, madre. A un universo de olas, a un universo de mares de trigos y olivos.


Y así volvió sobre sus pasos, con el corazón grabado para siempre por lo que aquella jovencita Hiniesta de bronce le había dicho esa mañana enlutada bajo el sol de mayo en el cementerio.
sumhis

domingo, 26 de abril de 2009

La luz del agua

Qué bello fue encontrarte sin buscarte. Fue escuchar la música que te acompaña y correr para verte doblar la esquina. El amanecer ya está totalmente completado, maduro y blanco. El cielo de color ceniza no deja pasar el celeste de la mañana enlutada. Un desagradable viento, parece incluso anticipar lluvia. Persianas que crujen, al unísono de lo que allá debe ocurrir bajo la parihuela. Caras desencajadas, ateridas, hora de buscar desayunos, de hacer una pausa o regresar. Y, de fondo, allá por la calle Cuna se acerca Ella. De lejos, de puntillas, muchos corremos para intentar sorprenderla, sorprendernos; y nos encontramos con una multitud agotada, ahíta de madrugada, desarmada, que lleva horas esperándola. Se mueven las bambalinas a compás y el pulso con ellas, el silencio, la sonrisa en los labios y el halago espontáneo. Se aúpan para verla pasar, cualquier apoyo es bueno, escabeles hacia la gloria, y en medio de todo ese barullo de traspuesta expectación, una Niña a punto de cumplir los diecinueve de dulces ojeras y consuelo de almas.



Quién lo diría. Que todo lo forme Ella, la lágrima, la ternura, la sonrisa, la algazara, el alboroto, las torpes carreras, los piropos, las palmas, la emoción, la luz en la mirada, la luz del agua del cielo, del agua salada corriendo por las mejillas, agua marina que brota de nuestros ojos con solo presentirla, verla, contemplarla. Luz para esa agua y para aquella que se amansa en la ribera del Betis muy cerca del sol de su presencia –¿por qué si no se había de llamar resolana el espacio que va de su casa al río?-. Dicen que el agua es vida, pero sin luz no crecen las plantas.




Y contemplando a quienes la miran me di cuenta de que, aunque no se supiese quien estaba cruzando aquella esquina, solo con ver las caras del gentío se adivina fácilmente que por allí estaba pasando la Niña. Así son las cosas de Sevilla. Me vino a la mente un sencillo recuerdo de mi infancia, pero que dice mucho de estas cosas nuestras. Recordé como hace muchos años viendo por televisión una información sobre la recuperación tras una cogida de una figura del toreo, pusieron para acompañar la narración unas imágenes de archivo, mi padre que conmigo estaba, interrumpió en una de aquellas escenas, diciendo “esa es la plaza de Sevilla”, me llamó la atención su aseveración dado que en la imagen sólo se veía un burladero, las tablas y algo del callejón, y, por ello, pregunté “¿Papá cómo la has reconocido?”, y él de forma castiza sentenció:




-“Por los detalles, hijo, por los detalles”.




Entonces, no lo comprendí, mas el tiempo me lo fue enseñando y Sevilla me hizo amarlos. Por eso, cuando alguien despistado preguntó que paso estaba pasando por allí entendí fácilmente el tono de un hombre que se volvió para decir, la Macarena, ¿Quién si no?




¿Quién si no puso una sonrisa sobre el cielo? ¿Quién si no hizo bajar un rayo de sol sobre el gris de la triste mañana? ¿Quién puso color a la gracia? ¿Quién bordó estrellitas fugaces sobre las miradas cansadas? ¿Quién puso luz a la lluvia, y arcoíris al panel del horizonte? Sólo Aquella que hace que en la tiniebla veamos la sombra de lo divino, Aquella que pone silencio entrecortado en las sonrisas rotas, música en el silencio, nudos en las gargantas sedientas, emoción, emoción, emoción sobre todas las cosas. Y Aquella que, cuando estamos perdidos, hundidos entre la broza de la rutina, ahogados en las cuitas y en las dudas, y sumergidos en el vacío de la tristeza, ponga sentido a las cosas, o lo que aún sorprende más, que aún en el peor de los casos, sin poner sentido a nada, haga que nada ya importe, que nada nos haga estar perdidos, o si lo estamos ¿qué más da?




La Virgen se fue alejando por Laraña y nos dejó grabado a fuego en los rostros la marca de la Esperanza. Llovía sobre Sevilla y la luz estaba en la calle.


sumhis

lunes, 13 de abril de 2009

Sin salida...

Te vas envolviendo poco a poco entre frases "cuando seas mayor" "ya tendrás tiempo por delante" " en un futuro" rodeada de todo el cariño del mundo entre padres, abuelos, tíos que se encargan de añadir cada uno su porción de "futura felicidad" para ti....y te dicen que todo va a ser muy bonito...que gozarás de una juventud y una madurez....que te casaras, tendrás hijos, serás feliz....feliz....cuantas veces nos preguntan: eres feliz?....y cuántas posibles contestaciones hay...todos las sabemos....feliz es lo que quieren tus padres de pequeña para ti… tu pareja de mayor....y tus hijos en la vejez...todos quieren eso para ti.

A veces, cuando paras, en uno de esos momentos que son solo tuyos....donde sólo existes tú contigo mismo....a veces piensas en tu vida...cuando tenías nueve años e ibas al cole... el mundo que te rodeaba a los nueve años.... luego a los quince... a los treinta....y vas analizando que poco tiene éste de hoy con aquél soñado y deseado....este contraste es asumido poco a poco...y lo vas absorbiendo entre obligaciones para con tus padres...con tus hijos... con tu gente en definitiva... hasta que te das cuenta que ya no existe nada de lo que pensaste sería.... Otras veces no lo absorbes tan bien....y llegan unos señores y le llaman "depresión"....depresión por añorar lo que un día planeaste y no resultó... depresión por no querer vivir la vida que llevas... depresión porque deseas salir de las pequeñas obligaciones físicas y emocionales que te fuiste echando poco a poco y no puedes desligarte... Depresión?....y hasta medicamentos hay para ello?...acaso puede un medicamento deshacer el camino andado y darte la oportunidad de coger otro sendero? ...yo no lo llamo depresión... lo llamo vida... cuando sales a andar hay muchos senderos , senderos que son muy largos....tanto....que cuando llegas a la mitad y te das cuenta que ese no era... ya no puedes volver porque sabes no te da tiempo a coger otro.....aunque algunos encuentran un atajo y ...se divorcian... cambian de ciudad... y por ese atajo llegan al camino de al lado que ojalá sea ese el deseado... porque puede ocurrir que cuando pilles más de dos atajos ya ningún camino resultante te guste y entonces sí que estás perdido de veras... perdido porque has visto la realidad que menos gusta... esas personas ya no tienen "depresión", pero......han descubierto que ningún camino es como aquél que le prometieron de pequeño entre cariño y frases hechas... esa persona ya no tiene salida.....sólo una espera.

A veces... las pocas que montas en un autobús... entre parada y parada juegas a analizar y deducir por un rostro como será la vida de aquel estudiante, aquella viejecita o aquel hombre maduro....cómo serán sus vidas?... igual juego practiqué hace unos días en una reunión familiar....y aunque hay menos que deducir puesto que sabes mucho de sus vidas... la mirada ausente de uno....el comentario de otro... los silencios de aquél... la cara con las que regresa tras los ratos que gusta perderse aquél otro... y un vendaval de imágenes pasa en milésimas de segundo por tu vida.... Ves la reunión de niños y piensas cuando nosotros, los ahora mayores, éramos así... quién nos lo hubiera dicho?... Cuánta felicidad perdida.... y, sin embargo, si le preguntase todos me dirían "soy feliz"... lo diríamos... porque fuimos educado en la salud... habiendo salud había felicidad... cuánto error pero cuánto nos ha servido de refugio, impulso y agarre para continuar.
Entre nosotros solemos, miramos, nuestras vidas ... unos para comparar y sacar consuelo....otros para comparar y evidenciar más la suya.... yo ....yo miro mi vida....con mi hermana.....con mi hermano....con la que fue la de mis padres.... con la que llevan mis primos y casi hermanos... yo miro mi vida... este partido tuve que jugarlo de otra forma... en este partido cambiaría muchos jugadores... podría recriminar mucho al entrenador (mis padres) por no haberme preparado bien... o pedirle disculpa por no haber seguido sus recomendaciones, según se mire....pero sobre todo.... hablo con el árbitro... es difícil aguantar los noventa minutos... y bajito me acerco a él... sobretodo por las noches... y le digo... pita... pita ya el final... ellos han ganado y yo ya no aguanto más... pita el final ...este partido que comencé bien no lo jugué como debiera... pita... y entonces los ojos de mi Sentencia vuelven a mí... aún falta....aún falta....y volveré a colocarme en mi puesto... como cada día al levantarme, haré las mismas cosas, atenderé las mismas obligaciones, charlaré, sonreiré, a ratos hasta me divertiré, daré a cada uno de los míos lo que esperan de mi ...día a día… nadie advertirá nada distinto o extraño en mí....mientras seguiré con esta tarea de vivir… hasta que ese árbitro de la Macarena diga... al ver mi cansancio... Ya!... Quizás, si hay próximo partido, lo vuelva a jugar y ojalá ese lo gane... continuaré hasta entonces con mis ratos a solas... esos ratos que muchos evitan con actividades varias por miedo a tenerlos... esos ratos en que somos uno mismo.....y dentro de unos días cuando salga de casa, en familia, todos con salud y alegres de encontrarnos con Dios por las calles... sentiré que al lado de mi madre va mi tía, que junto a mi hermano va mi primo Jose, mis tíos detrás...y sentiré que Antonio va a mi lado... que no existe diferencia entre el cielo y la tierra... que todos juntos caminamos a ver San Roque... y estaremos todos juntos viendo salir los Negritos... y sólo dejaremos de hacer algo... porque duele el alma... porque el dolor puede más que el deseo... No podremos mirar tu cara Macarena al alba....y volveré a repetir, con llanto interno, para que a nadie pueda aún más entristecer....aquella frase que protege a Jose en su descanso:.. " El amor de Ella pudo más que el nuestro"...
Cristi

jueves, 19 de marzo de 2009

Una vez al año

“Algo de ayer queda en el día de hoy”.
Pablo Neruda. Las manos del día

La primavera no nace el veintiuno de marzo, sino el Domingo de Ramos. Antes sólo percibiremos indicios, señales, presagios… en fin emociones que a veces estremecen como la misma primavera. Pero, en sí, no comienza hasta que un paso de palio azul y plata sale a la calle, y una Virgen siembra retama de ilusiones. Y entonces sabemos que con Ella llega la felicidad.

El pasado año faltaba un nazareno, que no pudo estar en las filas que preceden su discurrir, pero allá por la calle Feria tuve la emoción de verlo, dejó en mí dos tesoros: su hija vestida de nazarena para que me acompañase en la fila cogida de la mano y su medalla para que fuese a la catedral colgada de mi cuello. La mezcla de nostalgia, plenitud y pena era difícil de describir, pero de aquel instante sólo pude sacar un esbozo de sonrisa “no te preocupes que Él y Ella están siempre con nosotros.” “Sí, pero el resto del año es espera de este día” -por ello mismo, porque este día siempre vuelve y porque Ella está en la calle no puede haber ya quien llore-. Imagino que cuando luego la vio venir desde la esquina de Relator mientras los rayos del sol reflejaban la marca de su belleza comprendió que su alegría es eterna. Que algo de anteriores domingos de ramos quedaba en aquél, y algo de aquél en el que viene llamando a la puerta de nuestro espíritu. Etérea cadencia de encadenadas emociones que flotará por siempre más allá de nuestras pequeñas vidas. Qué gran misterio que llorando por la muerte de su hijo transmita tanta beldad, ternura, esperanza… y, porque no decirlo, alegría. Recordando aquel instante los versos salieron solos como burbujas de botella de un vino espumoso.


¡Cómo envidian desde marzo
Los cielos de primavera
Imitar con sus colores
Los azules de la Hiniesta!

Llegó el día, el mediodía
Y se cerraron las puertas
Azules sueñan los ojos
En el hogar la trastienda
De preparativos, nervios
Túnicas planchadas puestas
Despedidas de emoción
Recuerdos de faltas cerca,
Cerca la tarde de siempre
Vuelve a nacer como nueva.


Se retiran visitantes
Y antes de posar serena
La Virgen queda unas horas
Antes del sol de la gesta
Sola en el mediodía
Tensos calores afueras
Van llegando nazarenos
Arroyos de amor, promesas.

Unos visten ilusiones
De estreno, límpidas, nuevas
Otros repiten el sueño
A consumar experiencia,
Otros recuerdan quien falta,
A cumplir sus penitencias
Otros piensan con angustia
cuantas estaciones quedan
Y otros sueñan esperanzas
De estar cada vez más cerca
Y así se llena la iglesia
Azul, blanco, primavera.


Evocación de la tarde,
Que hace de alma a la piedra
Camino, huella de plata,
Señales, caminar de cera
que a las callecitas blancas
azules llenan de estrellas
predicado de dulzura
Duque Cornejo, Morera
Moravia, Juzgado, Lira
Bordador Rodríguez Ojeda,
Estrecheces de la gracia
Pasaje Mallol, Hiniesta
Calles de felicidad
Visten a Ella de Reina.


En el altar la Gloriosa
Mira de reojo inquieta
Que se va a quedar solita
Porque a Ella no la esperan
Y llega la hora grande
Y al fin se abren las puertas
Porque una vez al año
Toca besar la belleza
Del lapislázuli y la plata
Angosta ojiva le espera
La primera levantá
En las naves de la iglesia
Suena Hiniesta Coronada
Y la Gloriosa recuerda
el año setenta y cuatro
Despacito hasta la puerta
Ese palio azul y plata
Las rodillas van a tierra
Que traspasando el dintel
Llega la luz y la besa.

Otra vez nació el milagro
Y la primera saeta
Y llora San Cayetano
Una nueva primavera
Y suena Estrella Sublime
Notas, piropos, cadenas
Que la Flor de la Retama
Ilumina la vivencia
Placita de San Julián
Flores a su presencia
Llega a la Puerta de Córdoba
Y las murallas la besan
Revirando con su gracia
A la calle Macarena
Suspiran ya los geranios
Desbordados de las rejas
Y la cal de las paredes
Entre añoranzas inquieta
Que por Fray Diego de Cádiz
para besarla se estrechan .

Un río de raso azul
Va bordando callejuelas
Y al llegar al Pumarejo
Cristalizando la yedra
La expresión de la medida
Obra de arte perfecta
de elegancia y de finura
Se muda en fragua flamenca
Cuando se para su paso
Y le cantan más saetas
Pasodoble a sus andares
Tornando en arrabalera
y sigue después caminando
Con pizca de sal y pimienta.

Mientras, tiembla Relator
Cual surtidor de poemas
Porque una vez al año
La belleza pasa cerca
Y en la esquinita de Parras
Entre suspiros se aleja
El ángel que le llegó
Por la calle Macarena
Mensajero de esperanza
Cicerone en la inocencia
Para advertirle que el Cristo
De Buena Muerte y Sentencia
Resucitará tras tres días
Después de la gran tormenta.

Y se acerca a aquella esquina
Adonde el tiempo se frena
Entre mecidas las marchas
En una revirá eterna
Acogiéndola el amor
del sol de la calle Feria
Calares de cromatismo
En una paleta excelsa
mientras avanza la calle
Entre compases, cadencias,
Ya se van arrodillando
Los Hércules de la Alameda
Luego sigue caminando
Mas los árboles la besan
Se encamina por Trajano
Y se le encienden las velas
Llega a la Plaza del Duque
Donde Farfán compusiera
Para gloria de la Virgen
La marcha en la servilleta
Con la inspiración la música
Se repite para Ella
Para la Virgen más guapa
A La más Sublime Estrella
Y luego campanilleros
Armonía sortijera
Y se empina la Campana
Porque una vez al año
Renace la primavera
En dos se partió la tarde
En dos la partió la Hiniesta
Atraviesa melodías
Entre las marchas más bellas
Y luego avanza por Sierpes
Dejándole el sol la huella
Al declinar con su sombra
En su carita morena.

Al arribar por la Plaza
Tiembla la acera derecha
Portal de la Casa Grande
Porque se acerca la Dueña
La tarde se pone roja
En el Ayuntamiento Ella
Sevilla ya está en su centro
Llega el ocaso y la besa
Se arrodillan los maceros
Estremeciendo la tierra
Y al andar por la Avenida
Venus parece una estrella
Y sueña la catedral
El azogue de su esencia
Del atardecer cautivo
de altas naves de piedra
que las puertas del gran templo
chicas quedan ante Ella
como chica la Giralda
Ante tan alta belleza.

Desde allí a San Julián
Un recoger las promesas
Largo se hace el camino
Cansadas están las piernas
Mas las cuentas del rosario
Intactas vienen con Ella
la Cuesta del Bacalao
Sube sin par la belleza
Francos y Plaza del Pan
Un pentagrama de seda
Al llegar Puente y Pellón
De espaldas la Alfalfa sueña
Con el recordar la Niña
Con su voz pura flamenca
Se vuelve para cantarle
Imaginando a su vera
Invisible y de puntillas
Empinándose hacia Ella.

Encarnación, Amarguras
proa a San Pedro serena
Santa Ángela de la Cruz
que fue bautizada ante Ella
melancólicos sonidos
aviva, sueña, recuerda
sobrevenida otra esquina
El azahar la acoge, la besa
El olor de los naranjos
que florecen para Ella
el más puro escalofrío
enfila Bustos Tavera
Ya repican por San Marcos
Las campanas en su espera
y llegan los callejones,
Resucitada belleza
De balcones abrazados
Siete esquinitas lentas
Hasta volver a su casa
Tras muchas horas en vela
Porque salió tempranito
Y vuelve de noche plena.

Por fin te vuelven la cara
Y tus hermanos te rezan
Salve Flor de la Retama
Y desde el altar lo contempla
La Gloriosa emocionada
Salve por quienes no están
Y en la gloria nos contemplan

¡Como fracasan los cielos
Cada nueva primavera
Imitando la alegría
De ver venir a la Hiniesta!


Va por ti, Jose, hermano

sumhis

domingo, 1 de marzo de 2009

De profundis

A Migue, por las emociones compartidas bajo las trabajaderas


En la profundidad de lo oscuro llega algo de luz. Se ha parado el paso y tras los respiraderos se ve poco. Con respiración sudorosa y agotada se aspira olor del incienso y atisban llamas de ciriales y luces del último tramo. Suena el martillo y rachea el paso de costaleros por la oscuridad de Sales y Ferré en la noche del miércoles. Suena la música de capilla. Camina el Santísimo Cristo de Burgos.



Más negra está aún la plaza cuando llega Él. Allí nada se ve, salvo la piel de la víctima entre la luz de los cuatro hachones. Argüelles enmudece y, de tarde en tarde, es tan hondo el silencio que llega a interrumpirse levemente por compases de marchas fúnebres que provienen de las estrecheces de Alcaicería y aledaños. Todo en su justa medida, como la corta dimensión del cortejo hace que la Madre camine cerca del Hijo, que todos estemos más juntos, que seamos una familia, una hermandad a la vieja usanza como los grabados del XVII y XVIII, retrotrayendo la urbe al pasado hermoso de lo que fue, a la nostalgia de un ayer sepia.



Es entonces, cuando los costaleros rezamos bajo el paso, cuando viene a la mente la letra de aquel salmo atribuido al Rey David: "Desde lo más profundo grito hacia ti, Yahvéh” y al corazón aquellos versos de Dámaso Alonso que impresionaron en la juventud, y que parecen aprendidos para recitarlo en aquel momento dirigiéndoselo al que iba arriba:


“desde el pozo
de la miseria,
mi corazón se ha levantado hasta mi Dios,….

¡Déjame, déjame fermentar en tu amor,
deja que me pudra hasta la entraña,
que se me aniquilen hasta las últimas briznas
de mi ser,
para que un día sea mantillo de tus huertos!”.

La cruz se va haciendo más pequeña camino de la parroquia y se pierde en la opacidad del azabache. Suenan las llaves de San Pedro en el mismo momento en que llegan a la plaza los ciriales que preceden a Ella.

Ella está sola y cuando llega todo lo absorbe. Nada más podemos ver, en la noche que precede a la noche terrible. Sola, sola, sola. La noche más oscura con la luna más clara sobre el burdeos terciopelo. Ella va sola con su dolor. La Mujer de los ojos clavados en el cielo.

La saeta parece acompañada por unas notas de seguidilla acariciando las cuerdas de la guitarra del vecino Niño Ricardo. Sobre su cabeza la imagen de Santa Isabel con su hijo Juan jugando con Jesús queda tan lejos…

Sola, sola, sola…

Se halla en la profundidad del dolor, en los sótanos, por eso mira hacia arriba. Sin esperanza alguna, sin explicación a lo que le está pasando.

Busca con la mirada el cielo, pregunta y la angustia le hiere porque todavía no le ha llegado la respuesta. En los tejados de los edificios han dejado la solución. Mas Ella no la ve. En los zócalos de las alturas. Ángeles del pasado que nos animan, jilgueros que saben la verdad de la historia y, sobre todo, las campanas que repicarán dentro de cuatro días, como la del alto campanario de San Pedro donde, cuentan, habita un fantasma, un fantasma enamorado.

Ese espíritu romántico que quería cruzar su mirada con la de sus benditos ojos prendado de su belleza. Pero no había forma porque Ella los tenía amarrados a las alturas, perdidos en el limbo del sufrir. Para ello, subió al campanario y esperó el miércoles santo, pero a la salida de la cofradía se dio cuenta de que el techo de palio le impedía alcanzar tan hermosos ojos para perderse en ellos. Pensó en que a la vuelta, ya de madrugada, le sería más fácil cuando viniese de frente. Desde la máxima altura la ve venir al desembocar de Sales y Ferré en la lejanía y luego va bajando escalones, mientras se acerca el paso, para buscar sus pupilas bajo bambalinas. Tras mucho intento, sólo consigue su fin unos segundos, cuando al desembocar por la margen izquierda de la plaza llega y se acerca a la puerta antes de revirar para la entrada de espaldas al pueblo; en el interior, una nube negra y profunda reza con los antifaces puestos y escasa visibilidad. Él se asoma en el balconcillo más bajo de la torre y desde allí se cruza con sus ojos clavados y atormentados. Solo son segundos, pero allí permanece encerrado con tal de repetir la experiencia soñada cada miércoles santo.

Curiosamente, cuando esto ocurre toda la cofradía también está encerrada en el interior de la parroquia esperándola a Ella entre rezos patéticos, entre tinieblas, y con los cirios encendidos para dar calor al frío tenebroso del instante. Tras la entrada la acogemos con todo el amor del mundo, con todo el consuelo, con toda la esperanza de saber que su hijo resucitará, pero no hay forma humana de hacerle bajar la mirada. Se va quedando aún más sola, y marchamos a casa.

Mientras dormimos pensando en la grandeza del día que amanecerá mañana, Ella no puede dormir en el interior de San Pedro, en la nave del Evangelio, tras la candelería consumida. Ella siente el pánico del día que llegará con la luz. En la profundidad. No entiende nada. Tiene a su hijo junto a Ella, pero está muerto en la cruz, y ella lo vela, la soledad inunda su alma y busca inútil una respuesta con sus preciosos ojos colgados del cielo y sus oídos cerrados. La noche es larga en la vigilia, y cerca, muy cerca, a escasos metros, la torre es recorrida por un halo níveo, una taciturna sombra entre escalones que empaña de vaho los cristales, por un espectral vacío que suspira la espera de un año entero para intentar consolar a quien no puede escuchar, a quien no ve, a quien no vive en sí, para que recupere la vida, la ilusión, para anunciarle la sorpresa del amanecer del tercer día. Ese ánima encerrada en la torre permanecerá hasta el alba orando por Ella, entre el frío de cuarzo de las viejas piedras, en el silencio. Rezando por su amor imposible, por la Palma de su consuelo y su paz, por Ella, la Madre de Dios, la Mujer de los ojos clavados en el cielo.


sumhis

martes, 3 de febrero de 2009

Rosa del desierto

Donde no hay nada, sorprende la naturaleza, puede nacer una flor. En el vacío árido e inerte, sin agua que dé vida, sin sal de la tierra, sin verdor, liquen, sin fondo donde repostar la quietud necesaria que pretende al sol, casi sin amor. Sin cuidados de jardineros, sin mimo de protectores. Intemperie. Así puede nacer una flor en el mismo desierto. Así se quedaron perplejos los viajeros que la descubrieron. Dicen que una rosa. Mineralizada, pétrea, pero una rosa. Compuesta de formas lenticulares entrecruzadas, y brilla. La llamaron milagrosa, y los científicos sedimentaria. Elevada a mitología, cuenta la leyenda que la de los vientos la arrastró siguiendo la huella del destierro de Jesús en el desierto, acompañándole y ofreciéndole en cada alba las gotas de escarcha que había recogido toda la noche abriendo sus pétalos cristalizados sobre la boca sedienta del nazareno. El Señor la bendijo. Y es Flor Divina.


Así también, bastó con el aire limpio del valle del Betis, con luz de la ciudad de la gracia, con las raíces que ahondasen en la tierra para traer savia pura de tradición y con la fe de un pueblo. Sedimentos preciosos para una fotosíntesis mística, los que fecundaron el nacimiento de la Virgen de los Dolores.


En la zona más elevada de Sevilla, al otro lado del Tamarguillo había un cerro donde anidaban águilas. Eran terrenos del antiguo cortijo del Maestreescuela y sólo las emisoras de radio fueron a allí, tan lejos, para emitir desde cierta altura. A la compañía propietaria se le ocurrió encargar al arquitecto Juan Talavera el trazado divisor del futuro barrio, allá por los años veinte, para vender parcelas baratas a gente humilde que construyeran viviendas por su cuenta y riesgo, algunos con sus mismas manos –como aquel carpintero Francisco sobre el terreno que le regalaron a su hijo José en la calle Pablo Armero[1]-. Así nacieron hogares casi de la nada y junto a ellos una flor que también abrió sus pétalos para alimentar la fe de un barrio apartado y recién nacido.


En un estado lamentable, Ella fue consuelo desde el principio. Cerro de águilas, calles sin asfalto, foco de infecciones; para cuando la ciudad se acordó de aquella tierra –llevando el tranvía- ya ella se había acordado de la ciudad, brotando una rosa de la mejor esencia del corazón sevillano.


Primero como gloriosa luego como dolorosa, primero sin hermandad luego como cofradía, primero por septiembre luego por semana santa, primero por el barrio y luego hasta la catedral, primero sin coronar y ahora coronada. Tuvo que ser allí donde la recibiera. En su Cerro.


Así, cuando la vemos rumbo a la campana vibra el espíritu. Viene de un extremo del extremo de Sevilla y trae la gloria innata de la ciudad. De un barrio nuevo que ya es viejo. En el frontal la Virgen de la Cinta con un hijo peregrino, errante, descalzo a diferencia del de Huelva. Y en el remate de los varales aquellas águilas testigos de cómo nació una flor en el desierto para saciar la sed de un barrio con agua de rocío acumulada de fervor. Y también brilla. Se llama Dolores, elegida entre las más clásicas advocaciones. Como clásica se viste. Finura, gracia, elegancia, su manto es vanguardia de clasicismo. Depuración inerme de la geometría. Y Ella victoria sacrificada, heroica de la geografía.


Ella es la Flor Divina. Luz de nácar con piel de porcelana. Quién le iba a decir que iba a ser referente, rumbo al alma de la ciudad. Rosa Mística aclamada por la letanía que reverbera, alas para volar. Guía dolorosa de las oraciones invocadas en urbanas travesías. Capricho de la tarde y orgullo de su gente. Reina de los Dolores Coronada. Rosa de Alejandría. Faro del Mediodía del Martes Santo sevillano [2].


sumhis





[1] Homenaje a Francisco Castro García y José Castro Ferrer, mi padre y mi abuelo.
[2] Parafraseando la canción homónima de Manolo García.

sábado, 3 de enero de 2009

Presentes escondidos

A mis padres




Cuenta San Mateo que llegaron de muy lejos, y venían siguiendo una estrella. Eran magos procedentes de oriente, hombres sabios conocedores de los textos sagrados e intuían el inminente nacimiento del Mesías. Lo que les hizo relacionar esto con la extraña aparición de una itinerante estrella en el cielo que parecía indicar una ruta. Todo ello llegó a oídos de Herodes, rey de Israel, que vio en quien iba a nacer un rival, por lo que rogó a éstos averiguaran el lugar exacto con la intención de acabar con la vida del bebé. Un ángel previno a José y éste con su familia huyó a Egipto. Así mostró el recién nacido su Gran Poder, logró escapar de la tiranía de Herodes, no sin antes recibir en su humilde portal a estos magos que, al verle se postraron ante Él, le adoraron y le ofrecieron regalos. Es por eso que celebramos el día de la Epifanía como la demostración de su majestad omnipotente. No nos dice Mateo cuántos eran los magos, la tradición nos cuenta que tres.


Pero, este asombroso hecho nos debe hacer reflexionar que, igualmente, hay cosas que no encuentran explicación en el momento y luego descubrimos que obedecen a un motivo. Y que las cosas más maravillosas nacen de los sentimientos más nobles, de retorcidos renglones, de esperanzas frustradas, fracasos bienintencionados y eventuales desengaños. Y que, muchas veces, pasan desapercibidas. Son tesoros escondidos.


Así, pocos saben que existió un cuarto Rey mago, se llamaba Artabán
[1], y al igual que los anteriores siguió el mismo astro del cielo para adorar a Jesús, no sin antes cargar en su equipaje sus más preciados presentes. Pero este caminar que a los otros les duró semanas a él le supuso media vida. Por mor del destino fue donando sus regalos ante necesitados que se encontraba en su travesía. Luego murió agotado su caballo sobre arenas del desierto, debiendo seguir a pie su caminar. Más tarde, en un hermoso gesto, sobornó a soldados de Herodes con el resto de regalos que cargaba para salvar vidas de esos bebés vilmente perseguidos por el rey judío; mas al ser advertido cayó preso durante más de treinta años. Mucho tiempo después, logró recuperar la libertad gracias al perdón de Poncio Pilatos. Y quiso el Señor que la peregrinación de su vida llegara a fin, inesperado, sorprendente, mágico, pero hermoso. Fuera de la cárcel, se encontró callejeando con una muchedumbre que asistía a la ejecución de un predicador. Sus pesados andares de viejo le llevaron cerca de aquél niño de Belén que pretendía adorar treinta y tres años atrás. Es decir, se encontró con el Señor del Gran Poder y su zancada valiente. Con la cruz de la redención cargada sobre su hombro izquierdo y camino del Monte Calvario. Él lo ignoraba, sin embargo, aquél sí que lo conocía y apreciaba, no olvidándose de sus acciones. Al verle le dijo “Tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, estuve desnudo y me vestiste, estuve enfermo y me curaste, me hicieron prisionero y me liberaste”.


Aturdido respondió “¿Cuándo hice yo lo que decís”?, y Jesús, mostrando nuevamente su suma dignidad le contestó:


“Cuanto hiciste por mis hermanos, lo has hecho por mí”. Así murió Artabán o mejor, inició su último viaje hacia las auténticas estrellas que adornan la eternidad, de la mano del Mesías verdadero.


Esa magia desapercibida, también late en nuestros días sin que nuestros ojos sepan despejar nuestra conciencia. No hay cuatro reyes magos. Hay tantos reyes magos verdaderos y olvidados…


Yo conozco a uno de ellos, pero no supe de su travesía del desierto hasta hace poco:


Transcurría una mañana de enero del año cincuenta y tantos cuando un padre de tres hijos y su mujer que vivían de alquiler en un piso cercano a la calle Sol de Sevilla escucharon el timbre de la puerta. Los niños jugaban con los regalos que le habían dejado los Reyes dos días antes, y el padre se acercó a ver por la mirilla. De pronto, torció el gesto y se puso extrañamente nervioso, se volvió a sus críos y les mandó esconder los juguetes. Una Señora preguntó por el alquiler y él que, atravesaba una difícil situación laboral, consiguió una moratoria hablándole con el corazón, mirándola a los ojos y prometiéndole el pago en días venideros en los que debía cobrar un trabajo realizado. Se cerró la puerta, la madre suspiró. Los niños volvieron a jugar…


Dos días antes, tras mucho dudar, él había cogido el sobre de los ahorros guardado con cuidado en un cajón y se lanzó a la calle; gracias a ese gesto, la noche de reyes unos magos entraron por la chimenea y dejaron tres humildes juguetes pero los más valiosos del mundo en el corazón de aquellos niños que se hicieron mayores y nunca lo olvidarían. Nunca olvidarían el verdadero regalo de aquella epifanía –sentirse queridos-, el gesto de aquel padre en aquel día, así como en el resto de su vida. Lejos del materialismo y el consumismo imperante les enseñó que es más bello dar que recibir, compartir que poseer y que es en ello en lo que el hombre halla su plenitud. En el amor, que no es otra cosa, que el verdadero Gran Poder de Dios.


Ahora, recién nacido el año, una vez que culminó la corona de adviento, podemos ir a la Basílica y podemos ver a ese niño pobre del pesebre, a ese ajusticiado que se encontraría con el cuarto Rey Mago camino del Gólgota y le dejase claro –una vez más- el verdadero mensaje con el que muestra su majestad, su poder y su grandeza. El Divino Nazareno de San Lorenzo está conmemorando sus días grandes, se le dedica su quinario y el día 6 la función. Pues, si nos fijamos, veremos que es el mismo desgraciado que fue perseguido desde su nacimiento y cuyos padres no tenían que regalarle, pero quiso el destino que se postrasen ante Él los Reyes, porque postrarse ante Él es adorar el amor. Si buscamos sus ojos por encima de las velas y los claveles que en estos días hacen de pirámide celestial hacia la cúspide de su altar, veremos el poder del amor sin límites. La piel desgastada por el dolor, mas la misma inocencia limpia que brota de sus pupilas serenas. Él nos dice que pasarán los bienes materiales, pero nunca pasarán las obras del corazón. Y en su mirada sólo un necio puede olvidar que él renunció a los lujos; y en sus ojos nadie puede obviar la advertencia: ningún regalo vale más que una sonrisa, ningún juguete vale más que el tiempo que un padre le dedica a su hijo, y ninguna lección le hará mejor que el saber compartir lo que tenga con los que no tienen. Y entre ellos tantos niños que el día seis amanecen sin regalo, y lo que es peor sin lo más necesario de sus vidas: el Amor.


Así nos espera el Señor en estos días, ese mismo niño de Belén, que está indicando el camino, y está diciendo a esos padres – Artabanes olvidados- que de ellos es el reino de los cielos.
sumhis



[1] Artabán es un personaje ficticio protagonista del cuento navideño The Other Wise Man (El otro rey mago), escrito en 1896 por Henry van Dyke, parece ser que basándose en una tradición de origen ruso o armenio.

sábado, 20 de diciembre de 2008

Un garabato de esperanza

Para Ló



Quizás fue porque quiso nacer a las doce de la noche del primer domingo de cuaresma cuando presentía que su Virgen estaba en Besamanos, quizás fue porque su madre fue a rezarle a Aquella la misma tarde que recibió un susto terrible en el embarazo y lo presentó a Ella con lágrimas de alegría cuando pasó la cuarentena, quizás porque nació con sus grandes ojos abiertos y llorando por no llegar a tiempo de ir a San Julián a besarle las manos, quizás porque de allí le trajeron horas antes su medalla para colgarla en la cuna, porque su padre le tarareaba marchas tras la pared de la barriga de mamá o porque ella se las hizo escuchar durante los nueve meses mimando la tradición más bella heredada de la sangre de Papá. El caso es que cuando se encontró cara a cara con la Esperanza parecía que sus ojos brillaban como un día grande en su cortita vida de apenas veintidós meses.



Se deslizaron las alfombras rojas de la gloria desde el camarín al presbiterio, de lo divino a lo terreno. Y la silla quedó vacía: Había que ir a visitarla. La tarde estaba gélida junto al Arco, pero la madre -una vez más- se empeñó en que el niño no podía faltar a la cita ineludible. Aguantó la larga cola abrigado al máximo en su carrito y ellos le calentaban las manos de vez en cuando. Humo de castañas asadas, alhucema, navidad próxima y los ojitos bien abiertos. Curiosamente una paloma se coló en la basílica y cada vez que la intentaban sacar luchaba por volver adentro, aunque pasase inadvertida para el gentío, que sólo tenía ojos, alma y pulso de puntillas para Ella. En el atrio, lotería y ojos llorosos de quienes salían tras besarla. Y él tranquilo y expectante. En el interior, emoción contenida y un nudo en la garganta cuando nos íbamos acercando. Minutos de Gloria. Espacio de gracia. Brillo en las miradas y ganas de volver. Nadie quiere retirarse y han de achucharnos para salir. En la mesa el padre cogió una estampita y se la dio a la madre. En ella aparecía la Virgen, su cara y una de sus manos. Ella se la dio al niño y éste, al verla, se quitó solito el chupe y besó la mano sobre la foto.

Él no sabe nada de aquel Hospital de las Cinco Llagas, ni del viejo reloj olvidado, ni de aquella ventanita de la calle Feria, ni conoce los versos de Rodríguez Buzón, aún no ha oído hablar del tesoro juanmanuelino, ni del tintinábulo, ni del manto camaronero, tumulto de cirios verdes y ciriales inclinados, terciopelo y capas de merino, ni del mar de plumas blancas que inunda la campana o la Plaza de San Lorenzo horas antes. Él aún no se ha estremecido con el trío de
“Pasa la Macarena”, ni ha vibrado con el inicio de la marcha de Pedro Morales. Él nunca ha visto fantasmas negros, vestidos como su padre en la Madrugá, atravesando el atrio para pedir la venia. Ignora lo que se siente al verla venir con la cera consumida melancólicamente por la mañana. No le contaron nada del cabello donado por Juanita Reina, ni sabe quien murió en Talavera, ni quien le regaló las esmeraldas, ni ha escuchado la voz rota de la Marta cantarle en la calle Parras. Desconoce los versos pintados en la fachada de aquella calle riñéndole por tardar siete días en volver de su coronación gloriosa. Aún no sintió escalofrío de vida encontrándosela un miércoles de pasión de cuerpo entero, cuando aún no tiene cera delante. No ha visto llorar a los que la esperan horas para disfrutarla sólo instantes. Pero ya conoce la Esperanza.



Por eso sabe de asombro y de expectación, por eso sabe besarle sus manos. Y por eso cuando su padre al día siguiente jugando con él estuvo dibujando, y se le ocurrió pintar una Virgen vestida de reina y con manto verde, quedó perplejo al escuchar de sus labios que encima de Ella debía pintar la paloma –“un pio pio”- que el día antes se había colado en la basílica y había pasado inadvertida para la mayoría del público que la abarrotaba. Son sus inocentes ojos los que nos subrayan la grandeza de las pequeñas cosas, que son las más grandes. La materia prima de la ilusión. Y, por eso, aquella paloma quedará grabada en las páginas doradas de la memoria que nunca se borra. Gracias a un garabato soñado por un niño. Un garabato de esperanza. Dicen que Dios utiliza la lengua de los ignorantes para enseñar a los sabios. Dicen que el Espíritu Santo es simbolizado como una paloma. Y dicen que los dieciocho de diciembre celebramos la expectación de María por albergar en su seno al hijo de ese Espíritu Santo. ¿Qué lección será entonces la de Dios a través del balbuceo de un niño o de un garabato torpe?
Que sean sus ojos grandes y abiertos los que escriban la respuesta, esos que vieron la luz una madrugada de besamanos de cuaresma y vieron la esperanza una tarde de besamanos de navidad. Una tarde campanillera color de Neptuno. Un dieciocho de diciembre.
sumhis

martes, 16 de diciembre de 2008

Un recuerdo

Tengo en mi mente un recuerdo. Un recuerdo grabado como áncora de luz en abismo, un verde tesoro, una esmeralda pura sin tratar en el océano de la memoria de las vivencias cofrades. Eco de hondos yunques, de allí donde se fragua el sentimentalismo. Fue en 1995, cuando la Macarena salió en procesión extraordinaria para conmemorar el IV Centenario de la Hermandad.

Amanecer, murallas, poca gente, olor a nardos, revirá del palio y “Macarena” de Cebrián.


Telegráficamente viene a ser eso. Pero ese fragmento en código morse de emoción encierra tanto que necesitaría un mundo para explicarlo.

El día iba supliendo la noche con caras de cansancio en los que tanto la habíamos acompañado, y con él el relente. Se acercaba por una calle de las que vienen del Pumarejo, y sabía que ya me despediría allí de Ella, por lo que no quería olvidarme de nadie, no quería que me quedase nada sin decirle. Pero sin dejar de vivirlo. Como un eslabón de homenaje en el curso de mi macarenismo íntimo, que en mí vive siempre. Al llegar al final de la calle, frente por frente a la muralla, la Esperanza comenzó a revirar lentamente la esquina y la banda atacó esa marcha. Esa marcha que comienza sonando a melancólica noche cuaresmal de la infancia escuchando por la radio un programa de Semana Santa soñando con el olor del incienso y montajes de pasos, suena luego a calle Feria de ida, con la ilusión intacta y arropada la Virgen por la riada humana de su gente, que no la dejan Sola camino de la Campana, por ser muy joven para ir así de madrugada, y finaliza invocando una mañana de Viernes Santo esperándola entre aroma de calentitos, con los pies cansados, los ojos chispeantes y el cordón morado todavía sobre el cuello. Esperando obligatoriamente el rostro ojeroso de la Reina de la ciudad entre velas rizadas.

Me pregunté si lo estaría escuchando aquella que habita en la otra esquina de la muralla, si con la música se habría despertado en la madrugada azul de San Julián. El aroma de los nardos del paso a esa hora era una nube que impregnaba el lubricán hasta enturbiar el corazón; y entre todo lo visible, entre todo lo vivible esa cara de diecinueve años. Que como casi siempre me viene a recordar curiosamente a mi madre, madrileña, macarena. La miraba. La miraba y vi a Dios en Ella.

Este recuerdo aparece muchas veces en mis sueños. Se repite. A veces como una obsesión. Me viene en la noche y cuando no viene lo busco aún inconsciente. Lo busco como asidero del alma, como ancla de fe. Porque sé que es Ella. Porque sé que... cuando quieran medir la gracia preguntarán por ti, cuando quieran describir la belleza preguntarán por ti, cuando quieran vivir la esperanza preguntarán por ti…

De todos los momentos cofrades de mi vida guardados como reservas en la bodega de mi alma, no hay ninguno que me transmita más fe en el porvenir, más sosiego, más calma, no hay ninguno que brille con más esperanza que aquel amanecer de otoño, aquel alba de nardos y muralla, vivido hace años junto a la dulce niña de San Gil.
sumhis