domingo, 18 de abril de 2010

Allí donde empieza y acaba el año

Como el mar. Al cabo de todo lo vivido, en la contraportada de las emociones, queda un paisaje, el espíritu fotoimpreso como una visión objetiva del mar. Y lírica. Sólo mar. La mente en blanco y el alma color de mar. Aroma de sal, lágrimas secas. Estelas doradas de Klimt, puntillista melancolía, resaca dulce de una mañana leyendo a Carpentier o Salgari, imaginando… o despertar de mayo en la cama de alguna playa con brisa que no levanta arena, a desnudo resguardo. Escuchando las olas tendido y entreabriendo los párpados al sol para ver tantos reflejos sobre el tapiz marino.
Así se muestra el ánima vencida por la gloria que ya es recuerdo. Una vez más todo vuelve a ser recuerdo y se muestran en locura de cuadros superpuestos, que de lejos simulan un lienzo de mar acorde, donde los azules son destellos y las olas estelas. Vivencias volviéndose melancolía. Las que más brillan son las últimas, pero junto a ellas encontramos aquellas imborrables que nacieron otras semanas santas de una misma vida. De un mismo cuadro. Pronto se irán apagando unas, otras atenuarán su resplandor y otras permanecerán intactas para siempre. En un todo inacabado, de presente y pasado vivo, de futuro cierto… Una obra inconclusa de mil matices en la que hay que acercarse mucho para notar las pinceladas, tanto que supone adorarlas, glorificar los detalles.
Y sobre todos ellos uno. Era muy tarde ya, y volvías a casa… Te recordaba hermosa, pero no tanto… Te soñaba tan bonita que, ingenuo de mí, olvidé la infinita realidad de tu belleza. Venías por calle Lira y ni en las oníricas esquinas de mis noches te contemplé más guapa. Absorto. Cera derretida, claveles abiertos, una mecida dulce… Nada. Sólo tu cara. No hallo manera de describirte. Quise grabarte en mi memoria y creí no poder. Ingenuo, ahora que todo acabó te veo sólo a ti, y a ti sola te distingo desde lejos sobre el mar. Así me di cuenta de que era ese el punto cero de un nuevo año, es allí donde acaba la ilusión y empieza. Quién sería capaz de pintarte. No bastaría la perfección de Miguel Ángel para lograr la luz mágica de tu mirada, no sería suficiente una mirada misteriosa de Vermeer, pues faltaría esa luz, ni la luz del pincel de Velázquez porque echaríamos dulzura en falta, ni acaso Botticelli ya que adoleceríamos de color, tampoco valdríanos el cromatismo de Derain, pues faltaría azul, ni el azul de Picasso o de Matisse; careceríamos, entonces, de gracia, ni con la gracia de Rafael o de Murillo bastaría… Faltaría siempre pasión, vida, alma, trascendencia… Quién pudiera pintarte. Quién pudiera pintar la cara de la Virgen de la Hiniesta cuando por los callejones vuelve a casa. Volvía llorando, como dijo aquel nazarenito de solo tres años, porque su Hijo está dormido y no despierta… Pero sí, sí despertará, como ahí, justo ahí, despierta el año…
Llegas, te acogemos. Te rezamos. Recordamos a los que fueron. Permaneces entre nosotros y, poco a poco, te vamos dejando sola. En la intimidad azul y plata. Amaneces. Al margen del bullicio, que se trasladará a otras calles. Y nos iremos olvidando de esa tarde primera en que la nueva estación llegó a los corazones empapados de ansia y espera. Te volvemos a ver en los oficios. Las horas graves. Con la candelería encendida nuevamente. Y llega la Pascua, desconcertante nostalgia y gloria. Y sigue siendo primavera cuando vuelves a tu altar de todo el año, para que nos arrodillemos ante ti. Y luego el Corpus, donde de reojos despides y recibes a la Gloriosa. El verano, tardes de calor y soledad, en la que visitarte es bendición íntima y blanca, escape de trastornos, hastíos, ausencias. Otoño nuevo, gestación de primavera. Y te vistes de negro para recordar a aquellos que te ven de cerca y hablan contigo. A ellos a quienes hablamos cada vez que estamos a solas. Más tarde, de celeste, Inmaculada y adviento; pasamos a felicitarte un día de navidad por el fruto bendito de tu vientre, y pronto te veremos de cuaresma anticipada vestida de hebrea o junto a tu Hijo en el altar de Quinario, esperando a que bajes para besarte la mano de reina. Septenario, emoción de vísperas contando las horas para verte sobre tu paso. Y poco después, ascendemos a la cima, descendemos a la desembocadura, al verte ante el presbiterio en la puesta de flores, adornada e impaciente por asomarte a la puerta. Mañana de Ramos, tarde de fiesta, luz en la calle, sublime Estrella, azahar al centro, primavera, Campana, Casa Grande, atardecer malva, azul hiniesta, y a los pies de la Giralda, de vuelta, camino de San Julián, aurora nueva.

Y así vas llegando, Torre de David, quién lo diría, tan nuestra… Por calle Lira. A casa. Puerta del Cielo. A ese momento, estela de plata del libro de la ilusión y la gracia… de la divina gracia. A ese instante en que el resto de las horas envidian el cobijo de la misma luna. A ese donde no sé si los sueños son o no sólo sueños. A ese eterno momento, Causa de Nuestra Alegría, donde yo no sé si acaba o empieza el año.

sumhis

viernes, 12 de marzo de 2010

Eterno es volver

Recuerdo los azulejos que, a modo de arriate, ceñían las raíces de los altos árboles que luego crecían –crecen- para que sus ramas tejaran la plaza cuales bóvedas de templo. Un viejo pavimento distinto, pasillo de la ilusión. Faltaba el monumento del escultor cordobés y nunca la nostalgia romántica que fluye desde el veintiocho de Conde de Barajas, ni el olor a rojos claveles del trasiego de los viernes que siempre arribaba a la misma esquina. El vértice cerrado de la Plaza, el divino rincón a los pies del Señor. Llegábamos a ella con impaciencia de verle pisar sus divinas andas, tregua en el Martes Santo para soñar con madrugadas. Y, cómo no, recuerdo a mis padres en un velador esperándonos.
Nos encontrábamos con viejos amigos, media familia… y de lejos, ver llegar a mi hermano con la mochila en la mano, y dentro de ella el costal, la faja, las zapatillas de esparto. Hacía poco que el barco de San Lorenzo había perfumado de incienso la plaza y la del Dulcísimo Nombre debía ir por la carrera oficial. Comenzaban a igualar y, dentro de la casa de hermandad, jugábamos con los palermos y las canastillas de diputado, quién sería el mejor en golpearlas secamente para indicar al ficticio tramo la orden de subir o bajar los cirios. Afuera, tertulias de antiguos costaleros, recuerdos de estaciones pasadas, vivencias de los tres días de semana que ya llevábamos, intercambio de momentos, sensaciones, anhelos… Por fin, los costaleros se metían bajo el paso, los demás nos sentábamos por la basílica y se escuchaba el martillo de Ariza y su voz, haciéndose el silencio en la nave circular. Luego, el paso se acercaba a la rampa que bajaba del altar para esperar a quien todo lo puede. Escalofrío, cuando empezaba a moverse. Se inclinaba cautivo con sus dos manos atadas y el izquierdo por delante. Cuando, por fin, estaba en su paso, el Hermano Mayor comenzaba una oración que los demás continuábamos. Una extraña mezcla de calma e impaciencia nos recorría el espíritu cuando ya veíamos al Lirio morao sobre la nave en la que atravesaría el océano de la madrugada del alma. Paz.
Tras rezarle a la Virgen durante el retranqueo de su paso, todo concluía con los dos en paralelo. Y en paralelo iba la inquietud y el sosiego por los entresijos de los sentimientos. Una última mirada al Varón de Dolores, al Cautivo de la inacabable mansedumbre… y salíamos a tomar algo esperando el regreso de la Gracia de Sevilla bajo palio. Culminaba lo que para nosotros era una hermosa vivencia, no por repetida menos emocionante, una cita tradicional, un momento efímero y eterno, en la creencia de que siempre sería así, en la no advertencia de lo que todo cambia. Nada más lejos de la realidad. Nada vuelve del mismo modo. Así de huidiza es la felicidad, y lo ignoramos al tenerla, lo olvidamos al vivirla. Cuán difícil saborearla en la ingenua prisa de la juventud.
Más tarde, altas horas en San Lorenzo, venía perfumando precisamente la esquina de Jesús del Gran Poder la Virgen del Dulce Nombre. Las bellas paradojas del tesoro sentimental de nuestra Semana Santa. El vaho de cera encendida rasgado por el brillo de la negrura de sus pestañas, el aroma fresco de rosas claveles recamando el resplandor rosáceo de su saya, la belleza sólo al nombrarla, sólo con recordarla. Y las notas de la marcha de Luis Lerate acariciando los balcones de Conde de Barajas, Salve Regina. La romántica melodía que, allá por 1955, inspirara Ella y que sólo podía llamarse como Ella. Mater Misericordiae. Vita Dulcedo. Dulzura en la nostalgia, en el dolor del recuerdo… de los que no están ya.
Ya hace años que está Antonio en el cielo, después otros, ahora mi padre, de los que están no todos pueden ir, y los que pueden pocos están… ¿Quienes de los de entonces? Por eso, al escuchar esa marcha no sé si la dulzura se vuelve amarga, o si la amargura –de la ausencia- se hace dulce, se hace bella.
Y se hace eterna. Sí, se hace eterna. Eterna porque recreada por la primavera transciende la penumbra que hace puente azul hacia la gloria, como crisol errante de la luna. Porque brotando, nuevamente, ahorca el dolor y la tristeza cuando ya no necesitamos de palabras. Y es eternidad, porque Ella seguirá volviendo por la vera del Señor a ese único destino que es orilla de la melancolía y, aunque no estemos, nuevas vidas se asombrarán de igual manera, que entonces nosotros, con los momentos sagrados de nuestro misterio.
Volveré a buscarte a ti, Rosa del barrio de San Lorenzo, en el regreso. Volveré a soñar con la luna traspasada de Martes Santo en la alta noche, y lo haré soñando con los que faltan. No hay rosa sin espinas. Salve… ad te clamamus, ad te suspiramus. Nada es más alivio que tu Dulcísimo Nombre. Las gaviotas siempre vuelven a la costa.


sumhis

viernes, 5 de febrero de 2010

La llegada del aire tibio

“Esta primavera de ojos ingenuos va a nacer para ti, Olga”


Antes de que regrese por los callejones en la madrugada del Lunes santo, escoltada por velas derretidas y perfumadas de abril como la que llegó a tus manos la tarda y triste primavera del año pasado. De recordar las caminatas de tu juventud junto al que entonces era tu novio. Ese dolor de pies y esa llegada feliz a casa para iniciar la semana… horas después en el Tiro de Línea, todo por delante como la misma vida. Primavera plena, ilusión joven. Antes de que la veas venir bajo el celeste de la tarde brillante del Domingo de Ramos y tu mente confunda la memoria con la realidad preciosa y vital de tus dos hijos vestidos de azul y blanco para acompañarla. Antes, incluso, de llevar las túnicas a la tintorería y de preparar las ropas de estreno de los días grandes. Antes de que escuchemos por la radio las palabras de anuncio del pregonero, mientras nos preparemos para visitar iglesias. Antes de que el calendario nos diga que hemos acabado el invierno para entrar en la estación de las paradojas, de semillas arcanas que dan frutos de ímpetu, de misterios de vida y vida sin misterios, de la vida en esencia. Antes de que florezcan los naranjos. Antes, antes, antes… un día notarás que el aire es distinto.

Sorprende siempre aunque tanto, de veras, lo esperemos. Es tanta su carga sentimental, que a pesar de todo sorprende… más aún –lo sabes- este año; nos rasgará el espíritu como la llaga del costado de un crucificado y brotarán las lágrimas esclavas de la emoción. Será, entonces, cuando sentirás que teniendo tanta pena tienes mucho que agradecer, que disfrutar… Lo sentirás, no lo pensarás, esas cosan no admiten reflexiones ni filosofías: se sienten. Será una bocanada al salir de casa o al abrir la ventana, vendrán olores imposibles de describir, aromas que realmente no sabemos de dónde proceden aunque nos son dulcemente familiares, sensaciones que únicamente evocan primaveras… será templado, tibio, suave. Y con él un vuelco del corazón al que parecerá crecerle alas… un ansia irrefrenable de vivir, que escapa de discursos o explicaciones. Ese día pondrás fin al túnel opaco en el que meses atrás la carretera tortuosa de la vida te llevó; nos llevaron las ausencias, la impotencia, la tristeza. Sin poder desviarnos por una vía secundaria, sin poder frenar, sin poder tirarnos a la cuneta…

Te dolerá incluso, renegando de tu propio derecho a ser feliz, pero fuerzas más grandes que nuestras voluntades nos harán otear, cual elanio azul en la lejanía, esa utopía que llaman felicidad y que nos mueve. Y sí habrá una palabra –esperanza- que, perdida, abrigarás en la caja secreta de la custodia del alma que nunca duerme, como algo bien hallado que nunca volverás a perder.

Será, casi seguro, en este segundo mes del calendario. Aproximadamente -días antes, días después- cuando Ella baje a recibirnos. Y una mañana de domingo con sus manos expuestas para que las besemos y con su mirada cabizbaja y melancólica te esperará en el presbiterio… Allí, donde el lapislázuli brille. Llegaremos a Ella con la mente en anhelos de azul ceniza, cubierta en la limpia espesura por un humo sagrado como el de una ceremonia y onírico como el de las salas de cine, y nos vendrán tantos recuerdos que desbordará el vaso de los sentimientos eternos… Entonces, bastará que la mires a los ojos para que Ella te vea, y así, levemente, en silencio, sin que nadie lo perciba, como las realidades más bellas, os digáis la una a la otra lo que las dos sabéis. Y coincidiréis. Sin vértigo. No necesitarás oído, no necesitarás palabras, no necesitarás nada. Bastará con la mirada para decirle “te quiero”.
sumhis

martes, 2 de febrero de 2010

Luz de San Julián

Le das vida al caserío;
ojiva de San Julián,
cuando el calor del gentío
con estreno de atavío
se ilumina con tu cal.

Un sol intenso de Ramos
besa toda la fachada,
y de blanco inmaculado
y reflejos azulados
la tarde se desparrama.

Se mezclan en la retina
de niños, sobre los hombros,
los brillos de plata fina
y la tiniebla en esquinas
ante su perplejo asombro.

Un palio buscando encuentro;
sintiendo la luz se sale,
desde el frescor de su templo
a tierra nos para el tiempo...
¡Ya está La Hiniesta en la calle!


Diego Romero Pérez

lunes, 25 de enero de 2010

Esquina de la Alameda

“Dichosos vosotros por lo que ven vuestros ojos
y por lo que oyen vuestros oídos”.
Mateo 13-16


Estará allí. No faltará a la cita. Florecerá La Alameda con la luz de siempre, siempre nueva, y él estará allí aunque no le veamos. Se irá acercando la cofradía por las calles de la gloria, Relator, Feria, Correduría, como se irá acercando la primavera que va a nacer para encontrarnos a nosotros mismos. Cuando se tache el calendario de la cuenta atrás. Como aquel que él le hizo a su hijo alimentando la ilusión de la vez primera. Hace ya veinticinco años. Dijo Heráclito que nunca nos bañaríamos dos veces en el mismo río, así tampoco atravesaremos dos veces la misma Alameda. Ni siquiera nosotros somos los mismos, nuestras vidas pasarán como el recorrido de cera y pétalos, y habrá nuevos nazarenos, nuevas vidas, nuevos sueños y nos faltarán con quienes de niño las compartimos. Pero él no faltará donde siempre nos esperaba para estar con su hijo y con sus nietos, con las imágenes que se quedaron abandonadas en el hospital cuando partió al cielo, para que brille la luz del Domingo de Ramos con la intimidad de nunca y la verdad de siempre. Porque como dijo el poeta: la vida es una semana.


La Virgen vendrá llorando de lejos cuando ya estemos llegando, y será sueño y anticipo su mirada de miel… su presagio de cielo. Él nos estará esperando con el mismo amor que nos dio durante toda su vida. Y la cruz de caoba será campana que anuncie que estamos. Áurea espiga que al corazón amansa. Para que brillen hasta las nubes más opacas sobre el cielo que intenta imitar nuestro color. Cauce azul sobre las aristas más bravas de la memoria. Habrá que decirle a su nieto más pequeñito que esa estrellita que todas las noches brilla, y cuida de él, habrá salido a plena tarde…


Y cuando aparezca la silueta inerte del moreno Crucificado temblará el gozo de la ilusión intacta, y casi imperceptible, pero audible para el corazón, sonará una voz cantando una saeta en cuanto callen los tambores. Una saeta para nosotros, una saeta para su Buena Muerte. Una saeta de aquellas que, de joven, él cantaba, magia y pureza, alba fuente. Se moverá en su estatua Manolo Caracol para buscar el metal del que nace esa esencia, esa voz de madrugada, el flamenco invencible que de ella emana, asombrado de su verdad, de su duende… Y yo sabré que es él quien canta. Qué ojalá fuese un villancico –“alegría, alegría en Belén…”-, pero no: es tiempo de dolor y de muerte. Un dolor con esperanza, una muerte llena de fe. Crecer es despedirse, mas despedirse es volver. Mientras, los ángeles de naranjo de la canastilla dejarán escapar el olé de sus sentires como un eco suspendido en la desnudez de la tarde.


Luego, relucirán las maderas de las cruces de penitente como azabache cuajado de lágrimas. Y después, ya, arderán distintos los cirios, mirarán de puntillas los ojos esperándola, recordará la mente su simpar encanto, sentirá escalofrío la hora calma, lucirá el aire su perfil más noble, rememorando, imaginándola, presintiéndola, soñarán las golondrinas, vibrarán las entrañas de la ciudad milenaria, anhelará la luz la visibilidad del momento, emocionarán los compases que la anuncian, estremecerá la tierra y llorará el espíritu cuando llegue Ella.


Lloraremos al perfil de la Estrella Sublime. Con su belleza. Con su cara morena. Con la alegría de las bambalinas meciéndose en el aire mientras se arrodillan los maceros. Sin vivir en nos. No sabremos si él ha bajado del cielo o es que estamos en él por ir con quien vamos y saber quién allí nos acompaña. Con el cariño de siempre. Porque allí, en la esquinita de la Alameda, donde siempre la esperaba, viendo pasar a la Flor de la Retama y su divino Hijo muerto, aunque no le veamos, estará mi padre.

sumhis
Publicado en Boletín nº 75 de la Hermandad de la Hiniesta-Enero 2010

martes, 29 de diciembre de 2009

A un Rey Mago que está en el cielo

A los pies de la cama comenzaba un delicado caminito de caramelos. El niño se levantó, miró al suelo y con ojos encendidos trató de averiguar hacia donde se dirigía aquel sendero sembrado por la magia. Descalzo, no se puso zapatillas. La impaciencia era un ingrediente más de la noche de la ilusión. Porque aún era de noche. Faltaba un buen rato para el amanecer. Fue encendiendo luces en la oscuridad del hogar. Todos dormían. Y tropezó con una puerta. Era el cuarto de estudio, para sus hermanos, para él –aún era pequeño- el de los “deberes”. Con suavidad palpitante, mitad emoción, mitad nerviosera, se atrevió a abrir. La lámpara estaba apagada, pero había luz. Una extraña luz cobalto que se reflejaba sobre una pantalla abierta extendida de espalda a la entrada de la estancia. Se adivinaba una imagen proyectada sobre la misma. La esquivó y se deslumbró al ver, de frente, un proyector que producía un extraño ruido –para él- que le transportaba al claroscuro de las salas de cine. El mismo aparato emitía un haz de luz, cuyo ángulo se iba aumentando progresivamente hasta llegar al blanco de sábana de aquella pantalla. Era un misterioso rayo de humo. Entonces giró la cabeza y el gran angular de la ilusión llegó a su máximo. El Señor, frente a frente. Aquella imagen que presidía todos los rincones de su ciudad, de su casa. El que descansaba en la Madrugá sobre el cuello de dos de sus hermanos mayores. Túnica persa, majestad y mansedumbre. Serpiente de espinas sobre la frente vencida. Aquél al que a su corta edad ya había besado el talón muchos viernes aupado por su madre. Jesús del Gran Poder.



Se sentó. Un escalofrío de metal recorrió su cuerpo. Un sueño de realidad ganaba el paso a la infancia en esa noche de fin de la navidad, de fin del misterio, de fin de la infancia. Había soñado tiempo atrás con contemplar esas diminutas fotos que su hermano le había regalado meses antes -y que llamaban diapositivas- en una pantalla grande como si tuviese el cine en su propia casa. Así, le habían contado, podían verse. Mientras tanto, se entretenía mirándolas con la luz del flexo por detrás de las mismas… Y ahora estaba sentado en una butaca de aquella sala de palco de la epifanía. Se recreó en la imagen y, luego, comenzó a pasarlas con la conmoción de un viaje infinito por la vía láctea de los sueños. Y así, le pilló el amanecer sin echar cuentas de los juguetes que le esperaban en el salón...


Entonces no sabía que, lejos de allí –o no tan lejos- aquel Señor, que le había recibido en el pórtico mismo de la felicidad, iba vestido aquel mismo día con esa misma túnica en el altar de quinario de su basílica, donde aguardaba la función principal. No sabía aún de desesperanzas, melancolías y desengaños, sólo de deseos, anhelos, ilusiones… Le quedaba mucho por conocer, e ignoraba que en ese recorrido irían apareciendo las primeras y evaporándose las segundas. Pero sí sabía que aquella emoción le marcaría el alma para siempre. Pasarían poco a poco los años. Después se iría acelerando la velocidad, y más tarde por la ventana del tren de la vida, los árboles parecerían que volaban sin dar tiempo para observar el paisaje. Pero en ese viaje no faltaría nunca la ávida inocencia de aquella misma pasión. Así, se aficionó a pedir tiras de diapositivas en cada ocasión de regalo que los tiempos le brindaban, cumpleaños, santos, buenas notas… para ir completando colecciones, así descubrió el montaje de la música para las imágenes, colocando cerca una grabadora con la cinta de marchas, saetas, fragmentos de programas de radio, pregones… Y cada vez, iba perfeccionando más cuanto más iba conociendo, descubriendo… Y por fin, cuando a los dieciocho tuvo su primera gran cámara fotográfica se convirtió en autor de esa pasión en la que había convertido el sueño de unir fotografía y Semana Santa. Autor de su propia visión, de su propia vivencia. Y ya le acompañaría siempre la misma difícil, emocionante aventura en un íntimo cajón de sus ideas. En los momentos felices, en las penas, en las cuatro estaciones del calendario. Aún recuerda aquel verano del noventa y seis cuando en plena depresión refugiaba su tristeza fotografiando detalles, impresiones, reflejos de su ciudad, calles con nombres de Cristos y Vírgenes, suspiros de los rincones que quedarían inmortalizados en nostalgia con aquellas fotos en sepia y el adagio de Albinoni de fondo…


Aquella madrugada de seis de enero ignoraba tanto… ni siquiera sabía lo difícil que era fotografiar a ese Señor de la pantalla… Hacerlo es subir, caer, mirar a la verdad cara a cara y sin pudor dejando alma propia en el empeño…


Hoy los años no han borrado el recuerdo, pero es ya inútil escribir a los tres reyes, porque el verdadero Mago de la infancia falta por vez primera en esta navidad. Siguió la estrella de oriente pasando el umbral de la gloria el siete de mayo de este año que agoniza. Allí le estaba esperando el de la túnica persa, el Rey de reyes cuyos cultos vamos a celebrar en cuanto comience el nuevo año. Aquél que todo lo puede.


Por ello, es a Él al que escribo mi carta con lápiz de verde esperanza, le pido que me ayude a parecerme a ese que me regaló la ilusión allanando el camino a base de amor, desde los pies de la cuna. Le pido al Señor que mi hijo, cuando los años pasen y el tren se pierda en la niebla espesa de las horas, pueda recordar a su padre, como yo al mío. Con la misma gratitud emocionada de aquel niño sentado en el palco de cine de la epifanía más bella de la memoria.


sumhis

sábado, 26 de diciembre de 2009

¿Quién te hizo?


Quizás pudo ser el alba,
que a escondidas sale a verte
y vuelve al cielo celeste
para que pose sus malvas
en tu Cara, como salvas,
anunciando tu llegada,
cuando ya en la encrucijada
de Cuna buscas la luz
que duda en salir si Tú
la eclipsas con tu mirada…

También pudo ser el sol,
que posa en la Resolana
su luz a media mañana
para llenar de esplendor
cuando llenas el crisol
de Parras siempre esperando,
a tu sonrisa y tu llanto,
que blanqueando las cales
va bendiciendo portales
que la historia fue guardando…

O a lo mejor fue la brisa,
que te recibe en el Arco
y hasta los Colegios Altos
por tu perfil se desliza
observando como hechizas
“anchalaferia” en la noche,
mientras la luna de broche
se prende en tus bambalinas
que dejan por las esquinas
“juanmanuelino” derroche…

Yo creo que fue Sevilla,
que un día que se miraba
en el río reflejada
comprendió desde la orilla
que a la luz que en ella brilla
le faltaba claridad,
y al Cielo fue a reclamar,
y le pidió a Dios Padre
que le prestara a su Madre
para poderle rezar.

Diego Romero Pérez

domingo, 20 de diciembre de 2009

La luz del agua (y II)

“a Mariló. Nuestras vidas,
nuestros nombres, nuestra navidad…”

Bajó del altar para acercarse a su pueblo, trocar ilusión por el mimo con la que la besamos. Y le canta el frío de más allá del arco, el calor del interior al abrigo, el hálito del hogar de piedra, del de espíritu, las luces de colores de las calles, neblina de las mañanas, el papel de sueño de las cartas de los niños, campanilleros, el adviento mismo, la navidad entera. Cuando a la Virgen le cantan villancicos, mira a su izquierda y llora de emoción al ver el niño que en su regazo acoge la Virgen del Rosario, mira a su derecha y llora de dolor al ver la corona de espinas que deja regueros de sangre sobre la frente del Señor de la Sentencia. Por eso parece llorar de dos maneras distintas.

Tiene la corona de Joyería Reyes sobre sus sienes, y viste nueva saya blanca de pureza y viejo manto verde de esperanza, el tisú “descolorío” que bordara con primor Juan Manuel. Sobre la saya la pluma de Muñoz y Pavón. La escalera desde su trono al suelo alfombrada de rojo. Y aquél vacío. Sobre él una inmensa corona de realeza. Las flores, pequeñas calas con helechos de cuero. En su mano izquierda rosario verde. Sobre su cuello medalla de oro de Isabel la Católica. Y en su pecho las verdes esmeraldas de Joselito y un broche de piedras preciosas de Juana Reina. Sólo le falta el pañuelo para secar nuestras lágrimas. Porque lo tienen los ángeles que la bajaron.





Como en la caverna de Platón todo es reflejo de otro mundo -aún más bello-, el de las ideas. La vida secreta de los sentimientos. Y así, la corona es un sol que desde lejos ilumina a quien desde tiniebla se acerca, el blanco de la saya paz que calma el corazón inquieto y atormentado, el manto nostalgia, melancolía que nos trae recuerdos que tiñen en sepia, la pluma instrumento que nos llama al intento –imposible no hay nada- de expresar lo que sentimos, y la escalera nos incita a subir otro peldaño, a superar miedos, penas, desengaños. Arriba, la gran corona, la protección de quien nos espera algún día allá en las alturas. Las flores, bálsamo que suavizan la amargura, el rosario cuentas de lo mucho que aún nos queda por vivir y las esmeraldas lágrimas de esperanza sobre nuestra desesperación. El broche un cerrojazo al desaliento y la tristeza. Su cara el cielo.



Eso lo sabe bien quien va a verla con el corazón roto. Porque no quiero caer en el tópico del faro para quien está perdido, pues basta con decirle su nombre exacto que así de exacto es lo que transmite, y a Ella la denomina. Esperanza. Luz del agua. Si agua necesitamos para vivir, si en el agua nació la vida, si vivimos nueve meses oscuros en el vientre de nuestra madre sumergidos en agua, ¿qué haríamos sin luz, de qué nos sirve una vida sin ilusión?

Y por encima de todo, Madre, por eso representa tan bien el calor de quien nunca nos falla y, por eso, al acercarnos recordamos aquella que nos dio a luz –otra vez las mismas cosas-. Por eso, antes de besarla, en silencio, la nombramos también con sus otros nombres que, nos son familiares y que, hablan de Ella misma en otros episodios de su vida, y de nosotros. Y así, la llamamos de la O, de las Aguas, de las Flores, Inmaculada, Victoria, Rocío, Granada, Valle, Salud, Piedad, Amargura, Penas, Dolores, Madre del Mayor Dolor, de la Palma, Soledad, Hiniesta, antes del nombre justo… Esperanza.



Frente a Ella, un coro de campanilleros le canta villancicos. Y desde el cielo suena otro, la realidad secreta de estas fechas, aquel que decía… “San José era carpintero y el niño carpinteaba, los angelitos del cielo con la viruta jugaban” …Con su pañuelo jugaban.

sumhis

jueves, 17 de diciembre de 2009

Las huellas vivas

“a la memoria eterna del Padre José María Javierre”



Siempre caminando, siempre. Cuentan que Miguel Ángel golpeó con el cincel la Piedad una vez estuvo terminada y le pidió que hablase, pues era lo único que le faltaba. Juan de Mesa cuando concluyó la obra del Señor del Gran Poder, debió decirle: “camina”… y el Señor caminó. Rayando madrugadas cargando su cruz, con su túnica morada oscilando a impulsos de una valiente zancada. José María siguió su modelo. Hizo su propio camino, siguiendo a Él, y siempre superando obstáculos. Será enterrado un Viernes del Señor, como lo fue mi padre. En este mismo año que ya muere. Un dieciocho de diciembre, día de la Esperanza. La que transmitió toda su vida. Pero, no podemos evitar quedarnos vacíos, fríos, desalentados. Se van con él tantas cosas… y tan difíciles de rescatar. El verdadero progresismo que lucha sin prejuicios por una verdad y una justicia que no la halló más clara que en los evangelios, el verdadero cristianismo lejos de retrógradas jerarquías que tanto hieren y traicionan esos mismos evangelios. La invocación permanente a las bienaventuranzas. La enseñanza del amor al crucifijo con las obras, con el ejemplo; invitando, seduciendo, nunca imponiendo. El pregón de la gracia, el ingenio, la ironía, la libertad no alineada más que con la conciencia. Una sevillanía de leyenda, de pureza, de sentimientos honestos tal si hubiese nacido a la sombra de la Venera, en vez de un pueblo apartado de la provincia de Huesca. El valor y la energía inagotable, difundiendo el humanismo de puerta abierta. Siempre en camino con la persona, hacia un proyecto unido de creación de riqueza y de equidad... de su justa distribución. Y siempre concordia, sobre todas las cosas. Rechazando el juicio al prójimo –que nunca ha de confundirse con sus acciones-, intentando entender lo incomprensible y siguiendo fielmente el mensaje de Lucas 6, 37.

Y se va… La ilusión en el trabajo, la ganas de vivir para vivir de verdad: Por los demás. Ojalá esta ciudad camine, siga caminando como él y no le olvide como acostumbra. Mas será más probable que continuemos nuestro recorrido de amnesia, y dividiéndonos en maniqueos bandos para pelear, para mirarnos a nosotros mismos sin ver nada más o mirar a todos lados para no vernos ni nosotros mismos. Tanto nos enseñaste y que poco aprendemos…

No habrá elocuencia más certera, fiel,
salvaguardia de los principios eternos
de la justicia social, del progreso
libre, humilde, tozuda sencillez.

No habrá camino, empresa sin desmayo,
amor sin traición, impostura aquieta,
ternura con vigor, serena fuerza,
Sed de verdad, Cristo crucificado.

No habrá, Sevilla, quien venga y te entienda
mejor que un hijo de tu mismo sangre,
solo por dentro, acompañado afuera.

Oh no, Tú, Soledad, tu mano, dale
esperándole allí junto a tu puerta
que le recibe el del Poder más Grande.
sumhis