miércoles, 25 de agosto de 2010

Cuatro mañanitas

Era una mañana cobalto del inicio de noviembre. Ella entró en la iglesia cargada de peso e incertidumbres que le apresaban las entrañas y el alma. Se dirigió a la derecha, a la nave de la Epístola en aquella vieja parroquia. Allí andruque estaban sus referentes de la fe, cuando aún residían en San Román. Se arrodilló y les habló. Le costó, porque deseaba llorar; mas el nudo a desatar era tan enrevesado que no podía. Maldito fuese el día que se enamoró y se olvidó de la vida. De la verdad de la vida. Mal tabardillo le diese al veneno del azúcar y la pasión. Se acarició el vientre, ese ignoto adarve de misterio en que se había tornado desde que perdió el arate. Y le pidió salud a su Cristo moreno y, luego, compartiendo las Angustias de su madre la miró sin decirle ná, porque sobraban las palabras. Tras un larguísimo rato salió a la incógnita de la llovizna templada, por la calle del abismo, por la calle Butrón. Sin las ideas claras pero con una mijita de consuelo. 


Ojalá saliese todo bien, aunque no era bueno el pálpito… Fue a buscar a él para darle la buena nueva, lo que para ella –a pesar de todo- era buena nueva. Sus acais empapados perseguían complicidad en los suyos, pero aquellos eran otros de los que chanelaba, no era aquel mirar de canela, era singaló. Percibió que todo fue una quimera. “Pena negra, mal de amor”[1]. Él le pidió, le exigió –ironías del destino- que se “quitase” aquélla vida que ya albergaba dentro de sí. Ella no podía comprenderlo… intentaba descubrir el lado oscuro de aquel hombre que no entrevió hasta entonces, procuraba escudriñar con su limpia mirada de azabache, pero era inútil. Todo mentira. Qué ingenua, qué tonta… malas puñalás. Y ahí, ahí, justo ahí, se le aclararon las ideas -se encontró la diferencia, que diría la Fernanda[2]- , tanto que su piel parecía aún más oscura al contraste de su mente. Con la li de haber desatado la verdad, se volvió a tocar el vientre poniendo en las yemas de sus dedos todo el amor de laurel y rosas, todo el cariño de la enjundia que busca y que busca hasta bajo las piedras, que encuentra, que muere y mata… toda la ceguera de la fe. Y lloró. Sí. Lloró de vuelta a casa, en el autobús, recordando por soleá




“Hasta la fe del bautismo

la empeñé por tu querer,

ahora te vas y me dejas

que te castigue Undebé”[3]



Y pensando como contarle todo a sus padres le visitaron los tercios de aquel cante innombrable de la Niña de los Peines:






“Quisiera yo renegar

de este mundo por entero,

volver de nuevo a habitar

por ver si en un mundo nuevo

encontraba más verdad”.[4]




Y rezaba por saber defender el valor de la decisión, que sin camelo, sin el menor resquicio de toda duda tenía más que tomada…. Pero, su bato se lo puso muy fácil, ese niño nacería y no estaba sola para cuidar de él…. 



Pasaron los días y, poco a poco, sus cuitas y duquelas fueron desapareciendo. Una tarde recibió una llamada de teléfono, una señora a la que apenas conocía quería hablar con ella… Se citaron en un café del centro. Aquella dama de alta cuna, de comunión diaria, y de exquisitas formas, se presentó saludándola con un falso cariño que le hizo poner más celo y acán en escuchar su propuesta. Tras hablar con ademanes solemnes que fingían disculpa y acercamiento, le ofreció un sobre con dinero para que no naciese aquella criatura. Aquella que, estando en su vientre, ya amaba con toda su alma. Esa personita a la que tanto ya le había hablado… Atónita le escuchó sólo unas palabras más. La que pudo ser su suegra le indicó que en sus planes no albergaba que su hijo se casase con alguien que vendiese cá, que despachaba pescado por las mañanas y cafés por las tardes, aunque -eso sí- no tenía nada contra su raza… Se levantó, la paró en seco con un gesto de la mano y se fue… 

Era una cálida mañana de verano cuando la aurora temprana había regalado el lucero más reluciente de agosto en la cunita de un hospital. Una cunita que le esperaba con el cordón de la medalla de la hermandad de los Gitanos anudado entre sus hierros. Atando el dulce hechizo de clavo para siempre. Derrota de sol sobre el mal fario. Todo el embrujo de los cielos límpidos de la canícula, de amaneceres de estío y duende de oro en los rayos que le invaden. Llegó con salud, después de muchas angustias. Cascabel de bronce. ¡Pero, quién dijo que su vida se había arruinado, si era el don más baré que Undebé ofreciera! Y cómo podía haber gente que osara matar, qué egoísta maldad o que pesares más desquiciados de atrona chalaúra podría incitar a renunciar al mayor de los tesoros, -como podía haber gente tan perdida y gente tan hipócrita- malditos fuesen los dogmas falsos y los convencionalismos traidores. Jamás entendió como había quien consideraba progresista inventarse un derecho de la mujer para –decidir- acabar con un indefenso ser creado por ella misma ni, menos aún, quien condenando la práctica la practicaba en secreto. Alabado Dios y la fe sencilla de los humildes. En esa intimidad estaba, mirando los ojos entreabiertos de su cielo, cuando aquella señora llegó rompiendo la cana. Al aparecer le hizo levantar la vista, quiso besarlo y lo apartó, apartó aquel cuerpo de rosa de aquellos labios sucios de carmín caro. Sin querer. Traía un sobre de regalo. Y sin siquiera abrirlo lo rechazó. La miró a los ojos y le espetó de pronto: “¿va ahí el mismo dinero con que quisiste matarlo”. Aquella señora huyó despavorida y nunca más vio a su nieto. Pero la madre se quedó arrepentida, muy arrepentida; a pesar de todo, de aquellas palabras que de sus adentros más hondos salieron. Días más tarde pedía perdón al Señor. El mismo día que fue a San Román para hacer hermano a su hijo en la lista de la G, de la G de la gloria…

Mañanita de diciembre. Años más tarde –cosita mala-; ahora que lo ha logrado no, ahora que su hijo se ha criado con su esfuerzo sin desmayo, de antes y ahora… ¡ahora no! No puede malograrse el camino que ella le allanó a base de sacrificios desde los años de su desapercibida juventud. Estaba en una fría consulta y cuando escuchó al médico, le respondió “¡que espere sentá la parca!” Y toda la fuerza telúrica de las entrañas del yo auténtico respondió que no. Salieron al frío entre el olor de alhucema y el adviento pululante de la mañana, expectación de portal, que la navidad por nacer ofrecía. Nueva visita al encuentro de su Angustias para pedir salud, salud y fuerza para superar operación, radioterapia, quimioterapia, etc, Salud para ella, pero salud para que le permitiese cuidar aquella vida, que por albergar en su vientre, sin pedirlo, siempre defendió más que la suya propia…

Es la mañana del Viernes Santo, la mañana de las mañanas. Meses ha. Un pueblo, no una raza, se hace cofradía, a compás… Sentada en una silla, convaleciente, pero radiante. Dios le ha dado una nueva oportunidad. Los pronósticos son muy optimistas. Mas no debe estar allí, aún está muy delicada… ¡Y quien se va a perder ese momento! Tanto que agradecer. Cuando llega su hijo, vestido de blanco y terciopelo morado, hecho un pincel de dieciocho años y tan cerca ya de la Virgen morena que despunta el alba, Azucena morena coronada, ella ya ha disfrutado gloria del discurrir de su cofradía. Cibando con sus ojos desde el solemne llegar de la dorada cruz de guía, hasta los cirios rojos; desde el guión del sacramento hasta los ciriales que anuncian al moreno, mientras su honda música de guitarra escondida y cornetas vistas se deja percibir en la breve distancia de los sentimientos. Rozando las puntas asimétricas de la mañana. Y luego Él acariciando la cruz, oscilando su túnica con el mismo arte del capote bohemio de Morante. Oscilando la grandeza de la niebla de la vida en la mañana del día que sucede madrugadas violetas. Y ella, mirándole firme y torcida, le pide que siga ayudándola para verle el próximo año, para que su retoño pueda empezar la carrera de Derecho -cumpliendo su sueño-, fuerzas para seguir criándolo igual de bien y para que él no se despiste y saque tan buenas notas como siempre. Porque sí Él le da fuerzas, de todo lo demás, como siempre, se ocupará ella. Por ma cuando llega su hijo tan cerquita de las Angustias, le besa sabiendo que es él el orgullo de su victoria y la victoria de su vida. La victoria de la fe. Sencilla como la verdad. Como el agua, como el agua clara[5] que se refleja en las lágrimas de la triste violeta apenada, la que viene pero nunca pasa. [6]

Y así raya el día la cofradía flamenca. Y así, mañanita a mañanita se escribe la historia. Y se seguirá escribiendo. Ella se llama Carmen, no le importará que la nombre, ni siquiera que ponga sus apellidos, y hasta su DNI, pero tampoco que no lo haga, qué más da. Si nunca hizo nada buscando premio, protagonismo, alabanza… Qué más da. Es lo de menos, aunque esta absurda sociedad no lo entienda.

Y así, tan despacio y ligero como pasa el tiempo junto a la Virgen de las Angustias, pasa la cadencia de la vida. Con sacrificios y, a veces, logros. Con suavidad y el pellizco del cimbrear de varales al son de una zambra melancólica. Con la elegancia y naturalidad que da la verdad. Duro es superar los obstáculos del camino, no tirar por atajos de conveniencia. Dulce la gloria de no volver la espalda a la conciencia. 

Sencilla es la fe, la fe verdadera. 


sumhis


[1] Fragmento de la canción “Trece Planetas” de El Último de la fila
[2] Referencia a la letra de un célebre cante de ”Fernanda de Utrera”
[3] Letra de una soleá que hizo famosa Pastora Pavón “La Niña de los Peines”
[4] Petenera, cante que, según tradición gitana, da mal fario
[5] Letra de los tangos homónimos que cantaba José Monge “Camarón de la Isla”
[6] Cita del Pregón de Antonio Rodríguez Buzón de 1956.

viernes, 4 de junio de 2010

Mi Cristo dormido

Miras dentro de Ti, donde está el reino
de Dios; dentro de Ti, donde alborea
el sol eterno de las almas vivas.
MIGUEL DE UNAMUNO


Diríase paz invicta reposa en tu frente,
Al espíritu izado, cuerpo por desclavar,
Corazón desbordado, una muerte por soñar
Amando, soñando amar, por siempre y de repente.

Diríase de bronce tu desnudez serena,
Tu faz reclinándose al costado de la llaga,
Candor que vivifica y la expresión no la apaga,
Donde clavar los ojos María Magdalena.

Hacia dónde está viajando tu ánima sin lazos,
Pájaro de luna de pascua que aún no brilla,
Si tu cuerpo en la cruz aún pende de tus brazos

Sueña perfiles, tu silueta, cal de Sevilla
Y sangrantes los claveles cuajados de marzo
Con alcanzar la gloria de besar tus rodillas.


sumhis

lunes, 31 de mayo de 2010

In veritatis lumine

¿Cuánto daría la vida por demostrarte a ti su belleza, su propia belleza, por salvarte a ti, de ti mismo; porque comprendieras la profunda realidad de las cosas, del nombre exacto de las cosas[1]? De la amargura y la serenidad, de la calma y la emoción, del todo que está en la nada, de la victoria de las derrotas, de la amplitud de las angostas esquinas, de la verdad. ¿Cuánto daría la vida?


Venías derrotado, por el acueducto interno desde el cerrojo del alma, apareciste con cara de un tango cruel, de una canción desabrida, de no saber lo peor… de no saber porqué, solo, solo con tus miedos, y te olvidaste de todo.

Viste los detalles, aquellos detalles que tanto hablaban…porque sin saberlo, así de sencilla es la vida, aunque un yo maldito se oponga a ello. Ay de ti, ay de la vida.

No la toques más, que así es, qué diría el más grande de los poetas[2].

Venías desde el bullicio del Duque, desembocaste en la Plaza y viste la puerta abierta. Entraste, te sentaste, cerraste los ojos. Y, al cabo de poco, pudiste oler hasta el aroma de las flores silvestres que a sus pies dormían. Sentiste. Las pequeñas cosas, en donde radica la verdadera felicidad. La perfecta colocación de todo lo que rodea lo principal. Dios arriba expirando, el Sagrario de plata abajo, y Ella en medio. Escoltándoles los cuatro evangelistas del genio de Ruiz Gijón. Hacia el evangelio, aquellas pequeñas efigies de Santa Ana enseñando a leer a la Virgen María. Atrás, un rayo de luz que daba la justa medida de lo cierto. Y todo lo que había allí afuera y en tu corazón se fue desvaneciendo mirando al altar. Mirando la cara de aquel Cristo que se retuerce agonizando sin ver las estrellas que sólo le esperan la noche del Lunes Santo. Y en la profundidad de esos ojos maternos que tanto quieres. En el contraste de su hondo dolor y su grande calma. En la verdad de sus aguas. Vestida de blanco estaba. Todas las respuestas las hallaste, en la oceánica trascendencia de sus aguas. En su dolor por su Hijo, en su Hijo que moría por la humanidad, en el vacío de nuestros egoísmos, en su verdad. En su mirar al cielo renunciando a todo, a todo, por nuestra propia felicidad. Por esa felicidad sencilla, como sus aguas, que tanto despreciamos olvidando donde reside.

Y entonces, la miraste, y no pediste nada tuyo, pediste por los que vistes mientras caminabas a Ella… aquellos que buscan un trabajo para sacar adelante sus familias, aquellos que lejos de su gente intentan forjar un futuro, aquellos que piden a la medicina les salve de una muerte marcada en la agenda, aquellos que sin tener enfermedad alguna la buscan y la buscan hasta encontrarla en su mente, aquellos que queman el tiempo pensando en las tragedias por venir, aquellos que no se reponen de los golpes certeros y seguros de la vida por el absurdo pudor de no amarse a sí mismo, aquellos sujetos a una costumbre adquirida inconscientemente y que les mata, aquellos que no saben mirar al prójimo, aquellos que nunca entrarán en tu iglesia, aquellos cuyos cuerpos reposan machacados entre los escombros de algún terremoto o atentado, aquellos que lo recuerdan sin luz cada segundo de sus minutos, cada minuto de sus horas, aquellos que en la recta final de su vida están abandonados por aquellos mismos a los que dieron la vida, aquellos que teniéndolo todo no tienen nada. Aquellos que no sabemos vivir. 

Y la recordaste volver rodeada de toda esa gente por la oscuridad de Alfonso XII, perfumando de gracia, acariciando balcones, corazones, mirando hermosa el cielo del Lunes Santo. Azul de su manto. Belleza de los profundos ojos que ven, mirando al cielo, todas las pequeñas cosas de nuestro suelo. Y entendí porqué aquel mensaje: Omnes setientes venite ad aquas. A sus Aguas.

¿Cuánto daría Ella porque no te olvidaras del mensaje de aquella calurosa tarde de Pascua?

¿Cuánto daría Ella porque nunca lo olvidaras?


sumhis

[1] Juan Ramón Jiménez
[2] Juan Ramón Jiménez

lunes, 17 de mayo de 2010

Lo que sólo contó la madera

Habían pasado dos noches desde que Jesús había muerto. No era aún de día y amaneció serena. Atrás quedaron agónicos despertares de amargura, viajes recientes al ecuador del dolor de lo vivido junto al Hijo.
En otro lado, aún dormían aquellos que acompañaran al Maestro, y el discípulo amado que estuvo junto a Ella por el duro caminar de la Vía Dolorosa.
Sin embargo, ya a esa hora, otra María, la Magdalena, había salido de casa hacia el sepulcro.
La Madre miraba, veía, el infinito con sus bellos ojos de aurora. Se preguntaba a sí misma como había olvidado sus palabras. No le había entendido. Paradójicamente, la de Magdala no comprendía lo contrario, el porqué la Madre, ya despierta, no quería velar el cadáver de su Hijo, por qué no habría querido ir con ella y las otras mujeres a perfumar su bendito cuerpo.
Solía despertar sobresaltada de las pesadillas que le aterraban en la negra pasión de la madrugada. Afligida no dejaba de recorrer la larga vía del dolor –una y otra vez- cada vez que unía los párpados. Un puñal de oro le atravesaba de oro el corazón. Confiaba en Él, en su palabra, pero a veces la pena era más fuerte: “No me llaméis Noemí, llamadme Mara”[1]. Y se hacía un silencio virgen, sufrido pero esperanzado, desabrido pero expectante, un silencio puro, silencio blanco.
Al llegar a oscuras María Magdalena al sepulcro, echó en falta la piedra que tapaba la entrada. Luego vio dos ángeles y la sábana ensangrentada que descansaba sobre la piedra fría. Agitada se volvió hacia las otras y temblando escuchó aquellas palabras: “No os asustéis. Estáis buscando a Jesús de Nazaret, el crucificado. Ha resucitado; no está aquí”[2]. Y, entonces, salió llorando y Él se le apareció.
Corrió hacia la casa donde estaba Pedro y el discípulo que pocos días atrás intentó, sin conseguirlo, consolar a la Madre por la calle del profundo nombre, la Amargura; el más joven, el discípulo amado. Pero no le creyeron.
Entretanto aquellos ángeles, vestidos de blanco, que habían estado esperando en el sepulcro ya no estaban allí… habían recibido un último recado.
María Magdalena fue a ver a la Madre del Maestro, con el ansia de la buena nueva… y al llegar la encontró. Cinco lágrimas recorrían su bello rostro, rejuvenecido, lleno de gracia, expectante como hubo de estar aquel día que fue anunciada. La cara más bonita que jamás pisara la tierra. Frontera del cielo. Dolor insinuando sonrisa. Le miró a los ojos, y la entendió… le sabía vivo. No era tristeza lo que hacía brotar aquellas lágrimas. Comprendía, ahora, la Esperanza de la mirada cuando antes le había dicho que no, que no quería ir, que no quería acompañarla a aquel sitio donde había reposado el cuerpo de su Hijo. Lo entendió. Ella sabía que allí no estaba… Porque Ella ya le había visto.
Acababa de amanecer, hacía frío y sin decirle nada, tomó un manto verde que había junto a la entrada de luz de la ventana y la arropó. Esa tela bordada asemejaba la red de pescar de alguno de los apóstoles.
“No sale tan hermoso el lucero de la mañana —dijo, siglos después, fray Luis de Granada—, como resplandeció en los ojos de la Madre aquella cara llena de gracias y aquel espejo sin mancilla de la gloria divina”. Y, por eso mismo, Juan Pablo II afirmó que aunque no lo mencionasen los cuatro evangelios Jesús se le apareció también a Ella, seguramente antes que a nadie.
Y, por ello, aquellos ángeles que abandonaron el sepulcro tras la llegada de las mujeres eran los mismos que habían ido a copiar a la Madre y que trajeran su imagen a la tierra, como dijese el pregonero[3] –para dejarla en Sevilla-, como el último de los evangelios, postrer y vivo, que de la Pasión y la Pascua se había hecho madera para la humanidad.
Así fue como la Calle de la Amargura se hizo la Calle Ancha.
En dos largas, profundas, noches la Madre del Señor había cruzado de un extremo al otro la Calle Feria.

sumhis


[1] Rt 1, 20
[2][2] Mc 28, 5
[3] Antonio Rodríguez Buzón, Pregonero de la Semana Santa de Sevilla de 1956.

domingo, 18 de abril de 2010

Allí donde empieza y acaba el año

Como el mar. Al cabo de todo lo vivido, en la contraportada de las emociones, queda un paisaje, el espíritu fotoimpreso como una visión objetiva del mar. Y lírica. Sólo mar. La mente en blanco y el alma color de mar. Aroma de sal, lágrimas secas. Estelas doradas de Klimt, puntillista melancolía, resaca dulce de una mañana leyendo a Carpentier o Salgari, imaginando… o despertar de mayo en la cama de alguna playa con brisa que no levanta arena, a desnudo resguardo. Escuchando las olas tendido y entreabriendo los párpados al sol para ver tantos reflejos sobre el tapiz marino.
Así se muestra el ánima vencida por la gloria que ya es recuerdo. Una vez más todo vuelve a ser recuerdo y se muestran en locura de cuadros superpuestos, que de lejos simulan un lienzo de mar acorde, donde los azules son destellos y las olas estelas. Vivencias volviéndose melancolía. Las que más brillan son las últimas, pero junto a ellas encontramos aquellas imborrables que nacieron otras semanas santas de una misma vida. De un mismo cuadro. Pronto se irán apagando unas, otras atenuarán su resplandor y otras permanecerán intactas para siempre. En un todo inacabado, de presente y pasado vivo, de futuro cierto… Una obra inconclusa de mil matices en la que hay que acercarse mucho para notar las pinceladas, tanto que supone adorarlas, glorificar los detalles.
Y sobre todos ellos uno. Era muy tarde ya, y volvías a casa… Te recordaba hermosa, pero no tanto… Te soñaba tan bonita que, ingenuo de mí, olvidé la infinita realidad de tu belleza. Venías por calle Lira y ni en las oníricas esquinas de mis noches te contemplé más guapa. Absorto. Cera derretida, claveles abiertos, una mecida dulce… Nada. Sólo tu cara. No hallo manera de describirte. Quise grabarte en mi memoria y creí no poder. Ingenuo, ahora que todo acabó te veo sólo a ti, y a ti sola te distingo desde lejos sobre el mar. Así me di cuenta de que era ese el punto cero de un nuevo año, es allí donde acaba la ilusión y empieza. Quién sería capaz de pintarte. No bastaría la perfección de Miguel Ángel para lograr la luz mágica de tu mirada, no sería suficiente una mirada misteriosa de Vermeer, pues faltaría esa luz, ni la luz del pincel de Velázquez porque echaríamos dulzura en falta, ni acaso Botticelli ya que adoleceríamos de color, tampoco valdríanos el cromatismo de Derain, pues faltaría azul, ni el azul de Picasso o de Matisse; careceríamos, entonces, de gracia, ni con la gracia de Rafael o de Murillo bastaría… Faltaría siempre pasión, vida, alma, trascendencia… Quién pudiera pintarte. Quién pudiera pintar la cara de la Virgen de la Hiniesta cuando por los callejones vuelve a casa. Volvía llorando, como dijo aquel nazarenito de solo tres años, porque su Hijo está dormido y no despierta… Pero sí, sí despertará, como ahí, justo ahí, despierta el año…
Llegas, te acogemos. Te rezamos. Recordamos a los que fueron. Permaneces entre nosotros y, poco a poco, te vamos dejando sola. En la intimidad azul y plata. Amaneces. Al margen del bullicio, que se trasladará a otras calles. Y nos iremos olvidando de esa tarde primera en que la nueva estación llegó a los corazones empapados de ansia y espera. Te volvemos a ver en los oficios. Las horas graves. Con la candelería encendida nuevamente. Y llega la Pascua, desconcertante nostalgia y gloria. Y sigue siendo primavera cuando vuelves a tu altar de todo el año, para que nos arrodillemos ante ti. Y luego el Corpus, donde de reojos despides y recibes a la Gloriosa. El verano, tardes de calor y soledad, en la que visitarte es bendición íntima y blanca, escape de trastornos, hastíos, ausencias. Otoño nuevo, gestación de primavera. Y te vistes de negro para recordar a aquellos que te ven de cerca y hablan contigo. A ellos a quienes hablamos cada vez que estamos a solas. Más tarde, de celeste, Inmaculada y adviento; pasamos a felicitarte un día de navidad por el fruto bendito de tu vientre, y pronto te veremos de cuaresma anticipada vestida de hebrea o junto a tu Hijo en el altar de Quinario, esperando a que bajes para besarte la mano de reina. Septenario, emoción de vísperas contando las horas para verte sobre tu paso. Y poco después, ascendemos a la cima, descendemos a la desembocadura, al verte ante el presbiterio en la puesta de flores, adornada e impaciente por asomarte a la puerta. Mañana de Ramos, tarde de fiesta, luz en la calle, sublime Estrella, azahar al centro, primavera, Campana, Casa Grande, atardecer malva, azul hiniesta, y a los pies de la Giralda, de vuelta, camino de San Julián, aurora nueva.

Y así vas llegando, Torre de David, quién lo diría, tan nuestra… Por calle Lira. A casa. Puerta del Cielo. A ese momento, estela de plata del libro de la ilusión y la gracia… de la divina gracia. A ese instante en que el resto de las horas envidian el cobijo de la misma luna. A ese donde no sé si los sueños son o no sólo sueños. A ese eterno momento, Causa de Nuestra Alegría, donde yo no sé si acaba o empieza el año.

sumhis

viernes, 12 de marzo de 2010

Eterno es volver

Recuerdo los azulejos que, a modo de arriate, ceñían las raíces de los altos árboles que luego crecían –crecen- para que sus ramas tejaran la plaza cuales bóvedas de templo. Un viejo pavimento distinto, pasillo de la ilusión. Faltaba el monumento del escultor cordobés y nunca la nostalgia romántica que fluye desde el veintiocho de Conde de Barajas, ni el olor a rojos claveles del trasiego de los viernes que siempre arribaba a la misma esquina. El vértice cerrado de la Plaza, el divino rincón a los pies del Señor. Llegábamos a ella con impaciencia de verle pisar sus divinas andas, tregua en el Martes Santo para soñar con madrugadas. Y, cómo no, recuerdo a mis padres en un velador esperándonos.
Nos encontrábamos con viejos amigos, media familia… y de lejos, ver llegar a mi hermano con la mochila en la mano, y dentro de ella el costal, la faja, las zapatillas de esparto. Hacía poco que el barco de San Lorenzo había perfumado de incienso la plaza y la del Dulcísimo Nombre debía ir por la carrera oficial. Comenzaban a igualar y, dentro de la casa de hermandad, jugábamos con los palermos y las canastillas de diputado, quién sería el mejor en golpearlas secamente para indicar al ficticio tramo la orden de subir o bajar los cirios. Afuera, tertulias de antiguos costaleros, recuerdos de estaciones pasadas, vivencias de los tres días de semana que ya llevábamos, intercambio de momentos, sensaciones, anhelos… Por fin, los costaleros se metían bajo el paso, los demás nos sentábamos por la basílica y se escuchaba el martillo de Ariza y su voz, haciéndose el silencio en la nave circular. Luego, el paso se acercaba a la rampa que bajaba del altar para esperar a quien todo lo puede. Escalofrío, cuando empezaba a moverse. Se inclinaba cautivo con sus dos manos atadas y el izquierdo por delante. Cuando, por fin, estaba en su paso, el Hermano Mayor comenzaba una oración que los demás continuábamos. Una extraña mezcla de calma e impaciencia nos recorría el espíritu cuando ya veíamos al Lirio morao sobre la nave en la que atravesaría el océano de la madrugada del alma. Paz.
Tras rezarle a la Virgen durante el retranqueo de su paso, todo concluía con los dos en paralelo. Y en paralelo iba la inquietud y el sosiego por los entresijos de los sentimientos. Una última mirada al Varón de Dolores, al Cautivo de la inacabable mansedumbre… y salíamos a tomar algo esperando el regreso de la Gracia de Sevilla bajo palio. Culminaba lo que para nosotros era una hermosa vivencia, no por repetida menos emocionante, una cita tradicional, un momento efímero y eterno, en la creencia de que siempre sería así, en la no advertencia de lo que todo cambia. Nada más lejos de la realidad. Nada vuelve del mismo modo. Así de huidiza es la felicidad, y lo ignoramos al tenerla, lo olvidamos al vivirla. Cuán difícil saborearla en la ingenua prisa de la juventud.
Más tarde, altas horas en San Lorenzo, venía perfumando precisamente la esquina de Jesús del Gran Poder la Virgen del Dulce Nombre. Las bellas paradojas del tesoro sentimental de nuestra Semana Santa. El vaho de cera encendida rasgado por el brillo de la negrura de sus pestañas, el aroma fresco de rosas claveles recamando el resplandor rosáceo de su saya, la belleza sólo al nombrarla, sólo con recordarla. Y las notas de la marcha de Luis Lerate acariciando los balcones de Conde de Barajas, Salve Regina. La romántica melodía que, allá por 1955, inspirara Ella y que sólo podía llamarse como Ella. Mater Misericordiae. Vita Dulcedo. Dulzura en la nostalgia, en el dolor del recuerdo… de los que no están ya.
Ya hace años que está Antonio en el cielo, después otros, ahora mi padre, de los que están no todos pueden ir, y los que pueden pocos están… ¿Quienes de los de entonces? Por eso, al escuchar esa marcha no sé si la dulzura se vuelve amarga, o si la amargura –de la ausencia- se hace dulce, se hace bella.
Y se hace eterna. Sí, se hace eterna. Eterna porque recreada por la primavera transciende la penumbra que hace puente azul hacia la gloria, como crisol errante de la luna. Porque brotando, nuevamente, ahorca el dolor y la tristeza cuando ya no necesitamos de palabras. Y es eternidad, porque Ella seguirá volviendo por la vera del Señor a ese único destino que es orilla de la melancolía y, aunque no estemos, nuevas vidas se asombrarán de igual manera, que entonces nosotros, con los momentos sagrados de nuestro misterio.
Volveré a buscarte a ti, Rosa del barrio de San Lorenzo, en el regreso. Volveré a soñar con la luna traspasada de Martes Santo en la alta noche, y lo haré soñando con los que faltan. No hay rosa sin espinas. Salve… ad te clamamus, ad te suspiramus. Nada es más alivio que tu Dulcísimo Nombre. Las gaviotas siempre vuelven a la costa.


sumhis

viernes, 5 de febrero de 2010

La llegada del aire tibio

“Esta primavera de ojos ingenuos va a nacer para ti, Olga”


Antes de que regrese por los callejones en la madrugada del Lunes santo, escoltada por velas derretidas y perfumadas de abril como la que llegó a tus manos la tarda y triste primavera del año pasado. De recordar las caminatas de tu juventud junto al que entonces era tu novio. Ese dolor de pies y esa llegada feliz a casa para iniciar la semana… horas después en el Tiro de Línea, todo por delante como la misma vida. Primavera plena, ilusión joven. Antes de que la veas venir bajo el celeste de la tarde brillante del Domingo de Ramos y tu mente confunda la memoria con la realidad preciosa y vital de tus dos hijos vestidos de azul y blanco para acompañarla. Antes, incluso, de llevar las túnicas a la tintorería y de preparar las ropas de estreno de los días grandes. Antes de que escuchemos por la radio las palabras de anuncio del pregonero, mientras nos preparemos para visitar iglesias. Antes de que el calendario nos diga que hemos acabado el invierno para entrar en la estación de las paradojas, de semillas arcanas que dan frutos de ímpetu, de misterios de vida y vida sin misterios, de la vida en esencia. Antes de que florezcan los naranjos. Antes, antes, antes… un día notarás que el aire es distinto.

Sorprende siempre aunque tanto, de veras, lo esperemos. Es tanta su carga sentimental, que a pesar de todo sorprende… más aún –lo sabes- este año; nos rasgará el espíritu como la llaga del costado de un crucificado y brotarán las lágrimas esclavas de la emoción. Será, entonces, cuando sentirás que teniendo tanta pena tienes mucho que agradecer, que disfrutar… Lo sentirás, no lo pensarás, esas cosan no admiten reflexiones ni filosofías: se sienten. Será una bocanada al salir de casa o al abrir la ventana, vendrán olores imposibles de describir, aromas que realmente no sabemos de dónde proceden aunque nos son dulcemente familiares, sensaciones que únicamente evocan primaveras… será templado, tibio, suave. Y con él un vuelco del corazón al que parecerá crecerle alas… un ansia irrefrenable de vivir, que escapa de discursos o explicaciones. Ese día pondrás fin al túnel opaco en el que meses atrás la carretera tortuosa de la vida te llevó; nos llevaron las ausencias, la impotencia, la tristeza. Sin poder desviarnos por una vía secundaria, sin poder frenar, sin poder tirarnos a la cuneta…

Te dolerá incluso, renegando de tu propio derecho a ser feliz, pero fuerzas más grandes que nuestras voluntades nos harán otear, cual elanio azul en la lejanía, esa utopía que llaman felicidad y que nos mueve. Y sí habrá una palabra –esperanza- que, perdida, abrigarás en la caja secreta de la custodia del alma que nunca duerme, como algo bien hallado que nunca volverás a perder.

Será, casi seguro, en este segundo mes del calendario. Aproximadamente -días antes, días después- cuando Ella baje a recibirnos. Y una mañana de domingo con sus manos expuestas para que las besemos y con su mirada cabizbaja y melancólica te esperará en el presbiterio… Allí, donde el lapislázuli brille. Llegaremos a Ella con la mente en anhelos de azul ceniza, cubierta en la limpia espesura por un humo sagrado como el de una ceremonia y onírico como el de las salas de cine, y nos vendrán tantos recuerdos que desbordará el vaso de los sentimientos eternos… Entonces, bastará que la mires a los ojos para que Ella te vea, y así, levemente, en silencio, sin que nadie lo perciba, como las realidades más bellas, os digáis la una a la otra lo que las dos sabéis. Y coincidiréis. Sin vértigo. No necesitarás oído, no necesitarás palabras, no necesitarás nada. Bastará con la mirada para decirle “te quiero”.
sumhis

martes, 2 de febrero de 2010

Luz de San Julián

Le das vida al caserío;
ojiva de San Julián,
cuando el calor del gentío
con estreno de atavío
se ilumina con tu cal.

Un sol intenso de Ramos
besa toda la fachada,
y de blanco inmaculado
y reflejos azulados
la tarde se desparrama.

Se mezclan en la retina
de niños, sobre los hombros,
los brillos de plata fina
y la tiniebla en esquinas
ante su perplejo asombro.

Un palio buscando encuentro;
sintiendo la luz se sale,
desde el frescor de su templo
a tierra nos para el tiempo...
¡Ya está La Hiniesta en la calle!


Diego Romero Pérez

lunes, 25 de enero de 2010

Esquina de la Alameda

“Dichosos vosotros por lo que ven vuestros ojos
y por lo que oyen vuestros oídos”.
Mateo 13-16


Estará allí. No faltará a la cita. Florecerá La Alameda con la luz de siempre, siempre nueva, y él estará allí aunque no le veamos. Se irá acercando la cofradía por las calles de la gloria, Relator, Feria, Correduría, como se irá acercando la primavera que va a nacer para encontrarnos a nosotros mismos. Cuando se tache el calendario de la cuenta atrás. Como aquel que él le hizo a su hijo alimentando la ilusión de la vez primera. Hace ya veinticinco años. Dijo Heráclito que nunca nos bañaríamos dos veces en el mismo río, así tampoco atravesaremos dos veces la misma Alameda. Ni siquiera nosotros somos los mismos, nuestras vidas pasarán como el recorrido de cera y pétalos, y habrá nuevos nazarenos, nuevas vidas, nuevos sueños y nos faltarán con quienes de niño las compartimos. Pero él no faltará donde siempre nos esperaba para estar con su hijo y con sus nietos, con las imágenes que se quedaron abandonadas en el hospital cuando partió al cielo, para que brille la luz del Domingo de Ramos con la intimidad de nunca y la verdad de siempre. Porque como dijo el poeta: la vida es una semana.


La Virgen vendrá llorando de lejos cuando ya estemos llegando, y será sueño y anticipo su mirada de miel… su presagio de cielo. Él nos estará esperando con el mismo amor que nos dio durante toda su vida. Y la cruz de caoba será campana que anuncie que estamos. Áurea espiga que al corazón amansa. Para que brillen hasta las nubes más opacas sobre el cielo que intenta imitar nuestro color. Cauce azul sobre las aristas más bravas de la memoria. Habrá que decirle a su nieto más pequeñito que esa estrellita que todas las noches brilla, y cuida de él, habrá salido a plena tarde…


Y cuando aparezca la silueta inerte del moreno Crucificado temblará el gozo de la ilusión intacta, y casi imperceptible, pero audible para el corazón, sonará una voz cantando una saeta en cuanto callen los tambores. Una saeta para nosotros, una saeta para su Buena Muerte. Una saeta de aquellas que, de joven, él cantaba, magia y pureza, alba fuente. Se moverá en su estatua Manolo Caracol para buscar el metal del que nace esa esencia, esa voz de madrugada, el flamenco invencible que de ella emana, asombrado de su verdad, de su duende… Y yo sabré que es él quien canta. Qué ojalá fuese un villancico –“alegría, alegría en Belén…”-, pero no: es tiempo de dolor y de muerte. Un dolor con esperanza, una muerte llena de fe. Crecer es despedirse, mas despedirse es volver. Mientras, los ángeles de naranjo de la canastilla dejarán escapar el olé de sus sentires como un eco suspendido en la desnudez de la tarde.


Luego, relucirán las maderas de las cruces de penitente como azabache cuajado de lágrimas. Y después, ya, arderán distintos los cirios, mirarán de puntillas los ojos esperándola, recordará la mente su simpar encanto, sentirá escalofrío la hora calma, lucirá el aire su perfil más noble, rememorando, imaginándola, presintiéndola, soñarán las golondrinas, vibrarán las entrañas de la ciudad milenaria, anhelará la luz la visibilidad del momento, emocionarán los compases que la anuncian, estremecerá la tierra y llorará el espíritu cuando llegue Ella.


Lloraremos al perfil de la Estrella Sublime. Con su belleza. Con su cara morena. Con la alegría de las bambalinas meciéndose en el aire mientras se arrodillan los maceros. Sin vivir en nos. No sabremos si él ha bajado del cielo o es que estamos en él por ir con quien vamos y saber quién allí nos acompaña. Con el cariño de siempre. Porque allí, en la esquinita de la Alameda, donde siempre la esperaba, viendo pasar a la Flor de la Retama y su divino Hijo muerto, aunque no le veamos, estará mi padre.

sumhis
Publicado en Boletín nº 75 de la Hermandad de la Hiniesta-Enero 2010