sábado, 15 de marzo de 2014

Cronología sentimental del Lunes Santo

Cuando el bullicio va alejándose de los Terceros, ya destaca el exorno de los pasos, al final de la calle Santiago. Dos mundos cercanos y distantes. Los cirios consumidos, las rosas cercanas a marchitarse en la calle Sol y el olor a flor fresca y a cera intacta en la antigua Plaza de López Pintado. La Virgen del Subterráneo está acompañada por hermanos vestidos de túnica blanca que se despiden de Ella agradeciéndole haber podido estar allí un año más. La del Rocío por otros hermanos que le piden poder realizar su estación de penitencia horas después, poder preceder su camino de ida y vuelta a la Catedral, poder estar con Ella y su bendito Hijo.

Otra multitud se va formando junto a la puerta de San Roque esperando la cercana proximidad de la cruz de guía que diseñara Manuel Seco Velasco. El puente espera a la Estrella. La Amargura pasa por el Salvador y el Amor está saliendo de la Catedral, mientras por San Marcos se escuchan los sones que acercan el itinerario de vuelta de la leyenda azul y plata. Es Lunes Santo, sí, ya es Lunes Santo.

Mientras se ponen flores por distintos sitios de la ciudad, dibujando una vía láctea sentimental que alumbra de ilusión su geografía, la nostalgia más entrañablemente verdadera estremece la memoria en el regreso de las cofradías de la tarde que engendró esta noche. Para ellas aún es Domingo de Ramos.

Impacientes, las hermanas de la Cruz aguardan la poética aparición del cortejo de silencio blanco, que anticipará la eterna visión del llanto amargo de la Madre de Dios consolada por el discípulo que le mira, como le mirase hace siglos por la vía dolorosa. El Señor de Pasión, en su pequeña Capilla, a ras de suelo, ve abrirse las puertas del Salvador para que comience a entrar la segunda parte de la cofradía que explotaba de júbilo en la primera hora de la tarde, cuando niños vestidos de blanco bajaban  la rampa de la ilusión sonora y contenida. Entra San Roque. El puente de Isabel II vibra. Las monjas de Santa Paula escuchan los tambores y cornetas que el Arahal va dejando por los muros de cal de los callejones en su laberinto, cuando el Cristo moreno de San Julián los acaricia con la punta de sus dedos. Y el Señor del Gran Poder permanece ingrávido sobre el suelo de su Basílica, con sus manos desgastadas por los besos de Sevilla entera.

Luna creciente. Se van vaciando entre suspiros y abrazos las iglesias que horas más tarde se llenarán de gozo. El Museo, San Vicente entre susurros de carey por la plaza de Teresa Enríquez, la Virgen de las Tristezas busca con sus ojos la mirada vacía del que duerme esperando la gloria del tercer día. En San Andrés, suena el eco de las ánimas, en el más puro silencio. Duerme –para madrugar- el Polígono. La Virgen niña de Guadalupe restalla de belleza entre flores despidiendo a los últimos que van cerrando la capilla. El extremo más bendito de Triana surca recto, buscando desde el Barrio de León la Estrella; y en el Tiro de Línea, solo, inocente, cautivo, paciente, abandonado, auténtico, Dios mismo, espera que su barrio le dé lo que sus discípulos le negaron: La traición que en los ojos del Señor de la Redención es autenticidad en la que el amor lo borra. Lo borra todo.

Despiden cantando a la Amargura las hermanas de Madre Angelita y suena la marcha de Font de Anta llegando a San Juan de la Palma, ya baja triunfal por el Altozano la Estrella de Triana, e irradia la belleza morena de la Estrella Sublime acercándose a la ojiva que la despidió en el calor de la tarde.  Puerta del cielo, estela de plata del libro de la ilusión y de la gracia, quién la ve nunca pudo olvidar la belleza de la Virgen de la Hiniesta en ese instante en que el resto de los horas envidian el cobijo de la misma luna. Ese eterno momento, Causa de Nuestra Alegría, donde todo empieza. Sí, entran los tres últimos pasos de palio. Duerme la ciudad. Y es entonces cuando todo empieza.

Fue tan onírico y melancólico el epílogo del primer día, que lo confundimos con un sueño. Amanece el Lunes dejando una crisálida cobalto que desde el río por los ensanches abre el mapa de la ciudad. Ahora sí tenemos la certeza de que todo es real. De que la vida nos ha vuelto a regalar una nueva Semana Santa.

Nunca fue tan mágicamente bello el rostro de la Madre del Rocío, que a esa hora calma del primer rocío de la mañana. Cuando al colarse la primera claridad en la iglesia ilumina el perfil de su hermosura. Después, se irán despejando las formas y los tenues colores del Monte de los Olivos en el barco anclado del paso de misterio. Hasta que, definitivamente, la luz de la mañana nos regalará como evocación y símbolo la paz y la esperanza del rostro del Señor de las manos abiertas.

Es pronto aún, cuando túnicas planchadas aguardan inquietas a ser vestidas por los cofrades del Polígono, recién despiertos. Cafés por el centro de los primeros visitantes que acuden a iglesias que se acaban de abrir, y ya vuelve a nacer la cola hasta Conde de Barajas que arribará en las manos del bendito nazareno de San Lorenzo.

Ya está el día vestido de fiesta en la Calle Santiago, van llegando ramos de flores, promesas, vivencias, ilusiones, fotografías, niños que salen con estampitas en las manos y los ojos bien abiertos.

El barrio de San Vicente vive su mañana grande, de la calle Jesús a San Vicente, de San Vicente al Museo… cuando ya todo ha comenzado en el Polígono de San Pablo y la primera cruz de guía sale a la calle, le siguen nazarenos con cruz en el antifaz que traen a Sevilla Jesús Rescatado. No hay hueco en los balcones y estalla de alegría todo un barrio cuando el paso de misterio sale a la Avenida.

Una flor se coloca con delicadeza junto al llamador del Señor del Soberano Poder ante Caifás, cuando ya se cerraron las puertas del templo en la recoleta Plaza de Nuestro Padre Jesús de la Redención. Es tiempo de organizar la cofradía. Empiezan a verse los primeros terciopelos morados y verdes por las calles, y comienzan a igualar las cuadrillas de costaleros. Es mediodía.

A esa hora es difícil describir lo que se vive en el Tiro de Línea… Una muchedumbre se va agolpando en la Avenida de los Teatinos, y mujeres, algunas de arrugado rostro, van tomando sitio cerca de la puerta para no dejar abandonado a quien fue abandonado por los suyos. Porque ha de cumplirse su palabra  y "donde estén dos o tres congregados en su nombre, allí estará Él en medio de ellos" [1]. Ojos felices que sonríen a caritas de niños ilusionados, emoción que hilará una serpiente kilométrica de fe verdadera, cuando poco más tarde se conforme la eterna cadena que une aquel otro alejado brazo de Sevilla con el secreto de su corazón.

Llega la Agrupación Musical Nuestro Padre Jesús de la Redención a un templo, que lleno, aguarda ya la salida. Se llena de público la plaza…

Es el momento en el que en la Lonja Universitaria sale el Cristo de la Buena Muerte y la Virgen de la Angustia de la pequeña capilla donde residen todo el año, para entrar en el mismísimo Rectorado. Templo de la Sabiduría. Para que así, sea presidido por Aquél a quien llamaban Maestro…

Se cierran esas puertas y se abren otras. Suenan los tambores. La cofradía se echa a la calle. Los primeros tramos de antifaces morados giran en la calle Santiago, y ésta es invadida de pronto por la alegría y el entusiasmo infantil. Se cumple así el texto bíblico del evangelio de San Mateo[2]: “Dejad que ellos se acerquen a mí, porque es de ellos el reino de los cielos”, para recordarnos que sólo siendo como niños podremos llegar algún día a Él.

Se abren las puertas en San Gonzalo y comienza a cruzar Triana una larguísima fila de nazarenos blancos entre el gentío que enmarca su recorrido.

Primera levantá de Nuestro Padre Jesús de la Redención. Oración. Suena la Agrupación Musical y cada nota que interpreta es acompañada por el elegante movimiento de sus costaleros en una sincronización perfecta, que cristalizará como obra de arte la maravillosa ofrenda a Dios en que convierten su estación. De inicio a fin. Atraviesa el olivo la puerta, arría el paso, rachean pisadas. Se ha consumado... Redención por Sevilla.
A esa hora la Virgen del Rosario llega a la antigua Calle Oriente rodeada de rosarios de cera y flores. Y llega al Parque el Señor Cautivo, siempre rodeado de  su gente.

Primera levantá de la Virgen del Rocío. Llora de emoción el eco de las  horas dormidas, y entre rezos por quienes faltan, se acerca al dintel. Llegan los rayos del sol. Aguardan. Brilla el oro sobre el terciopelo verde. Y unos instantes más tarde, los rayos la besan en la mejilla. Suena Rocío. Como diría Carlos Colón, es Lunes Santo.

En la penumbra vespertina, lentamente, la cofradía de Santa Marta va llenando la parroquia con nazarenos que visten de negro y cíngulo blanco, van rodeando el paso que tallara Rafael Fernández del Toro y sobre el que Ortega Bru representara como obra cumbre de expresión artística el Traslado al Sepulcro de Nuestro Señor Jesucristo. En el silencio parece escucharse de fondo los compases del Adagio de Albinoni.

La Virgen de la Salud llega a la Residencia de ancianos de la Fundación Carrere. Suenan las marchas y entre el silencio que separa cada chicotá, azahar, un verso, una súplica, una mirada, un beso de quien no sabe si volverá a verla el año que viene… Pasan los campanilleros y una lágrima recorre el rostro de quien la despide pidiéndole lo que su advocación evoca.
Se va poblando la Campana para recibir la cofradía de San Pablo cuando la Encarnación despide el imponente misterio que rodea y da sentido al rostro sereno del Señor de la Redención. Avanza poderoso y valiente hacia Laraña, y en frente y a lo lejos se contempla el paso de Jesús Cautivo y Rescatado, acercándose al palquillo bajo el sol inerme de la tarde.
Los sones que parecían asomar desde las alturas en San Andrés, se materializan a esa hora en el Salvador. Nuestro Padre Jesús de Pasión deja su capilla para acercarse muy despacio hacia el trono de plata que Cayetano González tallara para su paso. Suave y lentamente. Se cumplen los ritos una vez más. Y espíritus lejanos se acercan a vislumbrar el instante.

En la Puerta de la Estrella los costaleros del Soberano arrancan aplausos saludando a la cofradía que horas antes fue la primera en cruzar el puente. Por el casco antiguo van apareciendo nazarenos negros, entre la gente, y se dirigen a los distintos templos del céntrico barrio que hoy celebra su gran día.

Suenan las campanas, sale Santa Marta. Con parsimonia. La Virgen del Rocío se luce en la Campana a los sones de la marcha de Vidrié. Cruzan nazarenos negros hacia Amor de Dios. El Cautivo avanza por Tetuán. Nuestro Padre Jesús de la Redención se acerca a la Plaza de San Francisco. Sigue saliendo la cofradía del Traslado al Sepulcro. Se abren las puertas en la Calle Dos de Mayo. Se va formando el cortejo en Vera Cruz. Salen los ciriales en San Andrés. A continuación, todos los ojos, todas las miradas, todos los ruegos, toda la fe, toda Sevilla confluye en la silueta de la Caridad de Cristo hecha carne humana. En la prodigiosa imagen del Maestro vencido, desnudo y trasladado por los Santos Varones. Todo muerte, todo es muerte, salvo una rosa…Una rosa bajo su mano derecha sobre una alfombra de lirios.

Es media tarde. El paso del Beso de Judas llega a la catedral y su Banda le acompaña en silencio bajo las naves catedralicias. Hiere de escalofrío la mirada del traidor en el claroscuro, bajo las vidrieras. Hiere de amor la mirada paciente del Redentor.

Cuando se alza por primera vez el palio de la Virgen de Guadalupe, se abren las puertas en la Calle Jesús de la Vera Cruz. El sol comienza a declinar. Un ramo de flores recuerda a aquél que dejó la vida bajo el paso de su Hijo en la Calle Arfe y la Virgen del Mayor Dolor lleva su medalla junto al Cristo de las Aguas cuando enfila ya por Castelar.

Salmos, motetes, y música de capilla anteceden al crucificado de la Cruz verdadera, coon la misma delicadeza con la que su cuadrilla le hace atravesar el portón y reposar en el atrio. Mientras tanto, un rosario de penitentes siguen en silencio a la Virgen de las Penas de Santa Marta por una Campana distraída.

Atardece. Las velas encendidas del paso de la Virgen del Rocío dan un tono especial de candor a su cara, cuando tras salir de la Catedral, rodea las gradas del gran templo, siempre sobre los pies. Al llegar a la Cuesta del Bacalao, las cinturas de la gente de abajo la subirán con la gracia y majestad que Ella requiere. Hasta arriba, sin prisa alguna, sentimiento puro hecho cadencia, mientras la cera se consume.

Saeta a la Cruz de Guía en la puerta de San Vicente. Ha llegado la noche, y poco más tarde sonará Jesús de la Penas. Prodigio de marcha que sólo al soñarla en nuestra mente nos trae la visión del bendito Cristo caído traspasando el dintel en la Calle Virgen de los Buenos Libros, entre faroles de plata.

La Virgen de las Mercedes, de vuelta, llega a la Universidad. Siempre rodeada de fervor, de cariño, de los suyos…. Y Jesús de la Redención sube la Cuesta del Rosario, emoción contenida… le espera la Alfalfa. No es lucimiento, es oración. No es derroche, es medida. No es alarde, es sentir. Sentir, sin más y sin palabras, lo que allí se vive cada año… por el amor de su gente, agrupación, cuadrilla, hermandad… Lágrimas. Todo por él. Divino Redentor de nuestras almas.

A esa hora ya se ha abierto la Capilla del Museo y comienza la procesión, nazarenos de negro acompañan con luz al Cristo expirante, Gloria de Sevilla y su leyenda. La Dolorosa de San Vicente cruza la campana. Mis Dolores son tus penas, interpreta la Banda de Tejera y los costaleros de Antonio Santiago pasean a la Virgen,  entre el clasicismo y la solemnidad, a manera de consuelo para el dolor de María. En el otro ápice de la emoción llega el paso de Cristo de San Gonzalo al Postigo, allí nada se contiene, todo es transmisión, clamor, aplausos, expresión, arrojo, el izquierdo por delante…

Sale la Virgen de las Aguas. Los ojos clavados en las alturas. Reina del Museo. Madre de la Pureza. Señora de la hermosura. Y todo es nada.

Un sentimiento de plenitud nos invade. Sevilla está en su cénit. Y el Lunes Santo está completo. Están sucediendo tantas cosas al mismo tiempo… Tanto homenaje, tanto sacrificio, tanto anhelo, tanto sentimiento, tanta añoranza, que late el corazón cual sospecha de eternidad. Pero todo –no hay rosa sin espinas- es efímero. El Cristo de la Caridad se va aproximando poco a poco a su templo de regreso. De lejos se oyen campanas de funeral, que le esperan, mientras a oscuras bajo flashes y estrellas termina el traslado malva de su cuerpo herido.

 Y Llegamos a la última hora del Lunes Santo, cuando la Virgen del Rocío, ascua solitaria bajo la sombra del Espíritu Santo, enfila la esquina de Boteros y vibran de letanías los muros que estrechan la calle. Por admirarla, para mimarla… porque una sola vez al año está tan cerca. Al mismo instante cruza la Pila del Pato, entre mecidas justas, el paso de su divino Hijo.

La Virgen de las Tristezas, tan delicada, tan sola y ausente, tan dulce y tan íntima, despierta las musas de la melancolía al pasar por la Plaza del Salvador.

Y vuelve el Señor a casa. Última revirá. No podemos dejar de añorar a aquellos que vivieron con nosotros semejante momento, y ya no están, ni estarán. A quien compartió con nosotros la vida o pedazos de ella, retales… Porque al mirar al Señor y entender la lección de su infinito perdón y entrega, el corazón se agranda tanto que nosotros nos vemos demasiado pequeños.

Se acerca la media noche y la luna es un roto denario de plata que se escapó de la bolsa de Judas. La ciudad se enamora una vez más…

Llega María Santísima del Rocío a casa y emerge del cielo estrellado un puñado de gotas invisibles que alienta de escarcha el alma.

Son las doce. Los hermanos descubiertos se abrazan, miran a Él y a Ella y dan las gracias de haber podido estar, le piden volver dentro de un año. Y le lanzan un beso con la mirada. En otros puntos de la ciudad, en el Polígono, en el Tiro de Línea, en el Tardón, El Postigo, El Museo o San Vicente aún esperan a sus hermandades. Pero lo harán en las primeras horas del Martes Santo.

El encuentro entre la Virgen del Rocío y el Hijo bendito de su vientre en el interior celeste pone una vez más el broche esmeralda al Lunes santo, justamente en la cumbre secreta de la emoción, en la cima de las dos manecillas del reloj.

Cerramos los ojos recordando, desde la linde de la calma. Y es entonces, sólo entonces, cuando entendemos con el espíritu aquellas palabras: "Por eso me complazco en mis flaquezas, en las injurias, en las necesidades, en las persecuciones y las angustias sufridas por Cristo; pues, cuando estoy débil, entonces, es cuando soy fuerte"[3].


sumhis


miércoles, 9 de octubre de 2013

Lo imposible es el olvido

Dónde está, pregunta el  aire madrugador de la víspera de luz de la mañana. Pregunta la primera luz, luego; cuando al colarse por el alto rosetón desciende a sus plantas, curvilínea, sin hallarse. Sin hallarla. Donde está, pregunta el silencio espeso de la parroquia vacía cuando el diálogo del ánima es secuencia inacabable que no obtiene consuelo. Y lo preguntan la cal de las paredes y el crepitar de la cera. Algún vecino despistado que no fue a despedirla… La luna de otoño, cuyos rayos se hacen primavera sobre el terciopelo de su manto. Los recuerdos que renacen cuando no se esperan, un leviatán de melancolía que busca asidero de fe en el dulce itinerario de certeza, que sólo salva su presencia. Dónde está, dónde está se lo pregunta el incienso al aroma secreto de las acacias… El índigo y la sombra, al azul y la plata. Las llagas abiertas, nunca curadas, eternamente abiertas de su Hijo. Oraciones musitadas, pisadas marchitas, versos suspendidos, notas calladas. Los días que pasan, su gente entre sueños… el reloj, que hiere y marca…  Sin saber a quién preguntar… Y algún transeúnte que, al ver la puerta abierta pasa porque no puede dejar de entrar, porque no evita el destino de buscarla…  Como la buscan desesperados los desterrados rincones de su gloria… de Duque Cornejo a Lira, desde Morera a Juzgado, de Moravia a Santa Paula… Un rosario de preguntas, predicado de su gracia.

Y así preguntan, y preguntan… Y dicen que a veces, sólo a veces… -ciegos y olvidadizos- la llama de la metáfora tiembla, y el tiempo se hace distancia.

Pero hay respuesta. Hay respuesta. Y la saben los viejos. Porque está escrita en el alma de sus calles. En fotografías indelebles de vidas que nos precedieron. En las lloradas páginas celestes de unas historia de seiscientos años. Es una respuesta simple. Ella está. Aunque no se le vea.

Imaginamos lo que fue perderla y, rotos por el dolor, situarla en los confines de la nada… Y nada nos parecerá esto… Pero, volved a imaginarla e inmediatamente sabremos que, sin embargo, estaba. Vana conmiseración de un anhelo guarecido, como el que lleva a la marea a volver a subir por el amor de la luna, así renace la devoción verdadera de los restos de sus propias cenizas…

Y así también lo sabemos aquellos que, cuando el curso terrible de los días sin luz nos llevó inermes al miedo frío -que sólo blanden las despedidas que son para siempre- sentimos que Ella estaba allí con nosotros. No hubo necesidad de contemplarla con los ojos, porque la estábamos viendo con el corazón. Por ello, no invocamos su regazo al abrigo de algo que la recuerde, pues como dijo el poeta, eso sería admitir que podemos olvidarla. Baste con colocar una flor desnuda cada día en un vaso de agua y sentiremos el mismo aroma de retama que perfuma el taller de un restaurador en la calle Pureza.

       Ninguna respuesta a la pregunta “dónde está” puede ser distinta… En nosotros. Ya restalle el silencio o ciegue la negrura. A pesar del vacío, que parece flotar en este tiempo. Porque el secreto quedó bien anclado. Al amparo de las raíces del cariño inagotable. Intramuros del amor más auténtico. En la verdad más serena de una intimidad llamada Sevilla. Un secreto con un nombre de ocho letras, con la belleza pura del azul… y una mirada, la sublime cadencia de su mirada perdida. 


sumhis

jueves, 21 de marzo de 2013

Carta a niños nazarenos

Queridos Pablo, Miguel, José, Martina y Lucía; 


       Ahora que la inminencia de la gloria nos envuelve a los mayores en una inquietud que destila el horizonte entre la melancolía y la ilusión, sé que en vosotros sólo crece la impaciencia. Hay cosas que aún sois pequeños para entender, descubrir; mas llegará el momento en que el corazón, o quizá la edad, os las revele. Y, será entonces, cuando comprenderéis que, si en estas horas veis alguna gota caer de los ojos vidriosos de vuestros padres no será amarga, será estela intacta, germinación y vida, será rocío… Alegría de haber vivido y la presencia en nosotros de quién nos falta. Porque cuando el Domingo al mediodía, estemos poniéndonos nuestras túnicas, con los sonidos de fondo de una radio que nos anuncia que todo ha comenzado desde el Porvenir… cuando nos ciñamos el cíngulo o el esparto y colguemos del cuello nuestra medalla, estaremos cargando sobre nosotros otro equipaje invisible. Ese metal precioso que yace intacto en el cofre inabordable de las vivencias… Aunque ahora no lo sepáis, estaremos vistiéndonos de recuerdos, y los instantes plasmarán una vía lactea chispeante sobre el alma. Estrellas. Tal vez, lágrimas. Nos abrocharemos las sandalias, nos despediremos con un te quiero y saldremos a la calle, pero nos acompañarán aquellos que siempre nos acompañaron. Y lo sentiremos con la misma visibilidad de lo cierto.

      Entre esos recuerdos, Miguel, veremos a tu padre que con tan sólo seis años se vistió como tú ahora te vistes de nazareno; y tu abuela Alicia, Martina, le cosió la túnica como ahora hace a sus nietos para que de la mano del abuelo Antonio partiera para San Julián desde un humilde piso del barrio de Pino Montano. Y Pablo, aunque tú no lo sepas, tu abuelo Paco estará por las calles de su querido barrio Macareno (Relator, Feria, Correduría) porque allí vio pasar tantas veces a nuestra cofradía con su eterna sonrisa, tal y como nos la ofrecía siempre; y aún sin verle, puedes estas seguro que allí estará. Y tú, Lucía, debes conocer que allí donde esté ese Cristo y esa Virgen estará el corazón de Papá, que intentando que tú no le vieras lloró como un niño cuando la salud de los suyos o las circunstacias le impidieron acompañarlos. Y cuando lleguemos a la Alameda, Jose, nos estará esperando allí tu abuelo Pepe, porque es allí donde siempre le gustaba vernos pasar… Precisamente él, hace treinta años, llevó por primera vez de la mano a tu padre vestido de azul y blanco; porque siempre supo disfrutar de la ilusión de sus hijos más que ellos mismos. Y allí o desde la distancia estarán contigo tus abuelas, la que te regaló tú primera túnica con sólo un año y la que te la arregla cada cuaresma para que todo esté perfecto. Y, asímismo, irán con nosotros todos los que desde hace seis siglos nos precedieron proclamando la fe por las calles y depositando sobre nuestras manos el maravilloso legado de nuestra Hermandad. 

     Por ello, os pido, y es algo no menos importante, que no olvidéis en casa la felicidad; que avive la satisfacción y el gozo, más natural y humilde que el orgullo, de ser herederos de aquellos doce que dieron su propia vida por aquel Maestro al que siguieron. De ser un granito de arena de la Iglesia. Que no os perturbe sus contingencias, ni la fatalidad, ni la vergüenza de sus propios errores, que como cualquier historia humana existen. Que nadie os la robe. Tener presente, siempre, que si nos echamos a la calle es para recordar a ese hombre de un pueblo llamado Nazaret que vivió hace dos mil años y pregonar la vigencia de su mensaje, el más hermoso de todos. Que llevamos la cara tapada –aunque muchos lo ignoren- porque no somos nosotros los protagonistas, sino nuestro Cristo y nuestra Virgen a los que acompañamos y para los que nosotros no somos más, ni tampoco menos, que una llama que le alumbra su camino. Que es la fe nuestro mayor tesoro. Que con ella nunca estaréis perdidos del todo por muy mal que venga el destino. Y no estéis tristes, porque en la fe gravita la esperanza, porque nos fiamos de su palabra, de la palabra de nuestro Cristo dormido que lo dio todo por nosotros, que es el mismo que está vivo en el sagrario, que nos espera siempre como sustento del alma. No dudéis en alimentaros de Él, en imitarle, en seguirle.Y no olvidar nunca, sobre todas las ideas, que Dios es amor. 

      Cuidad y mimad la tradición, la esencia, saberos parte de esa familia que nació hace seiscientos años a la sombra de una retama y que renació siempre de sus cenizas, y de esta bella y vieja ciudad de occidente tan diferente a todas. Que no os acompleje ni las modas, ni los prejuicios, ni eso que llaman globalización, pero tampoco permitid que se apoderen de Sevilla aquellos que la malentienden y -sin querer- la ridiculizan, envaneciéndose y presumiendo de una ciudad falsa. 

     Cuando nosotros no estemos podréis hablarnos con sólo mirar a Ella. Y cuando suene Hiniesta de Peralto recordaréis esta carta en un instante, sin necesidad de leerla. “Sólo con el pasado se forma el porvenir”1 .

       Sois nuestro orgullo y nuestra vida. Enseñad a los vuestros lo que nos enseñaron a nosotros nuestros padres; y cometed vuestros propios errores, no aquellos que cometimos nosotros. Para que, vida a vida, perdure siempre inacabable el reguero caudaloso que brota del pozo de la fe, el eterno rosario azul y plata que no perecerá indeleble por los tortuosos siglos de la memoria ni en la borrosa visión del horizonte. 

 sumhis

1-  Anatole    France

miércoles, 23 de enero de 2013

La luz verdadera


Amaneció de escarcha el campo, las calles, el alma.  Despaciosa brisa perlada tapizando el silente clamor del Monte de los Olivos, aquel lugar donde Ella había sentido de brozas el corazón traspasado. Sudor de estrellas que palpitaba de brea  el amanecer de los siglos. Era el sereno escalofrío de saberse entonces rota, rota por la pasión presentida, rota por la traición de uno de los suyos. Rota en sus entrañas -amor de los amores- en lo más preciado de su vida. Pero, ahora, proa al alba del día nuevo, una tela le cubría y le abrigaba el corazón del color de la esperanza.

Cerca de allí, descansaban los que acompañaron al Maestro, aunque le abandonasen de miedo al final, cuando llegó la hora. Tan sólo Juan, el hermano de Santiago, estuvo con Ella… Pero ya todo se había consumado. Y cerca, también, las mujeres ya se habían despertado.  Se habían puesto en marcha cargadas de esencias, aceites y perfumes para el cadáver sagrado que descansaba sobre la roca, para Él… para el Señor de las manos abiertas. Aquellas mujeres no entendieron por qué su Madre no quiso acompañarlas. Desconocían que Ella se encontraba ya lejos de la vía dolorosa que desde hacía tres días recorría su mente una y mil veces. Había puesto fin al negro terror de la pesadilla del recuerdo, había despegado por fin los párpados con los ojos empapados. Y se preguntaba a sí misma porqué no entendió sus palabras. La oronda plenitud de lo cierto. Su perfil era surcado por el mismo rocío que le brotó de llanto en Getsemaní cuando vio a su hijo vendido por un beso. Pero, era emoción lo que albergaba de sentido aquella aurora…  Pues le habitaba por dentro la luz verdadera, aquella que no cesa al albur de las penas ni oscila al socaire de los gozos, aquella que viste de brillo el arca de la auténtica fidelidad, la que resiste el huracán para merecer alumbrar las noches que a sotavento esperan. Y alcanzó a recordar: el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”. (Mt 28, 5)

Sin claridad apenas, María Magdalena llegó la primera al sepulcro y no vio la roca que cerraba la entrada. Después vislumbró unas alas de ángel y halló la tela blanca impregnada de rubí sobre la piedra inerte. Buscó a las otras con su mirada y aterida oyó nítidamente: “No os asustéis. Estáis buscando a Jesús de Nazaret, el crucificado. Ha resucitado; no está aquí”. (Jn 8, 1) Después le vio.

Llorando fue en busca de los Apóstoles, la calle se irisó de pronto, desapareció en su mente el suelo de hoces de la calle de la Amargura y nacieron para siempre los lirios, los claveles… y los geranios de la calle Santiago. Pero ni Santiago, ni Pedro, ni Juan, que fueron los primeros en escucharla le creyeron.

La de Magdala prosiguió, sin pausa, con el tesoro a buen recaudo de la buena nueva. Habían perecido las esquirlas del camino. Buscó a María y la encontró con la luz. Su rostro había rejuvenecido, las lágrimas ahora eran sólo rocío del cielo que adornaban su rostro. Llena de gracia. Con la expectación intacta de la Anunciación, con el orgullo indeleble de haber sido hogar primero de aquel  pastorcillo, con la alegría inacabable de ser pedestal y Madre de la Redención. Con la misma marca en el semblante de haber sido testigo no guarecido de la pasión y el júbilo en el hondo desgarro de su espíritu de madre. Belleza pura, Rosa de nácar…
 Contemplando sus ojos la entendió perfectamente…. Ella lo sabía. Los regueros que atravesaban sus mejillas nacían de la esperanza. Y rememoró la palpitante templanza de su rostro cuando poco antes declinó acompañarla al lugar donde fue sepultado el cuerpo de su Hijo. Lo entendió  todo: Ella sabía que allí no estaba… Porque Ella ya le había visto.

Un pulso telúrico abrazó el instante… Y una flauta de leyenda sonó en la Marisma. Hacía frío y se abrigó. Se arropó con un manto verde, un manto verde que años después, siglos después será bordado en oro por el amor de sus hijos.

Y así fue, resplandor de lucero vivo, que Lope de Vega parafraseara: “En la Virgen con tal arte usó Dios de su primor, que lo más en lo menor y el todo encerró en la parte”. Y  por ello, el incansable peregrino de la paz, Juan Pablo II,  reseñara que, aunque no lo mencionasen los evangelios, Jesús se le apareció también a María antes que a nadie.

Días más tarde, presenció la venida del Espíritu Santo con la misma  gloria de la Pascua… con la misma belleza del Lunes santo. Hacia la luz…

Al alba que de gloria tornó espanto
Idéntica emoción y tan distante
De lágrimas inermes delirantes
Como un Pentecostés de verde manto
Media luna a sus pies, romero, acanto
Fue fruto del amor de la semilla
Rocío Doloroso de Sevilla

            Misterio singular de Lunes Santo.



sumhis

sábado, 8 de septiembre de 2012

Setenta y cinco


“Mi Virgen”


Para ti al arrullo de la gracia la belleza,
adonde la nostalgia gravita en tu mirada
perdida entre varales, cinco surcos de plata
irisan tu carita, florecen alamedas.

Para ti el azul, bordado de luna, el azul,
eterna primavera, que nace de la ojiva,
el dolor y la gloria que a la vejez esquivan…
la rosa de cráter, de la memoria, eres Tú.

Para ti el laberinto que acaba en tu dintel,
al trío de violines, la cal de Calle Lira,
entero mi pasado del todo como fue,

nazarenito niño, la devoción, la vida,
ladera  la gracia diletante ante tus pies,
presagio de la estela… retama florecida.


sumhis

viernes, 23 de marzo de 2012

Tú lo sabes

Tú sabes la oda que acerca el aire en el tramo final de la espera. Presientes las trenzas de agua que engreídas espejean hacia tu orilla derecha. Entiendes de albores y vísperas, de recuerdos y anhelos.  El silente himno de la primavera y de la esperanza. Tú sabes que poco falta… Conoces cuanto darían los días lejanos por cambiarse por estos. Y como verdea la blanca clámide de los suspiros, cuando las alondras disfrazadas –mentirosas- sobrevuelan la torre cobalto de Santa Ana.  Comprendes cuánto cuesta levar anclas. Y brillan las pupilas ahora que descansan sobre la cubierta… Porque te es imposible olvidar… Porque llega el momento… sabes de una Virgen vestida  de hebrea con manto verde y sin estrellas, de duendes de barro que le cantan, de dragones sobre terciopelo, de la expresión de sus ojos y de su cara morena.

Sé lo que sientes. Lo dice el celo con que custodias la exactitud de las horas, el trasiego imperturbable de los días de marzo. Lo dice el trío de la marcha de Albero o el inicio de “Soléa dame la mano”, lo dice el azahar que floreció en los naranjos amargos de la calle Betis, y lo dicen los versos de Carlos Herrera, los terciopelos planchados y las capas blancas, el puesto de calentitos junto al puente y la Capillita del Carmen. Pero sobre todo, y por encima de todo, lo dice el aire.

El tiempo, tan despreciado y tan enaltecido,  es algo que no vale más que el amor a sus detalles. Se fuga, nos atormenta, nos hace soñar, vuelve, nos acoge, nos engaña… escapa. Dulces redes de pesca, inocentemente inútiles, si no anida la claridad en el espíritu del pescador. Cómo pensar en la eternidad sobre la brisa de la nueva primavera de Triana, sobre sus tejados y su aroma… Sobre la fugacidad.

La esperas, pues, con la ternura arrastrada de la marea, y sin dudar que llegará; con nombre de mujer, con la acogida de una madre, con la infinita gracia de saberte hijo de Ella. Porque tú sabes que a sus plantas se arrodilla un barrio y porque sin Ella el resto de las horas sólo sirven para contar lo que falta en volver a verla sobre el puente. De madrugada. Presumes que la ansiedad es el precio. No desveles nada a nadie. Tú lo sabes. Conoces  la carita de bonanza con la que el amanecer  -de ayer, de hoy y de siempre- espera risueño a la Esperanza de Triana.

sumhis

jueves, 1 de marzo de 2012

La entrega verdadera

Al final de la calle Santiago… Allí. Junto al gozne de la aldaba sobre madera vieja, junto a la cal y el geranio cautivo, junto a los brazos de forja reflejados en las estrechas aceras, junto a ecos de capas y herraduras, de espíritus atrapados y que ahondan lances de la historia, quimeras y olvidos, retales de otro tiempo. A pasos -tan solo- de la vieja Judería. No muy lejos de Santa María La Blanca, donde tuvo origen.

Nos acostumbramos a ver la cofradía salir desde allí, después del mediodía. Se hacía plena Semana Santa cuando sus pasos volvían a acercarse cada año a las calles del centro. Desaparecía, así, la sensación flotante de que todo había sido un sueño, de que lo ocurrido el día anterior sólo fue obra de nuestra fantasía onírica… Pero no; la realidad poco a poco hacía ralla inesperadamente  -como pocas ocasiones- cuando la Cruz de guía de madera oscura y pan de oro llegaba a la Calle Imagen. Y uno atina al pensar que ojalá la cruz irrumpiera plena más veces, sobre la grisura de lo cotidiano… para demostrar la certeza de los sueños. Lo fugaz no por fugaz pierde certeza; tal vez al contrario, más real es cuanto más efímero.

Nuestra generación –la de aquellos que nos acercamos a los cuarenta- la reconocíamos clásica, tradicional página de oro que abría el entrañable libro del Lunes Santo, pero era ciertamente una cofradía joven. No en la edad -que también-, en la frescura de su estilo… Hoy, sin serlo ya, sigue pareciéndonoslo. Y en ello está su victoria. Joven desde el corazón de nuestra historia contemporánea  y desde las entrañas de los secretos íntimos de Sevilla.

Redención y Roció. Dos nombres que definieron la trayectoria de la misma realidad nazarena. Y dos diferentes emociones a las que evocar. Si la segunda nos  transmite la pureza de un afligido escalofrío, brizna de marisma y romero en la esencia de la beldad de María; la primera es salvación y mansedumbre,  inabordable ternura, puerta de la gloria. Porque si algo rotundo estremece de ese cadencioso discurrir en la calle, es ver venir sobre su paso al Señor de las manos abiertas…
Lejos de la impostura, sólo al contemplarlo adivinamos el insondable misterio de la templanza, sólo con su mirada recordamos las palabras que poco antes pronunciase en el mismo Huerto de los Olivos: “Hágase tu voluntad y no la mía”. Descubrimos en Él la serena victoria de la paz sobre la ira.… Que no es la apesadumbrada resignación del estoicismo, sino  la entrega verdadera y auténtica del amor

Por ello, al pensar en ti, se me agolpan en el alma un sinfín de  vivencias y en todas hallo mensaje, como esos momentos únicos que sólo compartimos con alguien que se nos fue y vuelven a nosotros fieles a su eterna compañía. Te recuerdo, muy de pequeño, por Santa Catalina, a la tarde transparente, vestido de blanco… y atronaban compases del Arahal sobre la brisa. Y al ocaso por la Alfalfa, pellizco interminable, saeta a dos voces, conmoviéndose Venus asomado al balcón de mi primavera. Y luego, más adolescente, acudiendo vehemente a verte salir desde tu puerta, desde tu misma puerta… esperando de puntillas la proa soleada del barco de caoba sobre la nívea ilusión de la Plaza empedrada… De vuelta, por Cardenal Cervantes, en la intimidad de la recogía, compartiendo emociones con amigos del alma en el relevo de costaleros, testigo del sincero compromiso que  fluye de verdad de los  sentimientos;  poco después del infinito alarde de su cuadrilla por la Pila del Pato. Y, cómo no, cada año, con el  sol en la esquina de los sindicatos, abarcando con tus manos, el pasado y el futuro, el dolor y el gozo, la rebeldía y la compasión… Redención por Sevilla. Así lo define su agrupación musical; con notas de primor suspendidas en la secuencia del aire.

Y entre todas las lecciones… siempre me conmovió la sinceridad sin límites de tu mirar profundo en la cercana intimidad de tu Besamanos… Cuando falta una semana para la gloria, cuando -como dijo el pregonero- “parece que es la hora y no es la hora…”

Porque, junto a ese sendero de esplendor, siempre me conmocionó en ti el terrible desengaño de la traición. Entre toda la madeja sentimental, vuelve a mí, cada vez que te miro, la huella sesgada de la ingratitud. Sí, siempre me ha dado impresión de que el peso más difícil de soportar fue –y es- la traición de los tuyos. Primero Judas, luego la negación de Pedro, y después el abandono de los otros…

Tal vez será que, desde entonces, arrastramos ese pecado. Criticamos las ofensas ajenas a nuestra fe, olvidando que siempre son peores las nuestras al propio Cristo que defendemos y que decimos seguir. Me pregunto ardientemente si antes de señalar con el dedo leemos los Evangelios. Si entendimos aquello de “no juzguéis y no seréis juzgados”, si nos creemos libres de pecado para osar tirar piedras. Nos rebelamos contra políticas y gobiernos de turno sin reflexionar en que cuanto más lejos estemos del poder más pura será nuestra fe, menos desnaturalizada nuestra Iglesia. Que el mayor tesoro de nuestro credo reside, precisamente, en que no se impone por otra vía distinta a la seducción. Vivimos esclavos de lo accesorio y haciendo caso omiso a lo fundamental, obsesionados con la riqueza material y lejos de la sencilla humildad de tu espíritu. Denunciamos lacras sociales, con razón; pero hacemos poco hincapié en otras, tan presentes hoy, y que separan al prójimo en base a no sé qué status, origen o procedencia, y que son radicalmente opuestas a la palabra de Dios. Recelamos del amor. Nos aferramos a la justicia mundana, exigiendo condenas, y obviando la sabia expresión de tu imagen, el supremo significado del perdón… de poner la otra mejilla.

Y al final, siempre nos escudamos en la dificultad de seguirte, de llevar tu mensaje a la práctica, tu misericordia al mundo. Pero, si no lo intentamos nosotros, qué le vamos a exigir a los que no albergan en sí el bienaventurado tesoro de nuestra fe.

Por ello, Señor de la Redención, tan sólo te pediré ayuda para huir de metas donde el amor no habite… Te buscamos entre la niebla y nos basta imaginar tu rostro para pedir perdón. Ante la hermosa enseñanza de tus labios, ante la serena luz de tu sabiduría, ante la infinita inmensidad de tus manos abiertas…

 Perdónanos a nosotros. Redímenos, Señor, de nosotros mismos.


sumhis

domingo, 13 de noviembre de 2011

Bajo tu paso

"a la memoria de mi padre"

     Al dictado del oboe dibuja el incienso
notas a la penumbra, invocación a la luz,
cita atardecida la ternura malva y Tú,
saliendo hacia el ocaso en el silencio denso.

      Pronto Venus al fagot imantará la noche,
y debajo siente la cerviz que Cristo ha muerto,
desabrido chispear de hachones adentro,
sudor y caoba, secuencia y alma, sin reproches.

     Para volver -siempre- se va estrechando el sendero,
quisiera desandar las horas, y el recorrido
cuando la luna se hace mística por Boteros,

     y derrotada la ira, auténtico enemigo,
al sonar las verdaderas llaves de San Pedro
no te olvides -nunca- mi Señor de estar conmigo.


sumhis

domingo, 16 de octubre de 2011

Memoria de una madrugada de diciembre

“El Señor siempre contigo… ”

            Buscando  almas. Buscando el aire frío que en diciembre enaltecía la aurora por nacer, distinto de amaneceres de bronce que tanto vieron al Señor arribar, hálito último, por San Lorenzo. Salió en andas, de una puerta a otra. De la Basílica a la Parroquia. Algunas zancadas tan solo. Era aún de noche e íbamos a su casa a ver como la dejaría ausente por unas horas para volver a aquella en la que habitó por siglos. Se cumplían trescientos años de su bendita presencia en esa plaza, en ese barrio. Y nos acercábamos para ver con que velo de asombro le recibiría inquieto el relente de adviento.

Allí, apenas los vencejos cantaban aún, silencio, ansiedad contenida, fervor, espera… Cordones morados bajo los abrigos, la luna apurando el gélido acento de la hora, y la historia vino con guantes violetas para ponerse delante, para participar del secreto insomnio de la fugacidad, del instante.

Se abrieron las puertas antes, incluso, del celo benigno del lubricán; se abrieron las puertas y, pronto, todas las miradas confluyeron en su cara, allá donde la fe gravita; se abrieron las puertas y ya todo fue un suspiro.

Su pierna izquierda adelantada, su faz ennegrecida con la que nuestra generación se identificara, antes pues,  de que curaran su piel para que volviese a ser el Dios de nuestros abuelos. Su tez cetrina sesgaba  más indescifrablemente el aire en la tiniebla del invierno. Corona de espinas bordada, tronco reseco, carga de siglos. Todo el dolor del mundo sobre el hombro de este humilde vecino del barrio de San Lorenzo. Y su respiración dejaba vaho, lo juro, sobre el oscuro soporte de la  brisa.

Pero no hubo voz que saliese de su boca que no fuera paz. No hubo palabra carente de ternura. No hubo idea que no encerrara lección. No hubo esquirla en su corazón, ni sombra en su alma. No hubo otro mensaje que el del amor.

            Su padre adoptivo carpintero, su padre natural alfarero, que saldría de sus manos, esas que acarician la cruz…

Atravesó el pórtico de la Parroquia y se recogió en la habitación más interior de nuestro ser, en aquella donde descansa el tesoro secreto de las más hondas verdades. Y la halló como inició la eterna singladura de su vida: buscando almas.  Así lo grabó la memoria… la espina traspasada para siempre de cierta aurora fría de  un viernes de diciembre.


“Ali, hermana, para ti, con quien lo compartí”




sumhis 





NOTA: El diecinueve de diciembre de 2003 se trasladó el Señor del Gran Poder a la Parroquia de San Lorenzo a primerísima hora de la mañana para un Besamanos extraordinario como conmemoración del tercer centenario de la llegada de la Hermandad al barrio y a la parroquia de San Lorenzo Mártir, regresando a su Basílica la noche del mismo día.